Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 21 de febrero de 2020

Fábulas de este mundo - y IV: Fábula de Pezpajomamifombrjer

Arpía. Grabado anónimo.

El mundo primitivo estaba dividido en seis continentes habitados tres de ellos respectivamente por pezombres, pajombres, mamifombres, y los otros tres por nuevas generaciones de pezjaros, pajferos y mamifezes. Islas aledañas fueron recogiendo nuevos habitantes de las razas pezjarombre, pajmamifombres mamifpezombres, que con el tiempo se fueron uniendo hasta llegar a nacer los pezpajmamifos. El más destacado de ellos casó con la más dotada pezpajmamifjer, fruto de cuyo amor nació Pezpajomamifombrjer, al que algunos llamaron Dios.
Desde los confines del universo, el  Pezpajomamifombrjer, rodeado de su corte celestial de peces, pájaros mamíferos y hombres, en los días quinto, sexto y séptimo de la creación, imaginó un mundo nuevo al que llamaría Globo, en el que todos los seres vivos serían felices e iguales ante la ley.

viernes, 14 de febrero de 2020

Fábulas de este mundo - III: Fábula de la pezjer del palafito

Sirenas músicas. Miniatura inglesa

Ariel era una joven y apuesta sardijer hija de un marino que naufragó en altamar y se casó con una sardina. Su única afición era el mundo viajar, investigar el mundo marino y hacer amigos. Hasta tal punto era así, que pasaba la mayor parte del día buceando y buscando nuevos horizontes en mares y océanos. En uno de sus viajes conoció a Blanquito, un hermoso arenque del que se enamoró y al que conquistó con su gracia, su belleza y los sones de su mágica música. Con ayuda de sirenas y tritones construyó un palafito junto a una isla, en el que unieron sus vidas para siempre. Fruto de su amor, nacieron cuatro preciosas areniñas, que pronto de convertirían en hermosas arenjeres, inteligentes y atractivas, con un torso grácil de pequeños senos, y unas caderas suaves terminadas en una plateada cola con aletas que se movían con tal elegancia que parecían bailar al son de sus melodías. Brazos y aletas las hacían invencibles en la carrera y sus cerebros le permitían una posición envidiable entre los demás habitantes del mar.
Años después Ariel se quedó embarazada de nuevo. Blanquito recibió la noticia con alegría, siempre había sido un buen padre y deseaba aumentar su prole, para la que auguraba un futuro brillante. Pero algo iba mal, el embarazo duraba mucho más de lo estipulado y el abdomen Ariel creció y creció hasta parecer que iba a estallar. Fue entonces parió el esperado retoño, una pezjer, que por el aspecto y el tamaño parecía cachajer, con un torso grácil de pequeños senos, y unas caderas suaves terminadas en una negruzca cola y unas aletas que se movían con torpeza y brusquedad arrastrando todo lo que estaba a su alrededor.
Días después, un hermoso cachalote que rondaba con frecuencia alrededor de la isla apareció muerto, y todos en el mar miraron suspicaces a Blanquito, que había conseguido reunir el mayor banco de sardinas de toda la historia. Mientras Ariel permanecía recluida en su palafito.

viernes, 7 de febrero de 2020

Fábulas de este mundo - II: Fábula del pezombre del mar

Monstruos marinos. Grabado medieval

Un pezombre, habitante de las profundidades del mediterráneo, se encontró con un cocodrombre. Ambos habían intentado llegar a la tierra prometida, uno nadando, otro reptando, pero ante la imposibilidad de alcanzar su objetivo, habían ido perdiendo sus atributos.
—Yo iba agarrado a una lancha —dijo el pezombre.
—Yo escondido en los bajos de un carromato —contestó el cocodrombre.
—No me dejaron llegar a la playa.
—Me dejaron tirado en un río.
—A mí me pescaron y desde entonces estoy en este circo.
—A mí me cazaron y desde entones sigo aquí también. Ya te había visto antes.
En la carpa del circo hombres, mujeres y niños disfrutaron de las habilidades de esta nueva generación de variombres, y en las playas y en los ríos, habían dejado ya de perseguirlos para expulsarlos. Ahora los buscaba para capturarlos, junto a los elefaombres, ratombres, monombres y otras muchas especies nuevas.
—Me han dicho que son millones los pezombres que están cruzando.
—Y cocombres también.
—A algunos niños les están saliendo alas ¿Los ves?
—Sí, pero no saben usarlas.
—Ya aprenderán.
Así fue como a la raza de los variombres se sumaron los pajombres, que poco a poco también terminaron en jaulas en circos, aunque muchos de ellos morían cada día en cotos de caza distribuidos por todo el mundo, a perdigonazos en las terrazas de casas de campo o enganchados en los cables de la luz.
Fue en una de esas fincas en la que un pajombre se escapó tras ver la película Los Pájaros. Ese fue el principio del fin de la humanidad.

