Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 13 de julio de 2018

Clase de lengua

Escuela rural de Edeard Lamson Henry

—El ejercicio de hoy —explicaba el maestro— será para practicar el tema de los sufijos y prefijos de la clase de ayer. Habíamos hablado de los aumentativos y diminutivos, de los que forman nombre, verbo o adjetivo y los que, por su origen, podríamos clasificar de latinos o griegos. Pues bien, haremos ejercicios. Os encargaré a cada uno un grupo y tendréis diez minutos para escribir al menos una palabra en la que aparezca un sufijo o un prefijo.

Los pequeños se concentraron en la tarea y, conforme fueron acabando, levantaron la mano.

—A mí me gusta el grupo de los aumentativos, diminutivos y demás. Por ejemplo, guapo puede ser guapito, guapejo, guapote o guapísimo, que es como decir caratonto, regular, no está mal, o mola mucho.
—Bueno, Carlitos, es una manera de entender las cosas, pero no es exactamente eso lo que quiero.
—Yo tengo una duda. A mí me gusta utilizar más los prefijos que los sufijos. Por ejemplo, con la misma palabra de Carlos, guapo, uno puede ser guapo a secas o superguapo, hiperguapo o megaguapo o incluso hipersupermegaguapo, según moles más o menos.
—¡Déjalo estar! Tendremos que dedicar una clase solo a los hiper, super, megas y otras zarandajas.
—Yo he utilizado prefijos griegos, concretamente algia, archi, céfalo, hiper, fobia, fonía, grafia, ista, patía, tecnia y terapia.
—¿Y qué has hecho con todo eso?
—Una palabra, profe.
—¿Solo una?
—Es que mi madre padece de dolor de cabeza, se pone muy nerviosa cuando le da la crisis y no es capaz de hablar ni escribir. Confunde las palabras, creo que debería ir a un  Archiespecialistahipertécnicoterapeutaparalapatíadisfónicodisgráficafóbicacefalgista.

Sonó la campana y, con la algarabía habitual, los niños abandonaron sus pupitres y salieron corriendo al recreo.

viernes, 6 de julio de 2018

La casa de los abuelos

Reloj con ala azul, de Marc Chagall

Recuerdo mis inviernos pasados, el frío de las habitaciones y la oscuridad de los días. En el salón se ensoñoreaba el silencio, solo roto por el crujir de la madera en la chimenea. Frente a ésta, mi abuelo en su sillón de orejeras con tapicería de flores y pájaros beis, sienas y rosados. Alrededor, mi padre, mis hermanos y yo, sentados, absortos en el juego de luces y sombras del hogar, y del tic-tac monótono del reloj de pared, marcando las horas, los días, los años.

El salón se fue haciendo más pequeño y silencioso, mi padre encaneció y el calor de la mesa camilla nos reunía frente a la radio que descansaba sobre la chimenea, traicionada por el calor del butano. Encima de la tarima, dos figuras de porcelana, los retratos de boda de mis abuelos y mis padres, y cinco o seis libros de piel granate con ribetes dorados. En la pared, el reloj, marcando el paso de los días, de los años.

Hoy, ya cansado y plateado, en el sillón, cubierto por una tela granate que tapa los pájaros y las flores de la tapicería, me siento en absoluto silencio. Observo la chimenea apagada,  los accesorios dorados y el antiguo soplillo arrinconados, los retratos de las bodas de mis padres, abuelos y mía, las figuras de porcelana sobre la tarima cubierta de una fina capa de polvo, y la luz horizontal de la ventana iluminando el viejo reloj.
Paso así las horas perdidas y sigo el ritmo cansino del tiempo indefinido y el sonido de las campanadas, que señalan los cuartos y las medias ganadas y las horas perdidas. El reloj, sobre la chimenea, continúa marcando los años.

viernes, 29 de junio de 2018

A la moda del país

En el autobús, de Jordi Andreu Fresquet

Despatarrado en el asiento de atrás del autobús, como si fuera el único viajero, Manuel, delgado y encorvado como una guindilla, con sus largas patillas, la cadena de plata con el medallón de tamaño sartén, la camisa de flores abierta hasta el enlutado ombligo, el pantalón celeste acampanado que dejaba asomar los botos de Valverde, y su inconfundible olor a ajo y alpechín; vio como la pasajera del asiento de al lado —rubia, fornida, madraza y teutona—, se levantaba, lo estudiaba como si mirara una gamba al ajillo, le pedía permiso para salir y, ante la falta de respuesta, pasaba y lo pisaba.

