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Cabeza de mujer llorando, de Pablo Picasso
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Cuentan que hace años las guerras,
asesinatos y violencia eran terribles, y que la hambruna y las revueltas se
extendían sin que ni un solo lugar, ni una persona se librara de ellas. Fue
entonces cuando las autoridades de la ciudad crearon a La Llorona. Contrataron a una joven muy atractiva y
motivada, y la sentaron en un trono dorado en la Plaza Mayor. Allí recibía las
penas y el dolor que los ciudadanos le contaban. La Llorona los escuchaba con
tanto sentimiento que recogía con sus lágrimas la aflicción del doliente y la
hacía suya. Recibió historias de toda clase de desgracias y, con su llanto,
liberaba de pesadumbre a la población, cada vez más liberada, gracias a ella
del sufrimiento. Así, la antaño triste ciudad pasó a ser feliz, sin conciencia
de padecimiento alguno, y La Llorona, a pesar de sus angustias, se sentía
satisfecha viendo sonreír a la gente que paseaba reconfortada por la plaza. A
la vista del éxito, en todas las ciudades, se fueron contratando Lloronas que,
con mayor o menor éxito, conseguían un mundo más feliz.
—Pero seguía habiendo
guerras, hambre y enfermedades ¿no, abuelo? —interpeló el pequeño.
—Dicen que, aunque nunca desapareció la desgracia, se
saboreaba la felicidad por todas partes. Si aparecía un hombre asesinado, el
que lo descubría buscaba la Llorona más cercana y volvía feliz a casa; que si una
joven era violada acudía a la Llorona. Así la facilidad del pueblo para olvidar
las desgracias podía compararse con el deseo de la Llorona de cumplir su
misión.
—¿Y
nunca se cansaba?
—Sostienen
que la Llorona de la Plaza Mayor fue la mejor, y que algunas llegaron a ser
incapaces acumular tanta congoja. Entonces buscaban a otra llorona más
eficiente para desahogarse —contestó el abuelo con paciencia.
—¿Ponían
entonces a otra llorona en su lugar?
—Comentan
que el mal siguió creciendo amparado en el poco impacto que tenía ya en una
sociedad hedonista ajena al dolor, y que las lloronas cada vez tenían más
trabajo. Bastaba la muerte del canario del pequeño, para que una la Llorona
cargara con el dolor y el niño fuera tranquilamente a comprar otra mascota.
Pero las lloronas disponibles eran cada vez más escasas y las más famosas
cargaban con las penas de las más débiles, hasta no soportarlo.
—Pues
llegaría el momento en que desaparecieran, ¿no?
—Refieren
que al final solo quedó la de la Plaza Mayor. Había recogido el dolor de todas
sus compañeras y, con ello, de toda la humanidad y que nunca dejó de llorar.
Pero el mal existía, aunque el pueblo estuviera ajeno.
—¿Pero
nunca se cansaba? —insistió el niño.
—He
oído decir que nunca se agotó, pero tanto acumuló que llegó un día en que
reventó de tanto dolor.
—¿De
verdad que una persona puede reventar?
Cuentan que explotó como una bomba.
Dicen que en todo el planeta se vio la luz de la explosión. Sostienen que la
gente estaba aterrorizada ante tantas desgracias. Comentan que el pueblo no
paraba de llorar. Refieren que llegaron guerras, incendios, revueltas,
terremotos y sequías interminables. He oído decir que, hace mucho tiempo, hubo
un planeta llamado Tierra.
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