Tras
una larga ausencia, se sentó a tomar un café en el bar de la plaza del pueblo. Parecía
que no hubiera pasado el tiempo: el camarero era el de siempre y la clientela
la habitual, con más canas y algunas ausencias, el sol comenzaba a alumbrar tímidamente
la fachada rosa de la casa de enfrente, las farolas aún permanecían encendidas
dando un ambiente cálido a la plaza, solo roto por el ruido de algún coche o el
ladrido de un perro, y las palomas revoloteaban alrededor de la fuente.
Terminado
el café, dejó unas monedas en la mesa, cruzó la plaza entre los naranjos y las
cuatro palmeras que delimitaban la zona ajardinada, y se acercó a la esquina,
al puestecillo en que de niño compraba chucherías y pasados los años el único
cigarrillo que la salud y su familia le permitían, y que se fumaba con el
anciano quiosquero, mientras mantenía una intrascendente conversación sobre
fútbol o el tiempo.
Al
llegar a la esquina y ver el quiosco cerrado, notó el profundo silencio de la
ausencia y su desazón se convirtió en añoranza.
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Quisco
en la plaza del Corrillo de Salamanca, de Marta Ferreras
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Ay el tiempo con su lento caminar, cuando miramos hacia atrás vemos todo lo que hemos vivido... o no
ResponderEliminarNos damos cuenta de que nos vamos porque otros se van antes.
ResponderEliminarMuy bonito Eze. Recopílalos en un libro
Gracias por tu ánimo. Por ahora, disfruto on que los leaís.
EliminarNuestras vivencias son nuestro principal patrimonio.
ResponderEliminarLa nostalgia nos acompaña más tiempo cuanto mayores nos hacemos. Y a veces no me gusta que las cosas cambien porque noto que la vida pasa, que mis raíces y mis recuerdos se difuminan. Pero este es el ciclo vital... Leni Lavado
ResponderEliminarNo estoy de acuerdo. Tienes razón en todo, menos en tu referencia a las raíces. Con el tiempo no se difuminan, se hacen más profundas y presentes.
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