Una por una fueron sonando las campanadas y nos fuimos comiendo
las uvas. Primero a ritmo, a partir de la cuarta, con algunas demoras por la
risa o porque estábamos pendientes de las caras de los otros, con la séptima,
ya con la boca llena, solo sonrisas y concentración, en la décima estallaron
las carcajadas y empezamos a espurrear, y al llegar a la duodécima… , la
duodécima no sonó.
Todo quedó parado, cada uno con su boca llena, su sonrisa y
la última uva en la mano. Solo la abuela, que estaba muy torpe para tomar las
uvas, los niños pequeños y un caprichoso, que tomaba gominolas, siguieron en
movimiento. Y así pasó en todas las casas y en las plazas de las ciudades y los
pueblos, donde en ese momento la multitud con la boca abierta y una uva en la
mano derecha, en absoluto silencio y sin movimiento alguno, formaban la imagen
de una postal de Navidad. Entre esas esculturas humanas, comenzaron a aparecer
los pocos que no participaron de la fiesta, unos curioseando, otros buscando a
sus familiares y algunos aprovechando la situación para sisar alguna cartera,
una cadena o un móvil.
Pasó más de una semana, y unos seguían su rutina diaria, mientras
otros continuaban inmóviles. Buscando una solución, los gobernantes llamaron a
los bomberos que estuvieron de servicio esa noche y no tomaron las uvas y les
ordenaron ir a todas las plazas y hacer que el mecanismo del reloj volviera a
funcionar o que golpearan la campana con el martillo. Fue un intento
desesperado pero efectivo, al oír la campanada, todos se comieron la uva que
faltaba y comenzaron la ronda de besos.. Primero fue en las plazas con
retransmisión televisiva y en las casas, luego en las ciudades, de más a menos
habitantes, después en los pueblos, empezando por los más importantes, y
finalmente en las aldeas.
Todo haberse resuelto el problema, pero enseguida se dieron
cuenta que vieron que aunque todos habían vuelto a la normalidad, lo habían
hecho en distintos momentos y se había perdido la sincronía, incluso los relojes
marcaban horas y días distintos. Como consecuencia, algunas pitonisas
averiguaban el futuro sin equivocarse, otros compraban siempre el décimo de
lotería premiado, aparecieron corredores de bolsa que presumían de vaticinar
las empresas que iban al alza o se hundían y las abuelas torpes eran capaces de
avisar cuando una comida se iba a quemar o cuando su nieto se iba a caer o iba
a enfermar.
Había que buscar una solución y para ello dejaron previsto que
en la siguiente Nochevieja sonaran primero las campanas en las aldeas, después
en los pueblos, empezando por los manos importantes, en las ciudades, siempre
de menos a más habitantes y, finalmente, en las plazas con retransmisión
televisiva y en las casas.
Más tarde, para que todo volviera a ser como antes, los
gobernantes de cada país obligaron a las abuelas torpes, a los niños pequeños,
a los carteristas, a los bomberos de guardia y a los caprichosos, a tomar sus
doce uvas de la suerte. Pero no obligaron a todos, buscaron a políticos afines,
militares y economistas que no las hubieran tomado en su día, y los contrataron
como consejeros permanentes, dejando sin trabajo a profetas, brujos y pitonisas.
![]() |
Las uvas de Nochevieja, de Ángel Rodríguez.
|