Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 13 de abril de 2018

El hombre que se hizo a sí mismo

Boceto para Piara de Cardos, de Joaquín Sorolla

Tenía algunos ahorros y para revitalizar mi negocio —hacía semanas que nadie entraba a comprar en la tienda— decidí venderme algunos objetos, comprarlos yo mismo a un precio más alto, conseguir así aumentar la actividad y justificar algunas ventas anteriores no declaradas. El resultado parecía adecuado. Aunque yo me empobrecía, la empresa mejoraba. Tanto fue así que en el mercado online comenzó a haber cierto movimiento. Para mantener el crecimiento, decidí que tenía que hacer algo para que mi nombre sonara, cree mi propia empresa de publicidad, me nombre presidente de la misma, y me comencé a mandar mensajes en facebook, que yo mismo me contestaba, para aumentar mi presencia en los distintos foros empresariales. Me faltaban resortes en los más altos niveles pero no estaba dispuesto a seguir ningún condicionante, por lo que fundé mi propio partido del que me hice secretario general y con el apoyo de mis seguidores de las redes sociales, conseguí entrar en los círculos más exclusivos de la clase dirigente. En ese nivel todo parecía más fácil, fundé un grupo inmobiliario y me hice el principal accionista, con lo que no tuve problema para reutilizar todo el dinero recaudado en mis actividades previas, aunque he de reconocer que no lo hice de la manera lo más legal posible, por lo que me denuncié y me metieron en la cárcel. Durante mi estancia en prisión estudié derecho, oposité y saqué una plaza de fiscal que utilicé para juzgarme y, no tuve más remedio, sentenciarme nuevamente.
Pasados los años, salí de la cárcel. Me quedaban algunos ahorros que utilicé para revitalizar mi negocio que, en manos ajenas, estaba a punto de quebrar. Decidí venderme alguno de los objetos que quedaban en la tienda a un precio algo mayor de lo habitual, pero convencido como estaba del fracaso de mi anterior gestión, cambié de trabajo y me dediqué a la ganadería. Compré una gran piara y aprendí a vivir como un cerdo más. Todos en la granja fueron me siguieron, aunque nunca me perdonaron que quisiera controlarlo todo y que comenzara a vender a los cerdos más pequeños a cambio de unas cuantas bellotas. 

viernes, 6 de abril de 2018

Abril

Flores Silvestres, de Ezequiel Barranco Moreno

En la ventana de mi salón se posaron tres gorriones de vistosos colores —rojo, amarillo  y azul— y comenzaron a golpear el cristal con su pico. Abrí la ventana y les pregunté qué de donde venían:

—Yo vengo de un campo de amapolas.
—Yo de un sembrado de girasoles.
—Yo de un cultivo de azafrán.
—¿Y qué queréis? —les dije.
—Ponte esas alas blancas y vente con nosotros —contestaron al unísono.

Me las puse y las seguí. Durante el vuelo fuimos recogiendo de las ventanas de casas, oficinas, hospitales y colegios a otros gorriones de los más diversos colores —verdes de campos de césped, violetas de cultivos de tulipanes, rojas de rosaledas—, sin que en ningún momento paráramos a descansar.
Desde que, por fin llegamos al inmenso valle de flores silvestres, todos tenemos una pluma de cada color. 

viernes, 30 de marzo de 2018

Magical Mystery Tour

Magical Mystery Tour. Portada del disco de los Beatles

Nació y vivió en Senegal, pero allí no había nada que comer. No tenía trabajo. La guerrilla le había arrebatado a su familia. Tuvo que huir para que no lo reclutaran. Se escondió. Pasó hambre y frío. Cruzó la frontera con lo poco que tenía. En Mauritania sobrevivió vendiendo sus escasas pertenencias. En Marruecos trabajó de sol a sol para cruzar el estrecho. Se montó en una patera junto a otros veinte subsaharianos. La barca zozobró y naufragó. Lo rescataron en aguas marroquíes. Lo esclavizaron. Pudo escapar y  consiguió subir a otra patera. Llegó a la costa de Cádiz. Escapó de los guardacostas. No tenía papeles. Caminó de noche hasta llegar a Huelva. Se escondió. Contactó con otros inmigrantes. Consiguió trabajo. Recolectó fresas desde el amanecer hasta el ocaso. Al final de la jornada le pagaron quince euros. Se fue a dormir al suelo de un cortijo silbando Stramberry Fields Forever.