viernes, 31 de enero de 2020

Fábulas de este mundo - I: Fábula del pezombre del sur

Sirena y Tritón. Dibujo anónimo ruso

En un tiempo lejano, allí por los confines del océano, muchos valientes habitantes del tercer mundo se mutaron a peces, empujados por el hambre y la necesidad de supervivencia. Tras meses, incluso años, sin poder arribar en la tierra prometida, fueron perdiendo sus atributos humanos, se cubrieron de escamas, le crecieron branquias y se olvidaron de su vida terrestre, ante le indiferencia e incluso la satisfacción de los humanos.
            En tierra los llamaron los pezombres, y los fines de semana iban a buscarlos entre los juncos, en las orillas o os puertos, donde se alimentaban de despojos, y se los enseñaban a los niños, que disfrutaban echándoles de comer.
Pasado el tiempo, la pesca furtiva y las grandes navieras acabaron con la pesca, los pezombres comenzaron a pasar hambre y salieron de su hábitat a buscar comida en la tierra. Los humanos, alarmados ante lo que consideraron una invasión, los persiguieron, pero ellos, que no habían olvidado caminar, aprendieron a escabullirse, esconderse y defenderse y, tal era su número y voracidad, que acabaron con todo lo comestible.
            El último humano que sobrevivió a la hambruna creada, dejó escrito en una roca, anres de morir: «Reparte tu pan, no tu hambre», y un pezombre escribió debajo: «La maldad, más temprano que tarde, siempre tendrá replica».

viernes, 24 de enero de 2020

Siglo XXI

Taberna, de Francisco Mir Belenguer

Charlie había perdido su risa, no sabe si la olvidó, se la robaron, cayó por una alcantarilla o si se fue con otro. Con esa pérdida se fue ese gesto amable tan suyo, y con él su trabajo y su futuro. Desde entonces anda buscando a alguien que le pueda dar  una pista sobre su paradero. Agotado, por la noche se sienta a tomar un café en el bar de su amiga Melanie, que extravió la esperanza y se pasa el día poniendo copas y cafés a clientes anónimos, sin mirarles a la cara ni desearles buenos días.
Se sentó en el único asiento vació del bar y preguntó si alguien había encontrado una sonrisa. A su izquierda, un señor bien trajeado le ha dijo que no la ha visto y que, si la viera, no podría identificarla como suya, y le dio la espalda malhumorado porque no sabe donde había puesto su alegría. Igual hizo la señora de su derecha, que había perdido la bondad, y no quería entablar conversación con una persona tan necesitada y triste. En la barra una anciana que tomaba café preguntó, aunque nadie la escuchó, si alguien sabía dónde estaban sus ganas de vivir, y un caballero bien trajeado, con sombrero de copa y gesto adusto, se quejaba de que desde hacía tiempo no veía felicidad. Por último, al fondo del bar, unos padres y un hijo discutían porque no sabían dónde estaban sus ilusiones perdidas.
Al cerrar el bar los clientes fueron saliendo, cada uno con su congoja, sin escuchar al vendedor ambulante que, al otro lado de la calle, pregonaba su mercancía: Se venden risas ficticias, alegría inmotivada, esperanza inútil, falsa bondad, vidas truncadas, felicidad fingida e ilusiones rotas.

