Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 19 de enero de 2018

Primera sesión

Le Buveur, de Henri de Toulouse-Lautrec

Quisiera que tuvieran en cuenta los factores que han concurrido en la vida de este niño —continuó explicando el juez a los asistentes—. A la edad de quince años, ya había vivido con cuatro familias y había estado tres veces bajo la tutela de los servicios sociales. A su madre biológica —no se le conocía padre— le quitaron la custodia al año y medio, al encontrarlo en situación de abandono y lleno de cardenales y quemaduras de cigarrillo. Tras un periodo en un orfanato lo adoptó una pareja, pero con la mala suerte que murió la madre, y el padre, que no podía hacerse cargo de él, se lo entregó para que lo cuidara a su hermana, que era toxicómana. Estuvo con ella unos diez años hasta que, perseguida por la justicia por un robo, desapareció y lo abandonó. Cuando lo recogieron de nuevo los servicios sociales, ya consumía cannabis, hacía pinitos con pequeños hurtos y lo habían echado de dos colegios. En el orfanato aumentaron los problemas, conforme crecía aprendió —y enseñó— todo aquello que más daño podía hacer, se hizo el líder de una pandilla de pequeños delincuentes que robaban usando incluso la violencia, comenzó a consumir alcohol y drogas de diseño y a coquetear con la heroína y su comportamiento se hizo cada vez más anárquico y violento.
No quiero que piensen que estoy justificando la violencia ni que quiero amparar a un delincuente, solo quiero que entiendan su actitud y, quizás, la mía.
Volvió a salir, esta vez dentro de un programa de reinserción, gracias a un matrimonio sin manchas —juez él y enfermera ella— sin hijos. Aunque ella no tenía tan clara la adopción, el juez —ese juez engreído y seguro de si mismo—, insistió y la convenció, creyendo que podría con todo. El niño, ya con dieciséis años fue de mal en peor, la convivencia en casa fue espantosa hasta el punto de que la mujer —mi mujer— me abandonó, aunque yo seguía convencido que podría sacarlo adelante. Estaba ciego y no veía que, a pesar de mi experiencia en el juzgado de menores, no era capaz ni siquiera de acercarme a él, de tener la mínima idea de lo que sentía, de lo que necesitaba, hasta el punto que el día que lo encontraron muerto —por una sobredosis, dijeron— me cogió por sorpresa. Ahora pienso que se suicidó y que si yo hubiera estado más atento, más cercano y receptivo, podría haberlo evitado. Fui incapaz de superarlo y fue entonces cuando empecé a beber.

Mi nombre es Mario, tengo 53 años, soy juez y soy alcohólico.

viernes, 12 de enero de 2018

Hora de comer

Aeropuerto de Barajas, de José Manuel Palacio

Viajeros con destino Terrilandia, embarquen en la puerta 22E —se escuchó por la megafonía del aeropuerto—, y en pocos minutos se formó una larga cola delante de la azafata, que recogía las tarjetas de embarque.

De pronto la cola se frenó, la azafata se quedó inmóvil, un avión rosa que acababa de despegar se paró en el aire, las escobas dejaron de barrer al ritmo de la música y los coches enmudecieron. Poco después, los conejos, los cerditos, el gran danés, el lobo, el caniche y el resto de los personajes, desaparecieron, y el niño empezó a llorar, mientras escuchaba a su madre que decía: Hasta que no acabes el plato no te pongo los dibujitos.

viernes, 5 de enero de 2018

Enero

Anciano con abrigo de piel, de Rembrandt

Don Aurelio Rangel, al entrar en casa  aquel desapacible día de primeros de año, colgó su gabán totalmente empapado en el perchero, puso sus zapatos sobre la alfombrilla de la entrada, el maletín en el armario y la corbata en la mesita de noche, se calzó las zapatillas y se sentó en la mesa camilla. Antes de resguardarse al calor del brasero, dejó su brazo derecho en el escritorio, sus piernas en el sofá, sus ojos frente a la televisión, las orejas en la estantería de los discos, la boca en la cocina, su corazón en la vitrina del salón y el cerebro en la cama de matrimonio.
Cuando a la mañana siguiente se dispuso a salir de su refugio, el brazo seguía torpemente caído sobre el escritorio, sus piernas doloridas no se habían repuesto, varias lágrimas daban brillo a sus ojos, la boca estaba seca y la lengua apergaminada, las orejas repetían machaconas una triste sonata de piano, el corazón latía al ritmo sosegado del reloj de pared y su cansado cerebro se rebelaba contra el amanecer.
En la calle el sol había vuelto a brillar, pero el gabán seguía empapado en el perchero.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Una tranquila granja de Alsacia