viernes, 23 de marzo de 2018

Camino de la Tierra Prometida

Jonás en el vientre de la ballena. Anónimo, ilustración

Todos sus compañeros de aventura fallecieron de hambre, sed o frío durante la travesía. Sirhan, que se había preparado a conciencia y supo dosificar el agua y el alimento, fue el único superviviente, y ya podía ver en el horizonte la ansiada costa siciliana.
Se desató entonces una tormenta que hizo zozobrar a la patera y lo arrojó al mar. Justo en ese momento un monstruo emergió del fondo del mar, y se lo tragó.
Intentó escapar, pero ni las oraciones —como a Jonás—, ni el fuego —como a Pinocho—,  lo pudieron liberar.
Las ballenas de ahora son mucho más voraces.

viernes, 16 de marzo de 2018

Riesgo calculado

Cabeza de hombre II, de Alberto Giacometti,

Sabía que esa travesía era peligrosa, la había hecho en muchas ocasiones, pero era consciente de que cada vez las dificultades eran mayores y que cualquier descuido podría ser mortal.
Miró hacia ambos lados y vio que el camino, aunque despejado, no estaba exento de peligro, ya que la velocidad del atacante es mucho mayor mientras menos gente transita y, además, a la temprana hora en que quería pasar, el sol le deslumbraba por la izquierda y la visibilidad por la derecha era escasa.
Se situó en el punto más cercano y conocido antes de decidirse a cruzar y analizó detenidamente las señales. Solo disponía de sesenta y dos segundos para alcanzar el destino y en los últimos intentos, aunque habían sido exitosos, había tardado sesenta y uno.
Vio la señal, acompañada de un suave tintineo y se decidió a cruzar. Llegó a su destino a los sesenta y cinco segundos. Gracias a Dios el conductor que venía por la derecha fue condescendiente y ni siquiera hizo sonar el claxon, aunque, al pasar junto a él, gritó: "¡Abuelo, que se le ha puesto en rojo!"

viernes, 9 de marzo de 2018

Siempre presente

Danza de la muerte, de Rodrigo Santiago

Formábamos un buen trío. Cuando me acerqué a la ellos, su relación era difícil, discutían por cualquier banalidad, llegando a veces a las manos. Ninguno de los dos cedía nunca, y allí fue donde intervine yo. Hablé con él para que se mantuviera firme e impusiera sus razones, pero con tranquilidad, y a ella la orienté de la misma forma, aunque le recomendé que tuviera paciencia, especialmente cuando él llegaba cansado o en esos días en que había bebido más de la cuenta. Ella fue más dócil y poco a poco, sin darse cuenta, se me fue entregando, mientras él seguía con sus salidas nocturnas. A veces la relación mejoraba y parecía que me daban de lado, pero aunque me ignoraran, yo siempre estaba allí.
Un día, como otros tantos, él llegó borracho y ella se lo recriminó. Eso lo volvió loco, comenzó a golpearla y la apuñaló más de diez veces. Lo único que pude hacer, terminada mi labor, fue cubrirla con mi capa negra y llevarla junto a otras tantas que he recogido a lo largo de la Historia.


8 de marzo. Día de la mujer

viernes, 2 de marzo de 2018

Marzo

Jardín, de Ezequiel Barranco

Érase de un marinero que hizo un jardín junto al mar, y se metió a jardinero. 

Corrían los años cuarenta, el invierno se alejaba poco a poco y la tierra despertaba con los días alegres y frescos de la pronta primavera.
Limpió el huerto de hierbas, cortó y preparó los esquejes —las rosas, siempre tan delicadas, requerían un mino especial—, podó los perales y los manzanos, preparó el compost y comenzó la labranza.
Pronto chocó el arado con algo inesperado y diversos huesos aparecieron entre la tierra. Siguió arando pensando que eran de algunos animales, pero comenzaron a aflorar restos de ropas raídas, zapatos viejos, boinas, una muleta, un azadón y un capazo lleno de olivas.
Tuvo que prestar mucha atención para notar el olor del miedo, el sabor salado de las lágrimas que empapaban la tierra, los gritos que la brisa dejaba oír, la angustia entre las malas hierbas, y la desesperación en las raíces secas de los árboles frutales.

Estaba el jardín en flor, y el jardinero se fue por esos mares de Dios. 

