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Patio sevillano |
Los
días pasan como las hojas de un periódico roto arrastradas por el viento, y
ahora me envuelve la quietud. Nací, como Mercedes, en una familia acomodada, en
una casa sevillana, entre jazmines y libros —niñez dulce y serena—. Mis padres insistieron en que estudiara,
pero yo solo quería escribir, y logré éxito y bonanza económica, gracias a unos
mentores y al apoyo de una editorial que publicó mi primer poemario, y así disfruté
organizando tertulias en las noches de luna, y me divertí incluso cuando las
cosas empezaron a ir mal —juventud, flor
abierta—. En mis postreros años de penuria —ancianidad triste y sombría—, me quedaba sin cenar, remendaba mi
ropa y me calentaba al fuego de mis queridos libros, pero siempre estuve
rodeada del cariño de los que lloraban, reían o soñaban conmigo.
Hoy
descanso entre cipreses, bajo la lápida cubierta de flores marchitas, en la que
mis amigos, fieles a su promesa, hicieron grabar su poema:
No me dejéis siempre sola
en mi sepulcro escondido,
porque me espanta la ola
quieta y mansa del olvido.
En memoria de Mercedes de Velilla y su
tertulia de la calle Manteros.
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