Retour a la ferme, de Julien Dupre
Permanecía sentada en el granero mientras escuchaba los cantos y las risotadas de los soldados alemanes que, tal como había resuelto el gobierno colaboracionista de Vichy,  tenían que ser alojados en la granja. Como cada mañana, cantaba tranquilamente dando de comer a los animales y preparando los aperos de labranza, como si nada hubiera cambiado y la algarabía de la soldadesca le fuera ajena.
Una mañana lluviosa, al amanecer, mientras preparaba la comida para sus gallinas y los militares aún dormían, notó que se abría el portón del granero y que un joven soldado, sin notar su presencia, se deslizaba sigiloso por la pared hasta ocultarse tras la leñera. Esperó unos minutos, con una azada en la mano se acercó a su escondite, y antes de que se diera cuenta, lo agarró por el cuello y se dirigió a él con un tono amenazante.

—¿Quién eres? —Preguntó sin bajar la azada.
—Silencio, madame, o no respondo de mis actos —contestó el soldado sin atreverse a asomar la cabeza, queriendo mostrar un valor que no tenía.
—¿Qué quieres? Como comprenderás a mi edad y con la situación que estoy viviendo, no me preocupa el daño que me puedas hacer.
—¡Qué se calle, le digo! —imploró el joven subiendo ligeramente en tono.
—¿O qué? Quizás sea yo la que dé un grito avisando que hay un soldado que quiere desertar.
—No me delate y prometo no hacerle nada —dijo intentando mantener un tono amenazante.
—Está bien, a los dos nos conviene mantener silencio, no quiero más alborotos en mi casa. Pero me tienes que decir por qué huyes.
—¿Puedo confiar en usted? 

Se hizo un silencio y el joven salió de su escondite para acercarse a la señora, a la que saludo con timidez, creyendo ver en su mirada una bondad que hacía difícil que lo traicionara.

—Creo que no te queda otra opción —contestó ella en voz baja al tiempo que miraba en dirección a la puerta que unía el granero a la casa—. Además, si hubiera querido, ya te habría delatado.
—Está bien, no soy un traidor ni me gusta la idea de desertar, pero no puedo seguir luchando. Hasta ahora he obedecido, estaba convencido de que tenía que ayudar a mi país, pero conforme han ido pasando los meses me he dado cuenta de la barbarie en que se ha convertido esta guerra. Hoy me avergüenzo de pertenecer a este ejército.
—Pero hay que tener mucho valor para desertar aquí, te echarán de menos y te buscarán hasta en el infierno, ya se oye ruido en la casa. Estarán levantándose y pronto notarán que falta un soldado.
—Más valor hay que tener para permanecer con ellos. Ya están empezando a sospechar y a hablar a mis espaldas.
—¿Qué quieres decir? ¿De qué sospechan?
—No, nada.
—Vamos, desahógate. Puedes contármelo, te ayudaré, creo que ya te lo he demostrado.

Se quedó pensativo, sin saber si debía seguir la conversación por ese derrotero o cambiar de tema, pero al final se decidió a contárselo.

—Verá. Tenía hambre y estaba desesperado —mantuvo un breve silencio antes de continuar— y me presenté voluntario al ejército. Un amigo me hizo una documentación falsa y me admitieron sin más averiguaciones. Era una forma segura de comer, de sobrevivir en aquellos momentos trágicos.
—¿Por qué necesitabas una documentación falsa para alistarte? ¿No eres alemán?

Se acercó a la mujer, cuidándose de que nadie lo escuchara, como si hubiera una multitud alrededor suyo.

—Soy judío —le dijo—,  pero ya no puedo mantenerlo más en secreto, le digo que están sospechando algo y pronto lo descubrirán.