A Antonio Machado

viernes, 23 de febrero de 2018

Tertulia literaria

La Tertulia del Café del Pombo, de José Gutiérrez Solana 


Corría el año dos mil veintisiete y un grupo de poemas del Club de los Versos Olvidados se reunió en el Hostal de las Letras, para celebrar el centenario de su edición.

—Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo  —abrió La Poesía Es Un Arma Cargada De Futuro, con un aire entre nostálgico y reivindicativo.
—¡No seas tan pesimista! —replicó Palabras Para Julia— Tu destino está en los demás, tu futuro es tu propia vida, tu dignidad es la de todos. Otros esperan que resistas, que les ayude tu alegría, tu canción entre sus canciones.
—No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre, que la boca podrida sigue pidiendo agua —repetía Gacela De La Muerte Oscura, como una salmodia interminable, desde una oscura esquina del salón.
—Creyó que el mar era el cielo; que la noche, la mañana —Respondió La Paloma, mirando a la Gacela con un gesto displicente.
—Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra — En Un Principio intentó volver a centrar así la tertulia y reivindicó la importancia de su presencia
—Yo quiero hacer del eterno futuro un limpio solo de clarinete con opción al aplauso que salga y entre libremente por mis intersticios de amor y de odio —Replicó Continuidad, dando un golpe en la mesa.
—Lucha alegre, lucha, vence, envuélvete en tu bandera. Te están mirando, te miran, que no te olviden con pena —Fue la respuesta que Arenga dejó caer desde su apartado sillón.
—El odio se amortigua detrás de la ventana. Será la garra suave. Dejadme la esperanza —dijo Canción Última, para cerrar la tertulia al tiempo que se levantaba y volvía al campo a vivir con sus sueños.

Brindaron y se despidieron con la idea de volver a reunirse pasados otros cien años. El conserje del Hostal reservó el salón para el año dos mil ciento veintisiete para El Club de los Versos Eternos.

viernes, 16 de febrero de 2018

Funeral



Torre del cementerio, de Vincent Van Gogh

La puerta de la parroquia se levantaba sobre un altozano. En su interior solo se  oía el susurro de las oraciones de los asistentes, y en la puerta algunos familiares y amigos charlaban, lloraban o mantenían un respetuoso silencio. Hacía mucho frío y comenzaba a anochecer cuando vi a dos pequeñas vestidas de blanco que jugaban al tejo sobre las lápidas del atrio. Sus cantos infantiles no llamaron la atención a ninguno de los asistentes al responso, que poco a poco abandonaron la iglesia sin ni siquiera dirigirme una mirada.

viernes, 9 de febrero de 2018

Cosas de familia



Mujer desnuda acostada en un sofá, de Caillebotte

Se levantó temprano y fue directamente a la cocina, preparó un café y dejó que se enfriara algo. A la taza le molestaba que estuviera demasiado caliente, pero esperaba el beso de cada mañana. Se sentó en la butaca, que protestó: «Siéntate con más cuidado, me has hecho daño». Tras pedirle perdón, fue al baño y se duchó, prometiéndole a la bañera que la próxima vez le tocaría a ella. Ya arreglado cogió las llaves que jugueteaban en la cómoda al esconder, en espera de las cosquillas con que cada mañana las despertaban. Ya en el portal, cuando iba a salir a la calle y vio que llovía, la puerta le dijo que volviera a casa a por la gabardina, su vieja amiga, y así lo hizo.
Subió, y nada más entrar en casa oyó unos murmullos y unos suaves quejidos, se acercó al salón a ver que le pasaba a su mujer, que lo miró sorprendida, sin poder explicar lo que estaba haciendo con el sofá.

viernes, 2 de febrero de 2018

Febrero

Ávila de lejos, de José Luis Herrero

Las espigas surgían de la nieve en busca de un sol inexistente, y el viento les hacía bailar la danza  macabra del paso mortecino de los días, esperando la luz que maquille de vida el horizonte. Al fondo, la silueta del monte, el color frío del cielo y el silencio del pueblo adormilado.

viernes, 26 de enero de 2018

El engendro

Auto de fe de la inquisición, de Francisco de Goya.