viernes, 17 de enero de 2020

Reencuentro

El triunfo de Baco (fragmento), de José de Ribera

—¿Eduardo Barcal Olmo?
—¡Vaya! Ya era hora de que acercara, he notado que lleva tiempo siguiéndome ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Qué quiere de mí?
—Solo presentarme, Eduardo.
—No será solo eso, algún motivo más tendrá, digo yo.
—Efectivamente, me gustaría que habláramos, tenemos muchas cosas en común.
—¿Con ese porte y esos modales tan refinados que se gasta? No lo creo.
—Yo también me llamo Eduardo, concretamente Eduardo Barcal Olmo, como usted, y nacimos el mismo día y a la misma hora. Puede que no lo recuerde, pero crecimos juntos, de hecho, fuimos al mismo colegio, compartimos juegos y amigos.
—Imposible, eso no se olvida.
—Somos de la misma promoción de medicina, así lo quiso nuestra madre.
—Mi madre sí. La suya, ni lo sé ni me importa.
—Se volcó con nuestra educación. No tuvimos hermanos.
—Soy hijo único ¿cómo lo sabe?
—Yo también soy hijo único, de la misma madre. Ana, una gran mujer. Descanse en paz.
—¿Hijos de la misma madre y no somos hermanos? ¡Está desvariando, haga el favor de dejarme!
—No puedo, la realidad es que nunca nos hemos separado.
—¿Quién es usted, por Dios?
—Haga un ejercicio de memoria ¿Seguro que no me reconoce? ¿Tanto ha cambiado?
—No sé a qué se refiere.
—A su proyecto de vida cuando se abandonó a la bebida ¿Lo recuerda?  

Eduardo terminó su copa y salió del bar mirándose de soslayo en un espejo.

viernes, 10 de enero de 2020

Autorretrato


Autorretrato frente a un espejo. de Henri Toulouse-Lautrec
Se había pintado en más de cien cuadros. Se retrataba en cada uno de ellos frente al caballete y ante un espejo en el que se reflejaba pintando, y así sucesivamente hasta plasmar todas las obras de la serie. La perspectiva que consiguió fue tan real y minuciosa que se podía leer la firma y fecha de cada retrato. A pesar de la perfección de la obra, el público no supo valorar la perspectiva y el resultado conseguido, por lo que el artista, decepcionado, cogió un cuchillo y lo destrozó.
Comenzó una nueva serie de más de cien cuadros. Se retrataba en cada uno de ellos frente al caballete y ante un espejo en el que se reflejaba rompiendo el lienzo, y así sucesivamente hasta plasmar todas las obras de la serie. Cuando presentó su obra, el público no supo valorar la perspectiva y el resultado conseguido, por lo que el artista, decepcionado, lo destrozó y se volvió iracundo a los presentes.
Comenzó en la cárcel nueva serie de más de cien cuadros. Se retrataba en cada uno de ellos frente al caballete y ante un espejo en el que se reflejaba pintando y, al fondo, aparecía un grupo de personas que lo miraban atemorizadas.


lunes, 6 de enero de 2020

Epifanía (Navidad - V)

Adoración de los Reyes (detalle), de El Bosco

Pidió a los Reyes que le devolvieran a su papá, pero lo único que encontró aquella fría mañana de enero, entre juguetes y libros, fue una carta con un lacónico mensaje: «Nunca va a volver». Al cumplir seis años le habían que dicho que su padre se fue al poco de nacer él, y ahora pedía explicaciones.
Le entregó entre sollozos la carta a su madre que, tras leerla con atención, escribió en el reverso: «¿Por qué le has dicho eso al niño?», y la dejó sobre la chimenea. La respuesta de Baltasar no se hizo esperar: «No puedo mentir, pero tampoco voy a permitir que mi prestigio quede en entredicho por aquella noche de locura».

viernes, 3 de enero de 2020

Noche de Reyes (Navidad - IV)

Noche de Reyes, de  Julio Borrell Pla

Había decidido innovar y preparó con esmero el tentempié para los Magos de Oriente: Mantecado de chorizo de Pamplona y almendra, con pequeñas notas de curry, cidra y su sinuosa salsa de soja. Al no saber a qué hora llegarían Sus Majestades, dejó unas copas de vermú, rioja y vino dulce para que lo maridaran a su gusto.
A la mañana siguiente, las copas estaban vacías, los niños jugaban con sus regalos, él miraba los platos intactos y su mujer leía estupefacta una nota con tres firmas: Le falta sal.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Navidad de 2067 (Navidad - III)