Cucha —escupió con un palillo entre los dientes y una lluvia de gotitas bravas por el aspecto y olor—, si me vas a pisar písame el izquierdo que el derecho lo tengo chungo.
—No compgenda  —balbuceó la vikinga antes de bajar del autobús.
—¿Una cerveza, chuli? —preguntó Manuel, apoyando el codo en la barra de la cantina, donde se reencontraron esperando el trasbordo para continuar el viaje.
—No compgenda  —respondió nuevamente la interpelada.

Se miró satisfecho en el espejo, se recolocó la grasa del calculado flequillo, se abrió el escote, tocó la medalla, y con media sonrisa se dijo satisfecho «eres más apañao que un jarrillolata», y subió al autobús impregnándolo todo de un aromático y picante pachuli.

viernes, 22 de junio de 2018

Despedida

Despedida, de Oswaldo Guayasamín

Fue una mañana fría, con una neblina que no permitía ver nada más allá de medio metro de distancia. Ernesto había recibido la llamada de su familia, que le pedía que volviera con ellos. No pudo o no quiso negarse, y ya tenía organizado el viaje, cuando decidió regresar a la que había sido su casa durante tantos años. Yo estaba allí y lo vi entrar.
Ernesto Toledo se había aclimatado a la forma de vida de los habitantes de su entorno, y había llegado a ser considerado uno de ellos. Su aspecto era peculiar, hasta el punto de producir cierto rechazo en la comunidad de su barrio; a excepción de los más pequeños, que lo consideraban el líder de la pandilla. No medía más de un metro cuarenta centímetros, sus miembros eran largos en comparación con su cuerpo, corto y encorvado y sus dedos parecían palillos de tambor. Los ojos grandes, la boca picuda y una nariz casi inexistente, le daban un aspecto cómico que atraía a los niños. Por todo ello y el color cetrino, que se traslucía a través de su piel casi transparente, lo llamaban el Sapo Verde. Quizás para disimular su aspecto, iba siempre muy cubierto, salvo las manos —no había guantes de su talla—, y los ojos, nadie había visto el resto de su cuerpo, que incluso cubría con una sábana cuando salía a pasear o a montar en bicicleta, su actividad favorita.
Con el tiempo lo fueron conociendo en el barrio, y llegó a ser muy considerado por su bondad, buena disposición para ayudar, y por los consejos que daba a los niños, con los que compartía juegos.
Yo crecí con él y puedo asegurar que no podré olvidar la viva imagen de la ternura, ni la bondad de sus ojos al despedirse.
Al verme se le saltaron las lágrimas y me dijo que no podía irse sin repasar cada rincón de la casa y, con ello, cada minuto de su vida. Estuvo al menos una hora paseando por las habitaciones, por la cocina y el jardín. En silencio tocó con su largo dedo índice cada objeto, parecía como si con ello los retuviera. No sé muy bien porqué, se detuvo frente a la mesita de la esquina del salón. La miró fijamente y pronunció, casi deletreándola,  la única palabra que dijo en todo su recorrido —«teléfono»—,  y la repitió cada vez con menos volumen hasta que abandonó la casa, no sin antes darme un abrazo.
Al salir, la niebla se había ido y frente a mí, a unos tres metros de altura, flotaba una inmensa nave, con la puerta abierta y una escalera que llegaba hasta la entrada del jardín. Ernesto se dio la vuelta, me miró fijamente, se deshizo de la sábana que lo cubría, dejando ver su torso deforme y verde, y subió por la escalera hasta la nave. Se volvió y con su dedo índice, deforme y extrañamente iluminado, señaló al jardín, la puerta y las viviendas de alrededor, y gritó «Mi casa». Se cerró la escotilla y la nave se elevó a toda velocidad.

