Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 28 de octubre de 2016

Oliverio del Olmo y el campo de girasoles

Cada semana aparecía un cadáver en la orilla del río y Oliverio del Olmo, detective perspicaz de métodos expeditivos,  fue contratado para que esclareciera el caso y detuviera a los asesinos.
La labor era ardua, ya que todos los habitantes del campo de girasoles eran enanos, de menos de veinte centímetros y siempre vestían de amarillo, pero Oliverio lo tuvo claro —arrancad todos los girasoles y dejad limpio el campo, dijo— y hecho esto, observó los movimientos de cada uno de los enanos hasta que encontró al asesino y lo dejó bajo la custodia del alcalde del pueblo. Ya no habrá más muertos, le dijo.

Meses después en el descampado comenzaron a crecer amapolas y apareció un nuevo cadáver vestido de rojo en la orilla del río.

Serie: Mis cuadros

Campo de girasoles, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 21 de octubre de 2016

Hamman al-Walad

Al entrar en el vestíbulo de los Baños Árabes, la recepcionista me avisó: Faltan solo tres minutos para la hora de cierre, si quiere puede pasar pero cerramos en punto. Se lo agradecí pero entré, ya que esa misma tarde me marchaba de viaje. Eché un rápido vistazo a la Sala Fría para detenerme en la segunda sala,  al-bayt al-wastani, mucho más monumental con sus ocho columnas y los restos de las tenerías, y en ese momento escuché un fuerte portazo y se apagaron todas las luces. El silencio, una tremenda soledad y la oscuridad de la sala, solo rota por dos pequeñas luceras de la Sala de Calderas se apoderaron de los Baños y de mi ánimo.
Me dirigí a la Sala de Calderas y al pasar el arco que la separaba de la Sala Templada me encontré con dos fornidos subsaharianos que, con el pecho descubierto, atizaban el fuego y echaban agua a las rudimentarias tuberías. Al verme, con un lenguaje incomprensible comenzaron a gritarme y yo, asustado reculé para caer en una cisterna llena de pieles, entre las risotadas de varias mujeres que, dispuestas a salir de su rutina en la curtiduría, se dedicaron a volcarme los pigmentos de distintos colores con los que trabajaban las pieles.
En la sala se arremolinaba un concurrido grupo de hombres que, enojados por la algarabía que se había montado, me increparon y amenazaron con llamar a la guardia si no respetaba las normas. Avergonzado pasé entonces a la Sala Caliente, donde tres ancianos de aspecto noble, solo cubiertos con una toalla y empapados en sudor me miraron de tal manera que, tras pedirles perdón por la forma en que había entrado, me di la vuelta y salí en dirección de otra dependencia. Tampoco allí fui bien recibido, ya que sin darme cuenta pisé, rompí y dispersé cientos de pequeños fragmentos de cerámica que un grupo de jóvenes, intentaban ordenar y catalogar. El mayor de ellos, me dio una bofetada y volví a caer en la cisterna y allí sí hubo acuerdo: las curtidoras, rodeadas de todos los que disfrutaban de los baños, los jóvenes arqueólogos y hasta los esclavos de las calderas, salieron dispuestos a pegarme.
Yo me escondí entre un grupo de turistas a los que no había visto antes y que parecía que iban a salir del recinto, pero desparecieron en el vestíbulo sin que pudiera alcanzarlos ni escucharan mis gritos. Los esclavos se dirigieron hacia mí y, con intención de tirarme a las calderas, me cargaron atravesando la Sala Templada entre los gritos de todos los que allí estaban. Entonces todo se paró.
El tremendo ruido de una maquinaria por encima de las bóvedas, hizo temblar la el suelo y abrió unas nuevas luceras que, con su forma de estrella permitieron que entrara la luz y pude ver los rostros de varios obreros que comentaban algo sobre un impresionante e inesperado hallazgo. El ruido se hizo ensordecedor, una gran excavadora entró a la Sala Fría y comenzaron a caer cascotes de las bóvedas. Yo volví a esconderme en la Sala de Calderas, donde ya no había nadie, y el calor y la humedad que allí sentí, me hicieron sentir que me desmayaba hasta casi perder el conocimiento, pero entonces sentí que alguien me tocaba la espalda y una voz suave de mujer me decía: Vamos ya han pasado los tres minutos y es hora de cerrar.

Salí tras ella y al mirar atrás vi como se apagaban las luces y los Baños se quedaban en silencio y oscuros, iluminados solo por dos pequeñas luceras de la Sala de Calderas.