Boodegón con cuatro racimos de unas, de Juan Fernández "El Labrador"

Cuando llegué estaban poniendo la mesa para cenar. Los abuelos adaptaron el menú de Nochevieja a las nuevas circunstancias, sobre un hule dispusieron el menaje de plástico para recibir las viandas: Entrantes variados de polietileno, latas diversas, envoltorio aromatizado con pata de cordero para el plato principal, papel de plata para los postres, capsulas de café, y doce bolitas de papel de aluminio para las campanadas.
Los ancianos, que añoraban los sabores de antaño y se conformaban con sus recuerdos y nuestra presencia, o eso nos hacían creer, se tomaron a escondidas las doce uvas que habían conseguido de estraperlo. El certificado de defunción era claro: Intoxicación alimentaria.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Navidad en San Lázaro (Navidad - II)

En el ala de Cuidados Paliativos del Hospital de San Lázaro de Sevilla, el personal ha instalado un Belén con materiales médicos de deshecho (Bote antiséptico para la Virgen, de suplemento hiperproteico san José, de complejo vitamínico el Niño, depresores para el puente y el pozo, comprimidos para las flores...). Este villancico es un pequeño homenaje a los "Ángeles Blancos" que allí trabajan.


Belén de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital de San Lázaro

El camino era largo y penoso, pero el final de aquel pasillo infinito estaba cerca. La noche era clara y los grandes ventanales permitían ver la estrella que les alumbraba y allí, en una humilde villa que parecía hecha de cartón, se pararon a descansar.

La Virgen llegó sudando caminito de Belén
y los ángeles blancos la perfumaron con su fe.
Ande, ande, ande la marimorena
que María sonríe al ver a gente tan buena.

Desde aquella esquina se veían las puertas de las habitaciones de los demás habitantes del pueblo, cada uno con su historia, con su pena y su dolor, y también con su orgullo, con su pasado y sus esperanzas.

San José perdió el zurrón caminito de Belén
y los ángeles blancos le dieron despacito de beber.
Ande, ande, ande la marimorena
que José sonríe al ver a gente tan buena.

Algunos se acercaron a ver a los recién llegados con curiosidad, otros les entregaron sus penas, sus alegrías, sus miedos y sus consuelos. Otros no pudieron verlos, pero soñaron con ellos.

El Niño lloraba de hambre caminito de Belén
y los ángeles blancos le hicieron de comer.
Ande, ande, ande la marimorena
que el Niño sonríe al ver a gente tan buena.

En Navidad recibieron visitas de sus familiares y amigos, de médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, pinches, voluntarios, limpiadoras y pastores de buena voluntad.

El río se ha desbordado caminito de Belén
y los ángeles blancos lo arreglan con madera del almacén.
Ande, ande, ande la marimorena
que un pescador sonríe al ver a gente tan buena.

El almuerzo de Navidad fue especial y, aunque no era comida de reyes, el esmero y cariño con que lo prepararon y con que lo compartieron, hizo que todos se sintieran como en casa. El beso superó al vaso y el abrazo al almuerzo.

Una pastora tuvo fiebre caminito de Belén
y los ángeles blancos de dieron flores que le sentaron muy bien
Ande, ande, ande la marimorena
 que la pastora sonríe al ver a gente tan buena.

Terminada la Navidad, la Sagrada Familia se fue a seguir su camino, y en la aldea dejaron, para que los repartieran, los regalos que le habían traído los ángeles blancos: Batidos, calmantes, antibióticos y otros medicamentos, jeringas, agujas y material de curas, depresores, nebulizadores y sueros, algodón y vendas; y se llevaron el cariño de todos los que vivían allí.

Los ángeles blancos los despidieron caminito de Egipto
y el Niño, feliz, agradecido, al marcharse los bendijo.
Ande, ande, ande la marimorena
que todos sonríen al ver a gente tan buena.