viernes, 15 de junio de 2018

Fraude

Don Quijote y los molinos, de Gustave Doré

«Aquí yace Miguel de Cervantes». Así rezaba la leyenda, grabada por un buril inexperto en la parte posterior de una antigua lápida, descubierta en un pueblo de cuyo nombre no consigo acordarme.
En realidad, el Alcalde la había tallado en su granja, y así consiguió que abrieran hoteles, restaurantes y negocios, un museo temático y una biblioteca especializada, que atrajo innumerables turistas.
Todo iba bien hasta que, en una noche tormentosa, se oyó un gran estruendo, y un caballero, lanza en ristre, destruyó la tumba, volvió a la biblioteca y entró en el capítulo octavo del libro, que cerró su fiel escudero.

viernes, 8 de junio de 2018

El día más importante en la vida del difunto

La lectura del testamento, de Wilkie David

CAPÍTULO 1. DE LA MUERTE INESPERADA

Hace un mes era yo el que presidía esa mesa. Frente a mí, estaba mi hija y el impresentable de su marido, mi hijo y mi esposa. En la mesa descansaban la sopera, la vajilla, la cristalería y los cubiertos de plata que solo utilizábamos en reuniones muy especiales. Fue ese el día en que caí fulminado tras beber la copa de vino que me sirvió el mayordomo.
Aunque era la comidilla del barrio, los había reunido para informarles de que me había enamorado de otra mujer y quería formalizar el divorcio. Me senté en el sillón en que ahora está el dichoso notario y comencé a dar explicaciones. Lo entendieron bien e incluso, salvo mi esposa, aplaudieron mi decisión, hasta que les dije que tenía otros dos hijos con mi amante y que tendría que repartir mi patrimonio.
No fui ajeno a la mirada de odio de mi mujer, a los cuchicheos de mi yerno y a los comentarios de mis hijos. Dejé que se explayaran, que me insultaran e incluso que me amenazaran clavándome la mirada y cogiendo el cuchillo de la mesa, pero no entré  en provocaciones. Me bebí lentamente el vaso de vino que el mayordomo me había servido ante la mirada indiferente de todos los comensales.
Hoy no pueden verme. Me entretengo dejando caer una copa, o abro y cierro la puerta, emito algún sonido o, lo más divertido, me pongo a remover la sopa —aunque me llama la atención que a veces gira sola en la sopera—. Sin embargo. están tan ensimismados con las palabras del notario, que en estos instantes dice que va a leer mi testamento, —el cual, por cierto, no recuerdo haber escrito—, que no son capaces de percibir mi presencia.
Desde que supe que habían citado al notario para leer mi supuesto testamento, tuve claro que no podría descansar en paz si no arreglaba esa farsa; así que, con la ayuda de un médium amigo, cambié el documento por otro papel que leerán hoy. Estoy deseando ver la cara que se les queda.

CAPÍTULO 2. DE LAS PESQUISAS DE LA LEY

Aquel día se habían reunido el señor de la casa, cuatro familiares y el mayordomo,  alrededor de la mesa perfectamente preparada para una comida especial. El señor de la casa no estaba nervioso; era un hombre con ideas muy claras y pocos escrúpulos, cosa que no podemos decir de su familia. Su esposa, una mujer envidiosa y con muy mal fondo, se sentía peor pensando en los cotilleos de sus amigas que en los problemas económicos que pudiera acarrear el divorcio. Eran los dos hijos y el yerno los que parecían más enfadados, especialmente este último, que no dejaba de jugar con el cuchillo en la mano. El mayordomo volvió a llenar la copa del anfitrión y fue a la cocina a calentar la sopa, que se había enfriado durante la conversación.
A la vuelta, el señor se retorcía de dolor en el abdomen, había vomitado y el olor a almendra amarga no dejaba dudas, había sido envenenado.
La escena pareció repetirse el día de la lectura del testamento: la mirada de la mujer, la angustia de los hijos y la parsimonia del mayordomo preparando la sopa. El notario, que ocupaba la silla del difunto, abrió el testamento y se quedó en blanco, ante la impaciencia de la familia, que mantenían la cabeza baja mirándose entre ellos de reojo y entreteniéndose con el vapor de la sopa, que giraba como si alguien la estuviera moviendo.

