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| Autorretrato con la muerte, de Arnold Böcklin |
Con un “FIN” escrito con letra torpe, prácticamente ininteligible, coronó el escritor su autobiografía.
—Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quisieres y come lo que pudieres, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.
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| Cerebro humano, de Leonardo da Vinci |
Tan grande era nuestro sufrimiento que quedamos un día para
hablar e intentar solucionarlo de la forma que fuera. Nos reunimos una tarde y,
tras unirnos y volver a estar limpia y bien bombeada la sangre, volviendo a ser
uno solo, aflorando como siempre el odio y no encontrando solución, decidimos
llevar a cabo el suicidio y, para no sentirnos culpables de la muerte de la
otra mitad, nos fundimos en un prolongado abrazo con el juramento de no separarnos. Tras tomar la cicuta, acunado por mi yo emocional y mi opuesto racional, fallecí.
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| Joven tocando el piano, de Gustave Caillebotte |
Solo las velas de los candelabros del piano iluminaban el escenario. La banqueta de terciopelo verde aún permanecía vacía cuando llegó la hora del inicio del concierto. El profundo silencio se hizo entonces más intenso al sonar las notas del Nocturno de Debussy, que impregnó de nostalgia la sala.
Cuando el concierto terminó, una
leve corriente de aire apagó las velas y no se oyeron aplausos ni nadie se
movió de los asientos. Todos quedaron absortos mirando ese piano que, cada año,
sin que nadie lo tocara, terminaba la pieza que quedó inconclusa el día del
bombardeo.
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| Calle con buscona de rojo, de Ernst Ludwig Kirchner |
Me levanté y esbocé una ligera sonrisa, pero en ese momento vi cómo, hermosa e insinuante, contoneándose ante la mirada de todos los clientes del bar, se acercaba a otra mesa y besaba al chico. Terminé la taza de café y al salir entraba una chica rubia, hermosa e insinuante que entraba en el bar con un suéter rojo, a la que le cedí el paso, sin poder olvidar aquellos labios rojo bermellón.

La Giralda, de Ezequiel Barranco
Sin más ayuda que los
dedos aferrados a cada uno de los ladrillos mudéjares y el soporte de sus
zapatos de montañero, escaló los ciento cuatro metros de la Giralda en menos
tiempo que la policía y la ambulancia tardaron en llegar a los pies de la torre,
y los bomberos en subir las treinta y cinco rampas para llegar al Giraldillo.
Había
querido decírselo en repetidas ocasiones, pero mudo como era y analfabeto, no
tenía otra opción que llegar a ella, postrarse a sus pies y demostrarle hasta
donde llegaba su deseo.
Culminó
la escalada en el añadido renacentista y, tras mirar y rendirse ante la Santa
Juana que lo corona, le ofreció un ramo de azucenas y la abrazó, y ella le devolvió
una sonrisa y una mirada que solo él supo ver.
En
ese momento arreció el viento de levante y las campanas tañeron con especial
intensidad una inusual melodía acoplada a los sueños de él y los latidos de
bronce del corazón de la veleta, y juntos desaparecieron entre las nubes
bailando al ritmo del vals.

La corrida, de Joan Miró
El
bar, una especie de bistró de esos que ofrecen comida económica, estaba casi
vacío. Me senté en una banqueta en el extremo de la barra y pedí un café, que
el camarero me sirvió diligente. «¿Me ayudas?» —escuché
que una voz ronca me preguntaba a la derecha—. Volví la cabeza y allí estaba ─astifino,
bragado y ojinegro─, empujando con los cueros una bandeja de forraje
aderezado con pienso.
Tras presentarse —me dijo que se llamaba Molinero—,
me preguntó qué si podía acompañarlo y sacar su ración y el agua a la terraza,
que el bar era pequeño para su corpulencia y el camarero lo miraba con malos
ojos. No supe que decirle, me resultaba raro, y hasta peligroso, dejar a un
toro suelto en la calle, pero me dijo que no me preocupara, que el mayoral
estaba haciendo una gestión y que en un minuto volvería.