El granero volvió a quedar en silencio hasta que el ruido de un golpe que hizo caer al soldado. La anciana, tras limpiar la azada de sangre, gritó orgullosa «Heil Hitler!», dio de comer a sus animales y salió para continuar su trabajo en el huerto. 

viernes, 22 de diciembre de 2017

Emprendedor

Las moscas, de Lorenzo Goñi

Ahí sigue, hablando sin parar. Vino al mercado a buscar trabajo, pero con ese aspecto de loco que tenía, no lo escuchamos, no sé si hicimos bien. Desde entonces está esperando así en la puerta, semidesnudo y con todo el cuerpo lleno de moscas, dice que no se mueve hasta que lo escuchemos. El problema es que ya tiene un corro de gente alrededor, algunos se ríen, otros lo miran asombrados, hasta el jefe se ha parado a escucharlo, y en el corro está el portero, que me detalló lo que decía y la conversación.

No me quieren dar trabajo y soy el que mejor puede ayudarles, como ayudé a mi familia en su pescadería, quitándoles las moscas que, atraídas por la sangre, los desperdicios, la humedad y el frescor del hielo, daban un aspecto de suciedad al puesto que alejaba a los clientes. Y en vez de agradecérmelo, me rehuían como si apestara. Ya en el colegio me pasaba, el fly me llamaban, decían que no me lavaba, —¡con los refregones con jabón lagarto que me daba!—. Tengo una foto de  entonces corriendo perseguido por una nube negra, la uso para mi perfil en facebook y será el logotipo de la  empresa que quiero fundar “El rey de las moscas”. No es un nombre original, pero es directo y llamativo.

—Pero bueno, déjese de monsergas ¿de qué quiere trabajar usted con esa pinta?
—Pues de matamoscas, de que va a ser.
—¿De matamoscas? Si todas están revoloteando alrededor suya, parece que lo quieren.
—Pues por eso, me acerco a donde más le molestan, a las pescaderías, por ejemplo, se me pegan —es un don que tengo—, y entonces, sin fumigar ni aerosoles que se carguen la capa de ozono, solo tengo que matarlas… o soltarlas en la competencia ¿qué me dice?
—Qué se vaya y me deje.

Se fue entonces al puesto de mariscos, que hoy reluce sin un insecto, y mientras sus clientes se hacen fotos con El Rey de las Moscas; la pescadería se hunde en la miseria y el dueño discute con un desconocido rodeado de ratones.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Instinto profesional

Las Meninas (detalle), de Diego Velázquez

Jako dirigió una mirada compasiva al oficial que, demacrado, débil y con un rictus de dolor, se agachó para imponerle la medalla al perro policía mejor adiestrado en detección de cadáveres.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Chiquillada

Niños jugando a los dados, de Bartolomé Esteban Murillo

En el momento en que empezó la reunión de la Asociación de Padres de Alumnos, los asistentes notaron un intenso olor a gasolina. Unos segundos después se vieron envueltos en llamas.
Los bomberos encontraron los cuerpos carbonizados detrás de la puerta, que estaba atrancada por fuera.
En un parque cercano tres niños, tras deshacerse de una caja de cerillas y una garrafa vacía, repasaban sus álbumes calculando cuántos sobres de estampas podrían comprar con la pensión de orfandad.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Diciembre

El desierto, de Gustave Guillaumet

Se acerca la Navidad y tenemos que prepararnos para las fiestas, sacar las camisetas y las bermudas, subir el belén del trastero, llenar los toldos de espumillón y bombillas multicolores y, a esa altura del año, ponernos a dieta estricta para lucir palmito en la playa y poder recuperarnos después a base de gazpacho, helados y cervezas.
Los niños ya esperan con ilusión a los Reyes Magos de Australia y a Papa Noel, que llegará en Canoa al Puerto de Indias desde la lejana Patagonia, con su bañador rojo y blanco.
Nosotros, mientras tanto, miramos con nostalgia los corchos nevados de nuestra infancia, a la espera de que la primera expedición que vuelve del desolado norte nuclear, nos traiga noticias halagüeñas. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