Nació sin ojos, lengua, orejas ni nariz, y sus padres fueron quemados el mismo día de su nacimiento, por brujería. Él pudo sobrevivir gracias a los cuidados del Santo Oficio, bajo la tutela y vigilancia del Inquisidor General, que lo adoptó, y al que sirvió con abnegación y humildad toda su vida. Se le encomendaron las más diversas tareas, como limpiar, trabajar el huerto, ayudar en las ceremonias o levantar el cadalso, azuzar el fuego y preparar las sepulturas, lo que hacía a la perfección, a pesar de no poder ver, hablar, oír ni oler.
Un día, en un descuido mientras cargaba leña, se le escapó un pensamiento y fue condenado a morir en la hoguera, en el solemne auto de fe que estaba preparando.

viernes, 19 de enero de 2018

Primera sesión

Le Buveur, de Henri de Toulouse-Lautrec

Quisiera que tuvieran en cuenta los factores que han concurrido en la vida de este niño —continuó explicando el juez a los asistentes—. A la edad de quince años, ya había vivido con cuatro familias y había estado tres veces bajo la tutela de los servicios sociales. A su madre biológica —no se le conocía padre— le quitaron la custodia al año y medio, al encontrarlo en situación de abandono y lleno de cardenales y quemaduras de cigarrillo. Tras un periodo en un orfanato lo adoptó una pareja, pero con la mala suerte que murió la madre, y el padre, que no podía hacerse cargo de él, se lo entregó para que lo cuidara a su hermana, que era toxicómana. Estuvo con ella unos diez años hasta que, perseguida por la justicia por un robo, desapareció y lo abandonó. Cuando lo recogieron de nuevo los servicios sociales, ya consumía cannabis, hacía pinitos con pequeños hurtos y lo habían echado de dos colegios. En el orfanato aumentaron los problemas, conforme crecía aprendió —y enseñó— todo aquello que más daño podía hacer, se hizo el líder de una pandilla de pequeños delincuentes que robaban usando incluso la violencia, comenzó a consumir alcohol y drogas de diseño y a coquetear con la heroína y su comportamiento se hizo cada vez más anárquico y violento.
No quiero que piensen que estoy justificando la violencia ni que quiero amparar a un delincuente, solo quiero que entiendan su actitud y, quizás, la mía.
Volvió a salir, esta vez dentro de un programa de reinserción, gracias a un matrimonio sin manchas —juez él y enfermera ella— sin hijos. Aunque ella no tenía tan clara la adopción, el juez —ese juez engreído y seguro de si mismo—, insistió y la convenció, creyendo que podría con todo. El niño, ya con dieciséis años fue de mal en peor, la convivencia en casa fue espantosa hasta el punto de que la mujer —mi mujer— me abandonó, aunque yo seguía convencido que podría sacarlo adelante. Estaba ciego y no veía que, a pesar de mi experiencia en el juzgado de menores, no era capaz ni siquiera de acercarme a él, de tener la mínima idea de lo que sentía, de lo que necesitaba, hasta el punto que el día que lo encontraron muerto —por una sobredosis, dijeron— me cogió por sorpresa. Ahora pienso que se suicidó y que si yo hubiera estado más atento, más cercano y receptivo, podría haberlo evitado. Fui incapaz de superarlo y fue entonces cuando empecé a beber.

Mi nombre es Mario, tengo 53 años, soy juez y soy alcohólico.

viernes, 12 de enero de 2018

Hora de comer

Aeropuerto de Barajas, de José Manuel Palacio

Viajeros con destino Terrilandia, embarquen en la puerta 22E —se escuchó por la megafonía del aeropuerto—, y en pocos minutos se formó una larga cola delante de la azafata, que recogía las tarjetas de embarque.

De pronto la cola se frenó, la azafata se quedó inmóvil, un avión rosa que acababa de despegar se paró en el aire, las escobas dejaron de barrer al ritmo de la música y los coches enmudecieron. Poco después, los conejos, los cerditos, el gran danés, el lobo, el caniche y el resto de los personajes, desaparecieron, y el niño empezó a llorar, mientras escuchaba a su madre que decía: Hasta que no acabes el plato no te pongo los dibujitos.