El pasillo quedó en silencio y los ángeles blancos siguieron haciendo su trabajo. Saben que pasarán los años y deberán volver a consolar al Niño, ayudarle a llevar su carga y curarle las heridas.

la Nochebuena se viene
La Nochebuena se va…

lunes, 23 de diciembre de 2019

Noche de Paz (Navidad - I)

Esta noche es Nochebuena, de Joaquín Sorolla

Cogió el primer tren de vuelta a casa, aunque nadie lo esperaba. Sabía que su mujer nunca le había perdonado lo que pasó la última Nochebuena. Aquella noche bebió más de la cuenta y ella se lo echó en cara, no pudo contenerse. Había pasado un año y era hora de volver a casa, las fiestas navideñas siempre son un buen momento para el reencuentro, para la reconciliación y para hacer nuevos propósitos.
Aunque no había vuelto a beber desde aquella noche, se tomó unas copas para animarse —Será una sola, se controlarme, se dijo—. La puerta estaba abierta, dudó, terminó la botella y entró. Ella intentó escapar pero la empujó contra la pared y la mandó callar, gritaba y le tapó la boca, le dio una bofetada, estaba histérica, tenía que tranquilizarla.
—Te quiero, le dijo, escúchame, esta Navidad será todo distinto, palabra.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Guerra (Serie mis cuadros - y 49)

Catedral de Jaén

El cabildo catedralicio, a la vista del cariz que estaba tomando la situación, tomó una decisión valiente e inesperada: Le quitaron a san Fernando la espada y le ofrecieron un móvil con tarifa plana y datos ilimitados. En la fachada barroca, la pétrea figura del santo, se sentó en la bola del mundo y comenzó a hacer llamadas a los principales protagonistas del litigio, que tenía en vilo a la población, para buscar una salida pacífica y evitar así una nueva cruzada, pero todo fue inútil y las partes siguieron enfrentadas.
En una nueva reunión del cabildo, a las que invitaron a representantes de los distintos poderes enfrentados, devolvieron la espada a san Fernando y sacaron en procesión a Santiago.
Las campanas comenzaron entones a tañer sin descanso, los almuédanos llamaron a la oración y, en todas partes se oyeron los gritos de los militares y las arengas de los muyahidines.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Perdida en la ciudad (Serie mis cuadros - 48)

Sevilla desde la Giralda

Piensan que siempre estamos ahí, aunque a veces, en la casa, de noche o un día nublado, desaparecemos; y puede ocurrir que ya no nos recuperen. Son tan insensibles que no llegan a echarnos de menos, y el resultado es que el mundo está lleno de hombres sin sombra y sombras sin dueño.
Cuando perdí a mi dueña, hace ya muchos años, me mantuve escondida un tiempo, procurando no pasar por espacios abiertos en los que el sol pudiera revelar mi presencia, pero pasados los días decidí salir a buscarla, aunque nunca la encontré. Anduve por las calles, me crucé con alguna persona que había notado que ya no le acompañaba su imagen, e incluso me topé con un joven que se fijó en mí y se acercó; pero no formábamos una pareja creíble y desistió.
Desde entonces me han visto deambular solitaria, a mí y a otras como yo. Aparecemos en cualquier esquina al atardecer, nos llaman fantasmas.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Ícaro (Serie mis cuadros - 47)



Puente de Triana. Sevilla
Detrás del puente, la luz artística de los monumentos iluminaba el margen del río y cegaba las estrellas de una noche si nubes ni luna. Debajo el agua corría mansa entre los pilares irisando la luz de las farolas y la imagen del joven que se mantenía quieto, incluso desafiante, subido en la baranda, mirando al frente, ajeno a lo que ocurría alrededor.

Por la calzada, algunos se paraban curiosos o alarmados, otros pasaban de largo o, como mucho, miraban de forma desinteresada.

—¿Qué hace? —murmuraban voces cercanas a sus espaldas.
—Habrá que sujetarlo, está loco —gritaba un anciano acobardado.
—¿Es que nadie va a hacer nada?
—¡Dios mío!
—¡Qué alguien llame a la policía, o a los bomberos!