Noviembre. Conversaciones con la muerte IV

La muerte y la dama, de Egon Schiele

DUDAS

—Hola, Muerte, te veo cansada.
—No, quizás algo desanimada. Mi trabajo es penoso, siempre haciendo daño. Hoy te toca a ti.
—Tranquila, no lo tienes que ver así. Cuando acaba una vida empieza otra.
—Eso dicen.
—Puede que la otra sea mejor, eterna y plenamente feliz. Yo tengo esperanza.
—No sé, nunca me lo he planteado, no es parte de mi trabajo.
—Desde siempre nos han enseñado que hay otra vida ¿Cómo no vas a saberlo?
—Te digo que no sé lo que hay después, nunca he muerto y me temo que nunca moriré.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Noviembre. Conversaciones con la muerte III

Muerte y hombre, de Egon Schiele

INTERESES ENFRENTADOS

   — Estoy cansada —dijo Muerte.
   —Pero no puedes dejar de trabajar —contestó   Vida.
   —Ni tú, salvo que nos pongamos de acuerdo. Si   no hay nuevas muertes ni vidas, acotamos el   tiempo y descansaremos.
   —¡No podéis hacer eso! —protestaron airados   Pasado y Futuro, ante la sonrisa socarrona de   Presente, el único superviviente.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Noviembre. Conversaciones con la muerte II

Autorretrato en 1998, de William Utermoholen

POSTRIMERÍAS

   —Sé quién eres.
   —Sí, llevo mucho tiempo contigo.
   —Esperaba que vinieras por mí, y aquí estás ¿Cuándo partimos?
   —Tranquilo, aún no, morirás poco a poco.
   —Preferiría una muerte rápida.
   —Lo siento, es tu destino, pero no soy tan cruel como piensas. No te enterarás, te iré quitando lentamente la memoria, el raciocinio y la consciencia. 

viernes, 3 de noviembre de 2017

Noviembre. Conversaciones con la muerte I

El niño enfermo, de Edward Bird

COMPAÑEROS DE VIAJE

   —Vengo por ti.
   —Espera, aún soy un niño —balbuceó entre   sueños.
   —¿Y cuántos años crees que tengo yo?
   —No lo sé.
   —Nací en el mismo instante que tú —dijo   acariciándole el pelo y recogiendo su aliento.

viernes, 27 de octubre de 2017

Epidemia

Hospital de Saint-Paul, de Vicent Van Gogh

A este hospital siempre lo han relacionado con la presencia de espíritus, y aquí estuve ingresado hasta mi fallecimiento, por una tuberculosis muy contagiosa. Desde entones, junto a otros espectros, paseo libremente por el ala sur de la primera planta, hoy abandonada.
Por las noches me entretengo, junto a mis compañeros, en asustar al personal de guardia, con cacofonías, encendiendo luces, abriendo y cerrando puertas y otras travesuras, por llamarlas de alguna manera. Pero conforme ha pasado el tiempo, me he ido quedando solo, y mi capacidad de asustar se ha reducido de forma proporcional a la desaparición de mis compañeros. Ahora soy el único de la planta y, cuando hago algún ruido, la gente bromea acordándose de mí: "ya está despierto Paco".

A veces pienso que he contagiado a mis compañeros de juegos y se les ha negado una segunda oportunidad.

viernes, 20 de octubre de 2017

Epopeya

Hormigas sobre el hormiguero, del Bestiario de Anne Walsh

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas, entran por las ventanas, la puerta y la chimenea; alfombran el suelo, suben por las paredes y los muebles. Escalan por sus tobillos y alcanzan el pecho y la cara, lo envuelven y aprisionan. Siente como le arrancan la piel, penetran en sus oídos, ano, boca y nariz.
Solo le queda un resquicio para respirar, un pequeño hueco entre la masa de insectos, en un orificio nasal.
Llega la última invasora, mira orgullosa a la tropa, y lo tapona. Su gesta será cantada por poetas y juglares de todo el mundo y se recordará por los siglos de los siglos.

viernes, 13 de octubre de 2017

Armisticio

Art. 125, Ilustración de J.J. Grandville

Tras la firma, las cucarachas dominaron el desolado Planeta de los Simios.