Me tranquilizó y lo acompañé. Él me estuvo hablando
de don Jacinto, el dueño de la finca y de Pablo, el encargado. Me dijo que era
muy feliz, que siempre lo habían cuidado mucho, que lo dejaban corretear por el
campo y aparearse con las vacas que quisiera, y que le daban de comer más que
suficiente.
Ese día, decía, habían sido especialmente
dadivosos, y lo habían llevado a ese bar e invitado a forraje y pienso de
excelente calidad, condimentado con salsa al Pedro Ximénez. Luego, terminada la
comida lo iban a llevar a dar un paseo en un camión con otros cinco amigos y lo
iban a soltar en una plaza muy grande. Él estaba feliz con esa aventura y yo no
quise amargarle el almuerzo. Cuando llegó don Jacinto le estaba explicando a un
amigo que él quería mucho a su ganado, y que lo preparaba muy bien para la
lidia, porque si no fuera por la fiesta grande, la raza habría desaparecido.
Al despedirme vi salir del bar a un ganadero que
llevaba una ración de bellotas a un cerdo muy hermoso, negro y de patas finas.
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| Antonio Machado, de Joaquín Sorolla |
Aunque su fama era evidente,
se presentó. Me dijo que era poeta y que se llamaba Antonio Machado y me
preguntó si lo conocía. Yo, para romper el hielo, le comenté que sí, que había
leído muchos de sus poemas e intenté comenzar a recitar Al un olmo seco,
pero él desvió la mirada y volvió a ensimismarse en sus pensamientos.
Le
pregunté si necesitaba algo, si podría ayudarlo, pero no respondió. Acabó el
café, se puso el sombrero, se sacó unas monedas del bolsillo y las dejó en la
barra, se levantó y, sin decir nada, se dirigió a la puerta. Antes de salir se
quedó un rato mirando a la calle. Hacía una tarde gris, con un cielo encapotado
que no permitía distraerse con la imaginación de las nubes ni con la belleza de
la puesta de sol. Cuando iba a salir le pude oír que susurrar «Estos días
azules...».
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| La creación de Adán, de Miguel Ángel |
I
Me pregunto extrañado qué
si no lo conocía, que era Maradona, pero que estábamos en confianza y que lo
llamara Diego. Tras presentarme, para romper el hielo, le pregunté sobre su
mano, y me contó que era cosa de san Pedro. Me explicó que cuando le pidió las
llaves al apóstol, éste le dijo que no, que repasara su vida y entendiera que
tenía arreglar las cosas pendientes o ir al infierno; pero que no se conformó,
que exigió hablar con Dios, que Éste le dijo que no lo recibiría a no ser que
le devolviera lo que era suyo y que, al mirar hacia abajo y ver las llamas del
averno, le devolvió su mano.
Le ayudé, abrí el sobre de
azúcar y tiré el papel hecho una bola y él le dio tras o cuatro patadas y lo
embarcó en la lata de propinas del bar.
El camarero miró ofendido y
masculló un gruñido.
II
Me preguntó qué si conocía a Maradona y qué si lo había
visto y yo le dije que sí, que se acababa de ir. Tras presentarme, para romper
el hielo, le pregunté sobre su amo, y me dijo que la había abandonado en el
cielo, a pesar de que mucha de su fama se la debía a ella y, aunque no tenía
ojos, lloró amargamente. Me suplicó que si volvía a verlo la llamara y dejó
escrito en el polvo de una de las mesas del bar su teléfono.
Yo le prometí llamarla para intentar la reconciliación. Me
despedí y, justo cuando se fue, se abrió la puerta y entró Dios precedido por
una cegadora luz y rodeado de cientos de relámpagos gritando con una voz
atronadora «Dónde está mi mano», y yo preferí callarme y disimular
mientras sus ángeles rebuscaban en las esquinas del bar y en mis
bolsillos.