CAPÍTULO 3. DE LA RECETA DE LA SOPA CASTELLANA

Llevo una hora aquí plantado, como el aparador, el  macetero o el horrible escudo de armas de la chimenea. Cada día es igual, que si la mantelería tal o la vajilla cual, que si el vino está caliente o el café frío. El señor ha muerto y nada ha cambiado. Permanezco en la esquina del salón esperando que la señora dé la orden de servir la sempiterna sopa.
Espero que el notario lea de una vez por todas el testamento, que no haya muchas broncas y que pueda servir la mesa, no vaya a ser que, como el día que murió el señor, me manden a la cocina e intenten cargarme la culpa del envenenamiento.  
Vi por fin que el notario se disponía a abrir el sobre entre platos y copas, y me acerqué a retirarlos, con la mala suerte de que una copa se cayó, incluso antes de tocarla. Le pedí mil disculpas y, tras servirle otra, me aparté. Las luces comenzaron entonces a parpadear y la sopa a girar y hervir. Todo era muy extraño, pero yo permanecí quieto en espera de órdenes que no llegaban.
El notario, tras unos minutos de silencio, se desabrochó el cuello de la camisa, se secó el sudor y empezó a leer: «Diez dientes de ajo, seis huevos, doce rebanadas de pan, ciento cincuenta gramos de jamón serrano…». Yo no entendía nada.
La sopa entonces entró en ebullición y yo la retiré antes de que salpicara a los comensales. A la vuelta, el testamento había desaparecido, había un fuerte olor a almendra amarga en la sala, todos me señalaban con mirada acusadora y se fue la luz.

CAPÍTULO 4. DE LA SOPERA Y EL CUCHARÓN

Ésta va a ser otra reunión entretenida, mi querido mayordomo, vas a traer la sopa fría, que yo la calentaré, y ten siempre las copas llenas de vino en el filo de la mesa, por si se tercia que se caigan. Tú eres inocente y te quieren cargar el muerto para borrar testigos y quedarse con la fortuna del señor, que en paz descanse.
Con la güija os entendeis fácilmente el señor y tú. El finado quiere vengarse y tú tienes que dejar ya el servilismo de tantos años y de pasearme de la mesa a la vitrina y de la vitrina a la mesa. Empieza por quitar esa cara de tonto, que hablar hablamos todos, incluidas las soperas. Comienza a servir la comida y distráelos manchándolos, mientras el señor tira las copas y hace ruidos, acércate al notario y cambia el sobre del testamento por el que hay en el aparador, será divertidísimo. Mira con atención al yerno, que no ha soltado el cuchillo desde que ha llegado, y no creas que sea para comer sopa, es el único que debe preocuparte. Tírale un vaso de agua, eso lo mantendrá entretenido.
Tómatelo con calma, van a estar al menos diez minutos en otro mundo, sin entender a que viene esa receta de sopa castellana, y el notario rebuscando entre papeles y maldiciendo a su mujer, que lo tiene que tocar todo.
Aprovecha ese momento. ordena a las lámparas que se apaguen y a la bandeja que te sirva la llave de la caja fuerte, mientras el difunto los confunde haciendo de las suyas. Cuando vuelva la luz y salgan del asombro, escóndete, quítate ese ridículo traje negro y la pajarita azul, y desaparece, cierra los ojos y espera hasta que, con tu nueva identidad de cucharón y la bendición del señor, me recojas, me montes en el camión de mudanzas, y me lleves a una nueva casa, en la que emprender una vida en común.

viernes, 1 de junio de 2018

De héroes y sombras

El sereno. Grabado de calendarios Históricos Mexicanos

Yo recuerdo mi infancia como una escalera que sube al misterio y baja a un naranjo equivocado que huele a jazmín.
La luz de la ciudad dibujaba las sombras de mi viajes de pies limpios y de sueño cansado.
A la izquierda, la calle gris me daba ropa corta y mallas blancas, y el dolor de Sigrid,  lejana, ajena y diosa; y a la izquierda la calle blanca me daba el elixir y la mirada serena de Sigrid abrazando mi cuerpo adolescente.

¡Las doce en punto y sereno!

Los dados, una carta, un dardo y una pelota fueron mis armas para llegar a capitán, si otros capitanes, siempre enemigos, capitulaban.
Navegué a China y a Macao, en busca de oro y seda y cuando el grumete Trueno y el fiero Goliath gritaron «¡Tierra a la vista!», puse la espada cruzada o la cruz clavada en la Tierra Virgen.

¡Las dos y media y nublado!