viernes, 6 de octubre de 2017

Octubre

Recogida del azafrán en La Mancha, de Llanos Lerma

Gozaba de unos días de permiso tras el agotador verano e intentaba olvidar los duros y monótonos meses de trabajo en la cadena de montaje. Aproveché para hacer un viaje y   ver los campos de azafrán y la imagen bucólica de las mujeres que, de rodillas y con sus coloridos vestidos, recogían en sus delantales, con un mimo exagerado, cada flor y depositaban los finos estigmas en sus canastos de mimbre.
Le pregunté a una de ellas si le podía sacar una foto. La campesina me miró fijamente y, tras enseñarme sus manos encallecidas y su piel quemada bajo el sol, me apartó la mirada sin contestarme.
No le hice la foto y me quedé con la sensación de que era ella la que me había retratado saliendo del trabajo en la fábrica.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Una pérdida irreparable

El lector, de Piter Saura.

Salí a dar un paseo y disfrutar de una mañana soleada, y nada más cruzar la puerta me robaron el maletín. No llevaba nada importante, un par de documentos, bolígrafos, el cargador del móvil, una novela y, eso es lo que más me dolió, mi diario, que rellenaba cada día sentado en un banco el parque.
Paseé por las calles de alrededor con la esperanza de encontrarlo en cualquier esquina hasta que, asumida la pérdida, me volví a casa. Cuando entré no había nadie y el mobiliario lo encontré viejo y deteriorado, las medallas que guardaba de mis campeonatos del colegio no estaban, mi diploma de licenciatura lo habían descolgado de la pared del salón, las fotos de mi familia habían desaparecido, y la placa con que me despidieron mis compañeros de la oficina también faltaba.
Para mi asombro, encontré el maletín en el sofá y el diario tirado en el suelo. Lo recogí, lo hojeé y vi que faltaban las hojas en que relataba las olimpiadas escolares, la fiesta del fin de carrera, mi boda y el nacimiento de mis hijos, y la crónica de la cena de despedida del día de mi jubilación. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Carta de un hombre maduro a su mujer

A carta, de Eliseu Visconti

Cuando muera, en el mismo minuto en que deje de ser yo para ser fui, quiero que mi cuerpo esté al sol, refrescado por una brisa suave y por el olor de un pinar cercano que limpie mi pasado. Quiero oír a lo lejos los nocturnos de Chopin, tener cerrados mis labios con una cereza de un rojo violento que refrene mis angustias, y que mis ojos retengan la luz serena de un ocaso.
Cuando muera, en el mismo minuto en que dejes de mirarme para empezar a recordarme, quiero recoger mis recuerdos en una medalla de plata limpia, brillante y desgastada, tener en mis manos un libro abierto y bajo mis pies un lecho de tierra. En ese instante quiero que sentir como juegos de niños silencian el murmullo de las oraciones.
Cuando muera, en el mismo minuto en que el ahora solo sea un paso al ayer, quiero que mires fijamente al horizonte para comprobar que el mundo gira, al suelo para librarte de las raíces y de las alimañas, y al mar que te traerá navíos llenos de vida.

Todo eso quiero para cuando muera, para ese minuto en que nuestra mirada se haga omnipresente y eterna. Pero si no tuviera nada de lo que pido, no te preocupes, no importa, solo dame la mano para que me arrope tu cariño y quitarme el miedo.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Nunca es tarde

Rain sonnet, de Louis Jover

El monumento a don Aniceto Garnedo Mendizabal, excelso poeta local, está ubicado en un coqueto jardín, situado en el centro de la plaza rotulada con su nombre. La escultura del vate es de una absoluta fidelidad, con su abrigo y bufanda, un paraguas abierto en la mano derecha, con el que se cubría de la lluvia, y su poemario en la izquierda. El libro está ejecutado con tan primoroso detalle, que en él se pueden leer sus poesías más renombradas: "A ti, amada mía"  y "Mi ciudad".

Desde su inauguración, durante los inviernos lluviosos que caracterizan Navalpernado —su pueblo natal—, niños y adultos y no pocos turistas, se resguardan bajo el paraguas de bronce de don Aniceto. 
Jamás había leído tanta gente sus poemas.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Presbicia

Autorretrato (detalle), de Louis-Marie Autissier

Ese día tenía una cita profesional y había quedado con  un compañero de trabajo para preparar la reunión; sin embargo, a pesar de lo importante que era para mí, me quedé dormido y temía llegar tarde.