Debajo del puente, una pandilla, alguna pareja y un par de mendigos que intentaban coger el sueño sobre sus cartones.

—¡Mira, ese tío se va a tirar! —gritó un joven al tiempo que le llenaban el vaso.
—Pues venga, lléname el vaso, a ver que hace.
—No mires, cariño —dijo el joven al tiempo que le tapaba los ojos y la boca.
—¡Venga, tírate ya o vete! que no hay quien duerma entre los niñatos y tus tonterías.
—¡Vaya capullo!

Fue entonces cuando desplegó sus alas y salió volando. Los paseantes y los curiosos volvieron a sus quehaceres, las pandillas a sus asuntos, las parejas a sus ternuras y los mendigos a la poltrona.

Conforme se acercaba el día, temiendo que el sol derritiera sus alas, nuestro hombre decidió volver a descansar, esta vez en un campanario.

En la plaza, algunos se paraban curiosos o alarmados, otros pasaban de largo o, como mucho, miraban de forma desinteresada.

—¿Qué hace? —murmuraban voces cercanas al pie de la torre.
—Habrá que sujetarlo, está loco —gritaba un anciano acobardado.
—¿Es que nadie va a hacer nada?
—¡Dios mío!
—¡Qué alguien llame a la policía, o a los bomberos!

Detrás de la iglesia, una pandilla, alguna pareja y un par de mendigos que intentaban coger el sueño sobre sus cartones.

—¡Mira, ese tío se va a tirar! —gritó un joven al tiempo que le llenaban el vaso
—Pues venga, lléname el vaso, a ver que hace.
—No mires, cariño —dijo el joven al tiempo que le tapaba los ojos y la boca.
—¡Venga, tírate ya o vete! que no hay quien duerma entre los niñatos y tus tonterías.
—¡Vaya capullo!

Pronto se pondrá el sol —pensó.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Creando amistades (Serie mis cuadros - 46)

Portón, Guareña

Juana era una mujer laboriosa y de costumbres sencillas. Su principal labor era pasar las tardes en casa viendo la televisión mientras hacía punto. Era tal su afición y habilidad que medio barrio tenía un chaleco o una toquilla hecha por ella.
Aquella mañana en que cambió su vida había ido a la mercería de Teresa, y comprado una gran cantidad de ovillos de lana de todos los colores y texturas. Llenó la despensa con lo necesario para su sustento, y se encerró para hacer lo que sería su gran obra.
Primero extendió por el suelo un ovillo de lana azul, formando una especie de red alargada, y posteriormente hizo otra red paralela, ésta con lana roja, y unió a ambas en el centro, a unos ciento cincuenta centímetros del extremo más corto y un metro sesenta del más largo, haciendo un ovillo bicolor. Después, más o menos a la mitad, utilizó ovillos granates, ocres, grises, amarillos y verdosos, distribuidos unos de forma simétrica, otros anárquicamente. Para el vértice superior utilizó una madeja marfil de lana muy gruesa, con la que realizó minuciosas y preciosistas curvas y recovecos. Para terminar, dispuso de una lana crudita muy almidonada, que serviría de sustento a toda su obra.
Tras asegurarse de que todo estaba en orden puso su obra en pie sobre sus dos extremidades inferiores, con los brazos, tronco y cabeza perfectamente realizados, y un añadido de lana elástica entre las piernas. Descansó satisfecha por el final  de su trabajo que, sin duda, le serviría para hacerle la vida más cómoda y satisfactoria.
 Poco a poco le fue enseñando las funciones básicas del cuerpo de casa: limpiar, cocinar, acompañarla mientras ve la televisión, tender la ropa, cocinar y hacer la cama que, gracias al apéndice elástico, con frecuencia amanecía muy alborotada.
Pero Pedrito Lanudo, que así lo llamó, fue tomando confianza, abandonó sus faenas y se dejó llevar por la pereza y la abulia. Juana empezó a impacientarse y, viendo que no respondía a sus peticiones, se olvidó de él, que desde ese momento permaneció adormilado sobre la cama. Pasado el tiempo sin que se solucionara el problema, decidió darle una solución, aprovechó una tarde en que su Frankestein Lanudo, dormía profundamente, y sujetó un punto suelto que vio a la altura de un dedo del pie, como el hilo que queda en el calcetín puesto al revés, y así, tirando tirando, fue recogiendo toda la lana en madejas, hasta que hizo desaparecer a su Pedrito, del que tanto tiempo había disfrutado y ahora de aburría.
Sin descanso, se sentó a ver la televisión, volvió a sus quehaceres y, con los ovillo de distintos colores que recogió del suelo comenzó su nueva obra, un perrito de lana, de más o menos un año de edad, para que ya estuviera crecidito y educado, y le diera compañía.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Ráfagas (Serie mis cuadros - 45)