Fuera, Diego y la mano jugaban al escondite.
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| Mariana Pineda, de Juan Antonio Vera Calvo |
Me dijo que era Mariana Pineda.
Tras presentarme, para romper el hielo, le pregunté si le dolían mucho las
laceraciones del cuello y la profunda herida de la nuca. Me dijo que no y me
pidió que le ayudara a bordar la bandera. Estaba hecha jirones y solo pude
entrever en ella unas letras desmadejadas: «ey
Libe guald».
Le pregunté que qué
significaba eso y ella me miró perpleja, le pidió una tiza al camarero,
extendió la bandera y escribió con violentas e irritantes mayúsculas: «L, RTAD, I AD».
Yo no entendí nada, miré
alrededor y desvié mi atención para ver el noticiero en televisión.
Ella recogió la bandera
y se fue en busca de quién sabe Dios.
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| Cocodrilo verde, de Ixrael Montes |
Siempre ha sido
uno más de la familia, especialmente desde que a mi marido lo mandaron a la
guerra, pero en estos últimos meses lo he notado raro e irritable, como si no
quisiera estar en casa. A veces pienso que viene bebido, que me falta dinero de
la cartera, hay noches en las que no viene a dormir y otros días los pasa
encerrado en su cuarto. Para colmo, mi amiga íntima se ha encaprichado y se
acuesta con él.
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| La fiesta, de José Morillo |
—Es igual, cariño, bailemos tú y yo.
—Pero es nuestra fiesta, podrían felicitarnos al menos ¿no
crees? Solo murmuran sobre de un accidente junto al parking.
—Qué extraño, ahora que lo dices, no me acuerdo de dónde dejamos
el coche, es más, he olvidado haber haber aparcado.
—Yo tampoco, mi amor, es que ni siquiera recuerdo habernos bajado.

Rush hour, de Don Jakot
La autopista N-50 era más ancha que larga. Tenía doce mil carriles y solo veinte metros de longitud, lo que hizo que en el momento que se superaron los sesenta mil coches se produjera un atasco imposible de resolver, especialmente para los que circulaban por las calles centrales. La solución fue añadir los carriles suficientes para aumentar su capacidad hasta donde hiciera falta. De esa forma cada vez pudieron entrar más coches atraídos más por la curiosidad que por el destino al que los encaminaba, aunque la señalización era clara:
N-50. AUTOPISTA AL FUTURO. CERRADA POR OBRAS.

Jardín de la Casa Sorolla, de Joaquín Sorolla y Bastida
Me bastó la sombra del naranjo, la gama roja, amarilla y blanca de las
flores, el aroma de la dama de noche, el frescor de los arriates y el trino de
los gorriones para abarrotar los quince metros cuadrados de mi jardín. Acudieron
a la cita como invitados —todos ellos muy locuaces— mis recuerdos, mis fobias,
mis sueños, mis satisfacciones y enfados, mis anhelos, mis amores pasados y mis
promesas futuras. No pararon de hablarme y rodearme en el banco en que, algo
abatido, me senté, y que desde detrás de la verja parecía vacío.
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| Gran Poder(detalle), de José Carlos González (revista El Llamador 2017) |
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| El club de los poetas muertos |
Blancanieves y los siete enanitos. Fotograma
Un día la mina explotó y ninguno de los siete sobrevivimos. Mudito se reencarnó en un príncipe azul y se fue en busca de Aurora, Sabio aprendió a tocar el piano y se marchó a Casablanca a tomarse una copa en el Café de Rick, Dormilón resucitó con una capa negra y dos orejas puntiagudas y dedicó su vida a luchar contra el mal, Tímido se despertó entre los chicos de American Pie, y Mocoso renació transformado un Troll y se hizo amigo de Shrek, la nueva vida de Sabio. Yo, Gruñón, me he reencarnado en cama, y soy por fin feliz compartiendo sueños con Blancanieves en su dormitorio.