Luché contra los indígenas y con ellos, pasé hambre y sed, enfermé y sané, me enfrenté a molinos con forma de monstruos y a monstruos con forma de molinos y volví con las arcas llenas de lápices y papel para Miguel, Garcilaso, Federico, Antonio y otros tantos fabricantes de vidas a repartir entre a nacientes y dolientes.

¡Las cinco en punto y lloviendo!

En los días fríos levantaba muros, torres y puentes, abría puertas y pasajes secretos, pintaba cada pared y así, poco a poco, construía el castillo que soñaba, hasta que las latas vacías y las cajas de galletas volvían a la alacena de la abuela en espera de una nueva aventura.

¡Las ocho y media y nevando!

Monté en mi bicicleta nueva, sin ruedines, recién comprada, salté los días a piola, construí casas y hoteles sobre el mantel, tropecé con el maestro —siempre despistado con su ciencia y olvido—, besé a mi novia, busqué con mi mujer ropa para los mellizos, acompañé a mi madre enferma, discutí con mi jefe. Ahora descanso al sol con el seis doble y la doble pareja en espera de una cita a la que no puedo faltar. La he visto llegar: pálida, enjuta, vestida de negro y de mirada penetrante; siempre tiene reservado el momento para tomar una copa con cada uno de nosotros.

viernes, 25 de mayo de 2018

Última voluntad (o el éxito póstumo de un hombre pequeño)

Elogio de la locura, de Matías Sánchez

Después de mucho pensar llegó a la conclusión de que siempre había sido tonto. Era el tonto del colegio, de la pandilla, la facultad y de las salidas nocturnas con sus amigos. Fue tonto en su matrimonio, tuvo seis niños, que ya de adolescentes le decían que era tonto. En su trabajo, se encargaba de las tareas más desagradables sin conseguir nada a cambio. Incluso al llegar su jubilación pensaba que seguía siendo tonto.
Llegar a esa conclusión no le preocupó, al contrario, le dio tranquilidad y le ayudó a asumirlo y preparase para el futuro. Ante el miedo de perder la cabeza y dejar de ser tonto para comenzar a ser demente, quiso dejarlo todo bien atado. Hizo testamento, vendió todo lo que tenía y dejó instrucciones para que le construyeran un ostentoso mausoleo, que él mismo diseñó, con una gran estatua, cuatro jarrones, un ángel y un demonio en cada lado de la cabecera y un epitafio en el que solo debía poner su nombre y  la leyenda «el tonto».
Cuando murió, sus hijos cumplieron sus deseos a medias; en vez de la leyenda que había pedido, solo grabaron su nombre bajo el habitual R.I.P. Sus amigos, desconcertados e indignados, guardaron silencio, y poco a poco fueron volviendo al cementerio y escribiendo o grabando sobre la lápida «el tonto». Tantos acudieron que terminaron borrando el nombre, y la tumba se convirtió a lo largo de los años en un centro de atracción, incluso para turistas que se acercaban movidos la fama del estrambótico mausoleo y por su curiosidad, y a los que el guía les explicaba: «Ésta es la tumba al tonto desconocido».

viernes, 18 de mayo de 2018

Biblia apócrifa

Adán y Eva, grabado de Alberto Durero

   
   —Toma ¿Quieres?
   — No, gracias Eva, ahora no me apetece.

FIN

viernes, 11 de mayo de 2018

Anónimo

Pino derruido, de Félix González


El viejo pino, vencido por las sombras y el viento, reptaba bajo el aroma verde y vivo del bosque de coníferas. Vi entonces entre sus ramas, sobre el tocón de una antigua poda, unas pequeñas acículas que, sin ser un milagro de la primavera, retaban a su certera muerte.

No era el olmo de don Antonio.
No era el Árbol de la Vida.
No era el General Sherman.
No era el monstruo que vino a verme, o a vernos.
No era Bárbol.
No era el Drago Milenario.
No era el Árbol del Bien y del Mal, que nos enseñó a dudar.
No era el Sauce Boxeador.
No estaba en el bosque que amparó a Blancanieves, ni en el de los Ents, ni en Sherwods ni en el Bosque Encantado.