viernes, 5 de enero de 2018

Enero

Anciano con abrigo de piel, de Rembrandt

Don Aurelio Rangel, al entrar en casa  aquel desapacible día de primeros de año, colgó su gabán totalmente empapado en el perchero, puso sus zapatos sobre la alfombrilla de la entrada, el maletín en el armario y la corbata en la mesita de noche, se calzó las zapatillas y se sentó en la mesa camilla. Antes de resguardarse al calor del brasero, dejó su brazo derecho en el escritorio, sus piernas en el sofá, sus ojos frente a la televisión, las orejas en la estantería de los discos, la boca en la cocina, su corazón en la vitrina del salón y el cerebro en la cama de matrimonio.
Cuando a la mañana siguiente se dispuso a salir de su refugio, el brazo seguía torpemente caído sobre el escritorio, sus piernas doloridas no se habían repuesto, varias lágrimas daban brillo a sus ojos, la boca estaba seca y la lengua apergaminada, las orejas repetían machaconas una triste sonata de piano, el corazón latía al ritmo sosegado del reloj de pared y su cansado cerebro se rebelaba contra el amanecer.
En la calle el sol había vuelto a brillar, pero el gabán seguía empapado en el perchero.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Una tranquila granja de Alsacia

Retour a la ferme, de Julien Dupre
Permanecía sentada en el granero mientras escuchaba los cantos y las risotadas de los soldados alemanes que, tal como había resuelto el gobierno colaboracionista de Vichy,  tenían que ser alojados en la granja. Como cada mañana, cantaba tranquilamente dando de comer a los animales y preparando los aperos de labranza, como si nada hubiera cambiado y la algarabía de la soldadesca le fuera ajena.
Una mañana lluviosa, al amanecer, mientras preparaba la comida para sus gallinas y los militares aún dormían, notó que se abría el portón del granero y que un joven soldado, sin notar su presencia, se deslizaba sigiloso por la pared hasta ocultarse tras la leñera. Esperó unos minutos, con una azada en la mano se acercó a su escondite, y antes de que se diera cuenta, lo agarró por el cuello y se dirigió a él con un tono amenazante.

—¿Quién eres? —Preguntó sin bajar la azada.
—Silencio, madame, o no respondo de mis actos —contestó el soldado sin atreverse a asomar la cabeza, queriendo mostrar un valor que no tenía.
—¿Qué quieres? Como comprenderás a mi edad y con la situación que estoy viviendo, no me preocupa el daño que me puedas hacer.
—¡Qué se calle, le digo! —imploró el joven subiendo ligeramente en tono.
—¿O qué? Quizás sea yo la que dé un grito avisando que hay un soldado que quiere desertar.
—No me delate y prometo no hacerle nada —dijo intentando mantener un tono amenazante.
—Está bien, a los dos nos conviene mantener silencio, no quiero más alborotos en mi casa. Pero me tienes que decir por qué huyes.
—¿Puedo confiar en usted? 

Se hizo un silencio y el joven salió de su escondite para acercarse a la señora, a la que saludo con timidez, creyendo ver en su mirada una bondad que hacía difícil que lo traicionara.

—Creo que no te queda otra opción —contestó ella en voz baja al tiempo que miraba en dirección a la puerta que unía el granero a la casa—. Además, si hubiera querido, ya te habría delatado.
—Está bien, no soy un traidor ni me gusta la idea de desertar, pero no puedo seguir luchando. Hasta ahora he obedecido, estaba convencido de que tenía que ayudar a mi país, pero conforme han ido pasando los meses me he dado cuenta de la barbarie en que se ha convertido esta guerra. Hoy me avergüenzo de pertenecer a este ejército.
—Pero hay que tener mucho valor para desertar aquí, te echarán de menos y te buscarán hasta en el infierno, ya se oye ruido en la casa. Estarán levantándose y pronto notarán que falta un soldado.
—Más valor hay que tener para permanecer con ellos. Ya están empezando a sospechar y a hablar a mis espaldas.
—¿Qué quieres decir? ¿De qué sospechan?
—No, nada.
—Vamos, desahógate. Puedes contármelo, te ayudaré, creo que ya te lo he demostrado.

Se quedó pensativo, sin saber si debía seguir la conversación por ese derrotero o cambiar de tema, pero al final se decidió a contárselo.

—Verá. Tenía hambre y estaba desesperado —mantuvo un breve silencio antes de continuar— y me presenté voluntario al ejército. Un amigo me hizo una documentación falsa y me admitieron sin más averiguaciones. Era una forma segura de comer, de sobrevivir en aquellos momentos trágicos.
—¿Por qué necesitabas una documentación falsa para alistarte? ¿No eres alemán?