Me desperté angustiado y con la mayor rapidez posible, me puse las gafas y fui al baño para asearme. Volví a leer los papeles del avión, para lo cual cambié mis gafas de lejos por las gafas de cerca y, una vez confirmada la hora, volví a ponerme las gafas de lejos para afeitarme y asearme. Ya en la ducha me di cuenta de que había tres frascos nuevos de gel o champú que no podía identificar; me puse las gafas de cerca y cogí el adecuado, me las quité para la ducha y, ya aseado, me dispuse a ponerme las lentillas, para lo cual, me puse las gafas de lejos y salí a buscarlas.

Con el bote de las lentillas en la mano me iba a poner la del ojo derecho y me tuve que poner las gafas de cerca. Retiradas las gafas me puse la lentilla derecha y, acto seguido, la izquierda. Veía perfectamente, guardé las gafas de cerca y las de lejos en sus respectivas fundas y las dejé, junto a los líquidos y el estuche, en la mesa del despacho.

Sin perder tiempo me puse las gafillas de cerca adaptadas a las lentillas y di un último repaso al resumen que había preparado para la reunión. Al terminar, me quité las gafillas y las puse junto a las otras gafas, mientras terminaba de vestirme. Ya vestido las guardé en el bolsillo de la camisa —no podía olvidarlas—, fui en busca de las gafas de sol, ya que el día era tremendamente luminoso, y las guardé en el bolsillo interior de la chaqueta.

Afortunadamente tenía que llamar por teléfono y, gracias a ello, me di cuenta que en el bolsillo de la camisa había puesto, por error, las gafas de cerca normales en vez de las gafillas de cerca para lentillas, lo que me habría impedido leer con soltura. Corregida la grave equivocación, busqué el teléfono de mi amigo en el listín. Lo llamé pero no contestó, por lo que supuse que habría salido ya.

Terminé de preparar las cosas y me dispuse a hacer un repaso mental de mis gafas, ya que era la primera vez que viajaba desde que me había puesto lentillas. Recapitulé: Tengo los líquidos, el bote y las lágrimas artificiales en la maleta, he guardado en el maletín las gafas normales de lejos y las de cerca, tengo las lentillas puestas, tengo las gafillas de cerca para lentillas en el bolsillo de la camisa y las gafas de sol en la chaqueta. ¡Bien! Estaba todo en orden, salí, cerré la puerta y fui a por el coche.

Ya en el garaje me puse las gafillas de cerca para lentillas, para escoger la música, y salí, tras habérmelas quitado, lo más rápido posible. Al salir noté una bofetada de calor y el sol intenso me dañó los ojos, por lo que, rápidamente, me puse las gafas de sol, pero…¡maldición! Había cogido las gafas de sol graduadas, y con las lentillas puestas no veía nada. Me las quité y el sol me obligó a aparcar de cualquier modo e ir corriendo a casa a coger las gafas de sol no graduadas que me pongo con las lentillas.

Llegué a casa, me puse nuevamente las gafillas de cerca para lentillas y confirmé por última vez la hora de la cita, me las quité, cogí las gafas de sol no graduadas y me las guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, sacando previamente las gafas de sol graduadas. Pensé entonces, que podría tener algún percance con las lentillas y que podría necesitar las gafas de sol graduadas, por lo que decidí llevármelas también y las guardé en el bolsillo derecho de la chaqueta para no confundirlas con las gafas de sol no graduadas. Posteriormente las guardaría en la guantera del coche o en el maletín, junto a las gafas normales de lejos y de cerca.

Volví a cerrar la puerta y bajé nuevamente al coche. Me puse las gafas de sol no graduadas para evitar el destello del sol y vi en el coche un papel sujeto por el limpiaparabrisas. Cambié las gafas de sol no graduadas por las gafillas de cerca para lentillas (aún no tenía gafas de sol de cerca para lentillas) y pude comprobar que era una multa de noventa euros por mal aparcamiento. Fastidiado, me quité las gafillas de cerca para lentillas y me puse las gafas de sol no graduadas, di un portazo y arranque el coche para acudir definitivamente a la cita.

Llegué tarde.