Pero estaba ahí, y yo lo vi.

viernes, 4 de mayo de 2018

Mi biblioteca

Ratón de biblioteca, de Carl Spitzweg

Al extranjero lo llamábamos el caballero inexistente o el invisible, pero a pesar de su habilidad para desaparecer tras cada fechoría, al final fue capturado, juzgado y encarcelado, dado su carácter violento, en una celda de aislamiento. Tu condena será de  cien años de soledad —dijo el juez indignado— y con esto se acabó los que parecía ser una historia interminable de muertes, violaciones, robos y otros delitos.
Pasó menos de un mes cuando apareció otro cadáver. Otra joven fue víctima de una violación, y regresaron los delitos con las mismas características. El preso seguía en la cárcel, pero parecía que fuera actuaba un hombre duplicado, destacado aprendiz de las malas artes del presidiario.
Las hermanas Fortunata y Jacinta fueron las últimas víctimas, la primera fue asesinada y la segunda violada, y el pueblo entero salió a la calle para exigir justicia. A principios de mayo se reunieron en la granja de su padre y así empezó lo que se llamó la rebelión en la granja. Fueron mil y una noches de espera a que se hiciera justicia, sin éxito, hasta que los más exaltados del grupo decidieron constituirse en un comité de la muerte y buscar y ejecutar al malvado.
Aquello parecía la crónica de una muerte anunciada, pero en realidad fue el comienzo de la guerra del fin del mundo. En poco tiempo los miembros del comité convirtieron la granja en un centro de caza y captura, se atrincheraron, armaron y, ante la más mínima sospecha, dispararon a matar. Primero fueron personas que paseaban por allí, después al alcalde que les había recriminado su actitud, luego el jefe de policía y así sucesivamente hasta llegar a los más altos cargos del ejército, el gobierno y miembros de la CIA, que habían venido a adiestrar a las fuerzas del orden local. La comunidad internacional reaccionó a la agresión mandando más material y movilizó a su ejército, pero se encontró con la oposición del ayuntamiento, que interpretó esa ayuda como una injerencia. Mientras, los muertos se amontonaban en los jardines alrededor de la granja secándose a la intemperie, y la imaginación del pueblo empezó a oír gritos y movimientos extraños, por lo que la llamaban la casa de los espíritus y, aunque de día les llevaban flores con cautela, por la noche no se atrevían a acercarse.
Un día salió el más destacado de los miembros del comité y, con voz amenazante y  acento extranjero, dijo que no habría paz mientras su hermano siguiera encerrado, y tras decir esto disparó sobre todos los asistentes dejando con vida solo a uno para que transmitiera la orden. No habían terminado de decir esto cuando la aviación se acercó al pueblo y comenzó a bombardear la cárcel, la granja, el ayuntamiento y el pueblo entero, al que consideraban una fuente de conflicto.
No hubo ningún superviviente y la noticia de corrió por otros pueblos que comenzaron a organizarse para mostrar su repulsa ante tan grave agresión. La respuesta fue inmediata y contundente y así comenzó una nueva era con un solo gobierno y un solo pueblo, fruto de la tercera guerra mundial.
En el pueblo, hoy un erial, solo quedan como huellas imborrables, los gritos del pasado y, a lo lejos, sobre cumbres borrascosas, algún superviviente con miedo a volar.

Historia basada en diecisiete libros de mi biblioteca

viernes, 27 de abril de 2018

El pacto

Arco iris, de Thomas Worthington

Iba a empezar el segundo diluvio universal y cuando comenzó a llover huí de la ciudad costera camino de la sierra. Solo llevé conmigo algo de ropa, la gabardina y un paraguas, que había decorado en mi taller con los siete colores del arco iris. Conforme caminaba, la lluvia arreció y el paraguas comenzó a despintar, dejando a lo largo de la avenida, un rastro de colorido inconfundible. El sol volvió a brillar y escampó.

viernes, 20 de abril de 2018

Parvulitos

Niño que llora, de Bruno Amadio


Se negó a hacer el dictado y le castigaron a escribirlo cien veces.
Cuando al final de la clase el maestro recogió la plana y leyó en cada una de las líneas «mi mamá no me ama, yo amo a mi mamá», llamó a su madre, que no acudió.