Patio sevillano

Los días pasan como las hojas de un periódico roto arrastradas por el viento, y ahora me envuelve la quietud. Nací, como Mercedes, en una familia acomodada, en una casa sevillana, entre jazmines y libros —niñez dulce y serena—. Mis padres insistieron en que estudiara, pero yo solo quería escribir, y logré éxito y bonanza económica, gracias a unos mentores y al apoyo de una editorial que publicó mi primer poemario, y así disfruté organizando tertulias en las noches de luna, y me divertí incluso cuando las cosas empezaron a ir mal —juventud, flor abierta—. En mis postreros años de penuria —ancianidad triste y sombría—, me quedaba sin cenar, remendaba mi ropa y me calentaba al fuego de mis queridos libros, pero siempre estuve rodeada del cariño de los que lloraban, reían o soñaban conmigo.
Hoy descanso entre cipreses, bajo la lápida cubierta de flores marchitas, en la que mis amigos, fieles a su promesa, hicieron grabar su poema:

No me dejéis siempre sola
en mi sepulcro escondido,
porque me espanta la ola
quieta y mansa del olvido.

 En memoria de Mercedes de Velilla y su tertulia de la calle Manteros.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Historia de amor (Serie mis cuadros - 44)

Faro de Rota


El camino era corto y el destino estaba muy cerca. Nada más cruzar el arco, entre pequeñas embarcaciones y alguna que otra taberna, se alzaba imponente el faro.
Juande había decido subir esa noche y sabotear el motor para que la luz quedara fija en la pintada que había hecho en un muro cercano. Decía «PEPA, CHULI ¿KIERES CASARTE CONMIGO?»
Pepa no lo dudó, escaló el faro y movió el foco un poco más a la derecha, donde había escrito en mayúsculas «NO, TÍO, DÉJAME YA».
El hermano de Pepa, hizo lo mismo y escribió «¿ERES TONTO O QUÉ?
Juande contestó «¡NO TE METAS TÍO!».
El foco siguió girando a la derecha conforme las pintadas crecían.
—«ES MI HERMANA».
—«YO LA QUIERO».
—«¿LA QUIERES DE VERDAD».
—«SÍ, CON TODA MI ALMA».
Entonces llegó una grúa, dejó caer un contenedor en el muro del muelle, y tapó muchos de los mensajes. A cada lado ya solo se podía leer «PEPA, CHULI ¿KIERES CASARTE CONMIGO?» y « SÍ, CON TODA MI ALMA».
Pepa cedió ante la evidencia y hoy son felices, la grúa se llevó el contenedor, el faro volvió a girar y Juande limpió el muro cuidadosamente.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Vuelta a empezar (Serie mis cuadros - 43)

Parroquia de Nuestra Señora de la O. Rota


En una sociedad desacralizada y en plena crisis económica, los poderes eclesiásticos terrenales optaron por abandonar el empobrecido Vaticano. Alquilaron una furgoneta para hacer un porte con los escasos bienes que le quedaban, repartir los de más valor, y trasladar a Dios y su corte celestial a su nuevo destino.
El evento se organizó un Viernes Santo en Lamia Huta, capital de un pequeño y pobre país africano en el desierto de Calazumbra. Asistieron el jefe de la tribu, el consejo de ancianos, los habitantes del pueblo y cuatro escritores, que pronto comenzaron a extender la buena nueva.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Mirando al mar (Serie mis cuadros - 42)


La Caleta, Cádiz
Era un restaurante muy reconocido, con mucha luz y grandes ventanales que daban a la playa. Hacía un año que se conocieron y él quería agasajarla en un día que consideraba muy especial. Al entrar rompieron el silencio del local con sus risas; la llevaba en brazos y con los ojos tapados mientras le silbaba Ahora bésala, su canción favorita y ella respondía con besos y grandes carcajadas.