Se acercó a la mujer, cuidándose de que nadie lo escuchara, como si hubiera una multitud alrededor suyo.

—Soy judío —le dijo—,  pero ya no puedo mantenerlo más en secreto, le digo que están sospechando algo y pronto lo descubrirán.

El granero volvió a quedar en silencio hasta que el ruido de un golpe que hizo caer al soldado. La anciana, tras limpiar la azada de sangre, gritó orgullosa «Heil Hitler!», dio de comer a sus animales y salió para continuar su trabajo en el huerto. 

viernes, 22 de diciembre de 2017

Emprendedor

Las moscas, de Lorenzo Goñi

Ahí sigue, hablando sin parar. Vino al mercado a buscar trabajo, pero con ese aspecto de loco que tenía, no lo escuchamos, no sé si hicimos bien. Desde entonces está esperando así en la puerta, semidesnudo y con todo el cuerpo lleno de moscas, dice que no se mueve hasta que lo escuchemos. El problema es que ya tiene un corro de gente alrededor, algunos se ríen, otros lo miran asombrados, hasta el jefe se ha parado a escucharlo, y en el corro está el portero, que me detalló lo que decía y la conversación.

No me quieren dar trabajo y soy el que mejor puede ayudarles, como ayudé a mi familia en su pescadería, quitándoles las moscas que, atraídas por la sangre, los desperdicios, la humedad y el frescor del hielo, daban un aspecto de suciedad al puesto que alejaba a los clientes. Y en vez de agradecérmelo, me rehuían como si apestara. Ya en el colegio me pasaba, el fly me llamaban, decían que no me lavaba, —¡con los refregones con jabón lagarto que me daba!—. Tengo una foto de  entonces corriendo perseguido por una nube negra, la uso para mi perfil en facebook y será el logotipo de la  empresa que quiero fundar “El rey de las moscas”. No es un nombre original, pero es directo y llamativo.

—Pero bueno, déjese de monsergas ¿de qué quiere trabajar usted con esa pinta?
—Pues de matamoscas, de que va a ser.
—¿De matamoscas? Si todas están revoloteando alrededor suya, parece que lo quieren.
—Pues por eso, me acerco a donde más le molestan, a las pescaderías, por ejemplo, se me pegan —es un don que tengo—, y entonces, sin fumigar ni aerosoles que se carguen la capa de ozono, solo tengo que matarlas… o soltarlas en la competencia ¿qué me dice?
—Qué se vaya y me deje.

Se fue entonces al puesto de mariscos, que hoy reluce sin un insecto, y mientras sus clientes se hacen fotos con El Rey de las Moscas; la pescadería se hunde en la miseria y el dueño discute con un desconocido rodeado de ratones.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Instinto profesional

Las Meninas (detalle), de Diego Velázquez

Jako dirigió una mirada compasiva al oficial que, demacrado, débil y con un rictus de dolor, se agachó para imponerle la medalla al perro policía mejor adiestrado en detección de cadáveres.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Chiquillada

Niños jugando a los dados, de Bartolomé Esteban Murillo

En el momento en que empezó la reunión de la Asociación de Padres de Alumnos, los asistentes notaron un intenso olor a gasolina. Unos segundos después se vieron envueltos en llamas.
Los bomberos encontraron los cuerpos carbonizados detrás de la puerta, que estaba atrancada por fuera.
En un parque cercano tres niños, tras deshacerse de una caja de cerillas y una garrafa vacía, repasaban sus álbumes calculando cuántos sobres de estampas podrían comprar con la pensión de orfandad.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Diciembre

El desierto, de Gustave Guillaumet

Se acerca la Navidad y tenemos que prepararnos para las fiestas, sacar las camisetas y las bermudas, subir el belén del trastero, llenar los toldos de espumillón y bombillas multicolores y, a esa altura del año, ponernos a dieta estricta para lucir palmito en la playa y poder recuperarnos después a base de gazpacho, helados y cervezas.
Los niños ya esperan con ilusión a los Reyes Magos de Australia y a Papa Noel, que llegará en Canoa al Puerto de Indias desde la lejana Patagonia, con su bañador rojo y blanco.
Nosotros, mientras tanto, miramos con nostalgia los corchos nevados de nuestra infancia, a la espera de que la primera expedición que vuelve del desolado norte nuclear, nos traiga noticias halagüeñas.