viernes, 13 de abril de 2018

El hombre que se hizo a sí mismo

Boceto para Piara de Cardos, de Joaquín Sorolla

Tenía algunos ahorros y para revitalizar mi negocio —hacía semanas que nadie entraba a comprar en la tienda— decidí venderme algunos objetos, comprarlos yo mismo a un precio más alto, conseguir así aumentar la actividad y justificar algunas ventas anteriores no declaradas. El resultado parecía adecuado. Aunque yo me empobrecía, la empresa mejoraba. Tanto fue así que en el mercado online comenzó a haber cierto movimiento. Para mantener el crecimiento, decidí que tenía que hacer algo para que mi nombre sonara, cree mi propia empresa de publicidad, me nombre presidente de la misma, y me comencé a mandar mensajes en facebook, que yo mismo me contestaba, para aumentar mi presencia en los distintos foros empresariales. Me faltaban resortes en los más altos niveles pero no estaba dispuesto a seguir ningún condicionante, por lo que fundé mi propio partido del que me hice secretario general y con el apoyo de mis seguidores de las redes sociales, conseguí entrar en los círculos más exclusivos de la clase dirigente. En ese nivel todo parecía más fácil, fundé un grupo inmobiliario y me hice el principal accionista, con lo que no tuve problema para reutilizar todo el dinero recaudado en mis actividades previas, aunque he de reconocer que no lo hice de la manera lo más legal posible, por lo que me denuncié y me metieron en la cárcel. Durante mi estancia en prisión estudié derecho, oposité y saqué una plaza de fiscal que utilicé para juzgarme y, no tuve más remedio, sentenciarme nuevamente.
Pasados los años, salí de la cárcel. Me quedaban algunos ahorros que utilicé para revitalizar mi negocio que, en manos ajenas, estaba a punto de quebrar. Decidí venderme alguno de los objetos que quedaban en la tienda a un precio algo mayor de lo habitual, pero convencido como estaba del fracaso de mi anterior gestión, cambié de trabajo y me dediqué a la ganadería. Compré una gran piara y aprendí a vivir como un cerdo más. Todos en la granja fueron me siguieron, aunque nunca me perdonaron que quisiera controlarlo todo y que comenzara a vender a los cerdos más pequeños a cambio de unas cuantas bellotas. 

viernes, 6 de abril de 2018

Abril

Flores Silvestres, de Ezequiel Barranco Moreno

En la ventana de mi salón se posaron tres gorriones de vistosos colores —rojo, amarillo  y azul— y comenzaron a golpear el cristal con su pico. Abrí la ventana y les pregunté qué de donde venían:

Yo vengo de un campo de amapolas.
—Yo de un sembrado de girasoles.
—Yo de un cultivo de azafrán.
—¿Y qué queréis? —les dije.
—Ponte esas alas blancas y vente con nosotros —contestaron al unísono.

Me las puse y las seguí. Durante el vuelo fuimos recogiendo de las ventanas de casas, oficinas, hospitales y colegios a otros gorriones de los más diversos colores —verdes de campos de césped, violetas de cultivos de tulipanes, rojas de rosaledas—, sin que en ningún momento paráramos a descansar.
Desde que, por fin llegamos al inmenso valle de flores silvestres, todos tenemos una pluma de cada color. 

viernes, 30 de marzo de 2018

Magical Mystery Tour

Magical Mystery Tour. Portada del disco de los Beatles

Nació y vivió en Senegal, pero allí no había nada que comer. No tenía trabajo. La guerrilla le había arrebatado a su familia. Tuvo que huir para que no lo reclutaran. Se escondió. Pasó hambre y frío. Cruzó la frontera con lo poco que tenía. En Mauritania sobrevivió vendiendo sus escasas pertenencias. En Marruecos trabajó de sol a sol para cruzar el estrecho. Se montó en una patera junto a otros veinte subsaharianos. La barca zozobró y naufragó. Lo rescataron en aguas marroquíes. Lo esclavizaron. Pudo escapar y  consiguió subir a otra patera. Llegó a la costa de Cádiz. Escapó de los guardacostas. No tenía papeles. Caminó de noche hasta llegar a Huelva. Se escondió. Contactó con otros inmigrantes. Consiguió trabajo. Recolectó fresas desde el amanecer hasta el ocaso. Al final de la jornada le pagaron quince euros. Se fue a dormir al suelo de un cortijo silbando Stramberry Fields Forever.