—Su mesa está preparada —dijo el camarero al recibirlos.
—Gracias Grimsby, sírvame una copa de vino para mí y traiga agua para ella.
—Enseguida señor. Buenas tardes, señorita.
—¡Espere, por favor! —interrumpió la joven—, ¿Me podría traer un barreño lleno de agua natural?
—Enseguida, señorita.

La mirada de él no dejaba dudas de sus intenciones en ese día, sin embargo ella era incapaz de levantar la cabeza, sumida en sus pensamientos.

—Estás muy callada ¿qué te pasa?
—Verás, quería hablar contigo.
—No, espera, hoy no quiero escuchar problemas ni malas noticias, y tu cara es reflejo de que algo no va bien.
—Es que…
—Espera, te he dicho, antes tengo que decirte algo. Hace un año que salimos y…

En esto llegó el camarero con el barreño.

—¿Quiere probar a ver si la temperatura es la adecuada?
—Está bien, gracias.
—¿Se lo pongo aquí? —preguntó.
—No, mejor debajo de la mesa. Perdone tanta molestia.
—Al contrario, es un placer atenderla.
—Bueno, como te decía —retomó la conversación, al tiempo que ella intentaba comenzar—, hace un año que…
—¡Espera! —gritó ella decidida, con lágrimas en los ojos—, estoy muy avergonzada, pero tengo que pedirte algo que para mí es muy importante en este momento. Quiero que seamos felices juntos.
—No hables del futuro, somos felices ya, y lo que vengo a pedirte es que compartamos esa felicidad toda la vida.
—No, eso no es así, eres muy bueno —dijo ella entre llantos—, pero para seguir juntos necesito dinero, mucho dinero, del que no dispongo.
—Yo te daré lo que necesites.
—¿Ochenta mil euros? ¿Tienes ochenta mil euros? —gritó ante la mirada de todos los clientes del restaurante y del camarero.
—¿Para qué quieres tanto dinero?
—Me cuesta mucho tomar esta decisión, y no lo hago solo por mí, es por nuestro futuro en común. Sin ese dinero, tendremos que separarnos. No quiero sufrir más ni condicionarte tu futuro.

Se secó las lágrimas y apretó la mano de Eric, mientras lo atendía el camarero.

—Sírveme otra copa, Grimsby, por favor. Y llena el barreño otra vez, que se está quedando seco.
—Enseguida, y perdone mi despiste, no he estado atento.
—Tranquilízate —insistió Eric con verdadera compasión—, buscaremos el dinero, pero ¿para qué lo necesitas?
—Tengo que operarme, no podemos seguir así, tu vida ha cambiado, no sales ya con nadie, nos miran por donde vayamos; observa la mirada sin disimulo de todos los clientes del restaurante, hasta el pinche de la cocina.

—Le traigo más agua para el barreño, señorita —interrumpió Grimsby—, pero tenga cuidado, por favor, está salpicando a los señores de la mesa de al lado.

—A mí eso me da igual, cariño —continuó Eric.
—Pero a mí no ¿Te imaginas cuando seamos mayores y no puedas cargar conmigo?
—Bien, vamos a hablarlo ¿Has encontrado un cirujano dispuesto?
—Sí, el doctor Facilier. No tiene mucha fama de honesto, pero está dispuesto y es bueno en su oficio, según dicen. Es mi decisión, Eric, me he despedido de Sebastián y de mis hermanas. Solo quiero poder andar, no dejo de pensar el día en que entre caminando de tu brazo en la catedral, para unir nuestras vidas y nuestro futuro.
—Te quiero Ariel, conseguiré el dinero.

Se besaron emocionados, y los comensales de la mesa de al lado se apartaron para evitar las salpicaduras que Ariel producía moviendo la cola en el barreño.