viernes, 23 de marzo de 2018

Camino de la Tierra Prometida

Jonás en el vientre de la ballena. Anónimo, ilustración

Todos sus compañeros de aventura fallecieron de hambre, sed o frío durante la travesía. Sirhan, que se había preparado a conciencia y supo dosificar el agua y el alimento, fue el único superviviente, y ya podía ver en el horizonte la ansiada costa siciliana.
Se desató entonces una tormenta que hizo zozobrar a la patera y lo arrojó al mar. Justo en ese momento un monstruo emergió del fondo del mar, y se lo tragó.
Intentó escapar, pero ni las oraciones —como a Jonás—, ni el fuego —como a Pinocho—,  lo pudieron liberar.
Las ballenas de ahora son mucho más voraces.

viernes, 16 de marzo de 2018

Riesgo calculado

Cabeza de hombre II, de Alberto Giacometti,

Sabía que esa travesía era peligrosa, la había hecho en muchas ocasiones, pero era consciente de que cada vez las dificultades eran mayores y que cualquier descuido podría ser mortal.
Miró hacia ambos lados y vio que el camino, aunque despejado, no estaba exento de peligro, ya que la velocidad del atacante es mucho mayor mientras menos gente transita y, además, a la temprana hora en que quería pasar, el sol le deslumbraba por la izquierda y la visibilidad por la derecha era escasa.
Se situó en el punto más cercano y conocido antes de decidirse a cruzar y analizó detenidamente las señales. Solo disponía de sesenta y dos segundos para alcanzar el destino y en los últimos intentos, aunque habían sido exitosos, había tardado sesenta y uno.
Vio la señal, acompañada de un suave tintineo y se decidió a cruzar. Llegó a su destino a los sesenta y cinco segundos. Gracias a Dios el conductor que venía por la derecha fue condescendiente y ni siquiera hizo sonar el claxon, aunque, al pasar junto a él, gritó: "¡Abuelo, que se le ha puesto en rojo!"

viernes, 9 de marzo de 2018

Siempre presente

Danza de la muerte, de Rodrigo Santiago

Formábamos un buen trío. Cuando me acerqué a la ellos, su relación era difícil, discutían por cualquier banalidad, llegando a veces a las manos. Ninguno de los dos cedía nunca, y allí fue donde intervine yo. Hablé con él para que se mantuviera firme e impusiera sus razones, pero con tranquilidad, y a ella la orienté de la misma forma, aunque le recomendé que tuviera paciencia, especialmente cuando él llegaba cansado o en esos días en que había bebido más de la cuenta. Ella fue más dócil y poco a poco, sin darse cuenta, se me fue entregando, mientras él seguía con sus salidas nocturnas. A veces la relación mejoraba y parecía que me daban de lado, pero aunque me ignoraran, yo siempre estaba allí.
Un día, como otros tantos, él llegó borracho y ella se lo recriminó. Eso lo volvió loco, comenzó a golpearla y la apuñaló más de diez veces. Lo único que pude hacer, terminada mi labor, fue cubrirla con mi capa negra y llevarla junto a otras tantas que he recogido a lo largo de la Historia.


8 de marzo. Día de la mujer

viernes, 2 de marzo de 2018

Marzo

Jardín, de Ezequiel Barranco

Érase de un marinero que hizo un jardín junto al mar, y se metió a jardinero. 

Corrían los años cuarenta, el invierno se alejaba poco a poco y la tierra despertaba con los días alegres y frescos de la pronta primavera.
Limpió el huerto de hierbas, cortó y preparó los esquejes —las rosas, siempre tan delicadas, requerían un mino especial—, podó los perales y los manzanos, preparó el compost y comenzó la labranza.
Pronto chocó el arado con algo inesperado y diversos huesos aparecieron entre la tierra. Siguió arando pensando que eran de algunos animales, pero comenzaron a aflorar restos de ropas raídas, zapatos viejos, boinas, una muleta, un azadón y un capazo lleno de olivas.
Tuvo que prestar mucha atención para notar el olor del miedo, el sabor salado de las lágrimas que empapaban la tierra, los gritos que la brisa dejaba oír, la angustia entre las malas hierbas, y la desesperación en las raíces secas de los árboles frutales.

Estaba el jardín en flor, y el jardinero se fue por esos mares de Dios. 

A Antonio Machado