Serie: Mis cuadros

Jaén, Baños Árabes, de Ezequiel Barranco Moreno

Detalles

Esa escena la viví yo hace muchos años —le dije al pintor que, una vez terminada su obra de disponía a recoger su maletín—, es como si usted hubiera estado presente ese día. Yo venía de desayunar y de comprar la prensa y me paré frente a ese quiosco. Lo recuerdo porque a la vendedora, que estaba sentada en la sillita roja, le pedí unas semillas del expositor, y ella se levantó muy malhumorada, como si le molestara. Hacía un día muy bueno, aunque había amanecido lloviendo y era el día del cumpleaños de mi mujer por lo que, aparte de las semillas, iba comprar un ramo de flores, pero decidí irme a otro sitio. Detrás de mí venía paseando su hermana con una amiga, la esperé para saludarla, pero se volvió hacia un joven que las llamó para preguntarle algo. Yo me quedé parado mientras volvía la vendedora, apoyado en el respaldar de la silla, leyendo el cartel que anunciaba en el quiosco un festival de coplas, al que terminé yendo esa misma noche. Tengo un gran recuerdo de ese día y por eso retengo tantos detalles y me he permitido entretenerle. Es que hasta el chaquetón verde, que aún conservo aunque no me pongo, es igual al que usted ha plasmado en el lienzo. Sé que no es posible, pero se podría decir que usted me pintó ese día de hace ya cerca de veinte años, si no fuera porque entonces yo no llevaba bastón.

Serie: Mis cuadros

Granada, Plaza  Bib-Rambla, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 14 de octubre de 2016

Mi último cigarro antes de acostarme

En las noches sin luna, solo el faro, en sus destelladas, permitía dilucidar algo aparte de las antiguas casas encaladas de la orilla de la playa o el lejano fulgurar de la ciudad. Yo pasaba las horas mirando el ir y venir de las olas e intentando descubrir lo que se movía en la oscuridad. Así, en los breves segundos que el faro iluminaba el mar, distinguía las cabezas de unos niños que iniciaban sus aventuras en la noche, veía saltar peces voladores, a sirenas que se acercaban a la orilla en busca de algún incauto o botellas con menajes que llegaban después de un largo viaje, y en la arena, siempre parejas de jóvenes paseando o tumbados observando el cielo, mirándose o correteando en busca de los peces voladores, las sirenas o los mensajes. El resto del tiempo, cuando la luz del faro se alejaba, me entretenía con las estrellas y veía con osos, dragones, guerreros levantando su espada y cometas cargadas de viajantes que, en visita pacífica, me devolvían la mirada con curiosidad.

Eso recuerdo hasta que un año decidieron, por seguridad y para atraer turismo, encender unos grandes focos. Desde entonces todo lo veo con claridad. Veo agua y arena.

                             Serie: Mis cuadros

Rota, Playa de la Costilla, de Ezequiel Barranco Moreno

Reencuentro (almas gemelas)

Cada día atravesaba el puente con mi maletín, camino de la consulta médica en la que trabajaba, y siempre me paraba a echarle unas monedas al anciano que, con frío o calor, lloviendo o bajo un sol abrasador, tocaba su acordeón. Él me lo agradecía con la mirada y yo le devolvía una sonrisa.

Así fue durante meses, quizás años, sin que nunca fallara, hasta que una mañana no lo vi. Tenía las monedas en la mano y, puede que por instinto o como pequeño homenaje, las tiré al río y me quedé parado mirando como caían. Recuerdo que al llegar el agua me pareció que me devolvían un eco con las primeras notas del vals corazón corazón, que siempre tocaba el viejo acordeonista.

Pasados los años, un día, en el mismo lugar, me encontré un joven que al acercarme, me miró y me sonrió mientras sacaba su violín. Esa mirada, a pesar de la edad y aspecto informal del músico, me recordó al del acordeonista y, puede que por ello, le di las monedas. Al alejarme oí las primeras notas de corazón corazón.

Una vez cruzado el puente, me detuve para encender un cigarro, y en el cristal del escaparate de una tienda cercana, pude verme, joven y descarado, sujetando mi bicicleta y, junto a mí, muy desdibujado, el reflejo de un hombre que, con aspecto cansado y aislado en sus pensamientos, iba camino del trabajo con su maletín y una mirada perdida, quizás en otro tiempo.

                                                                   Serie: Mis cuadros


Sevilla, Puente de Triana (detalle), de Ezequiel Barranco Moreno.

viernes, 7 de octubre de 2016

Recuerdos II

Cada cumpleaños plantó una flor distinta y al morir, con más de ochenta años, nos legó el jardín más bello del mundo.

Mujer con un parasol en un jardín, de Pierre-Auguste Renoir

El recreo

Cada día se sentaba en un escalón a comerse el bocadillo, mientras sus compañeros del colegio corrían y jugaban alrededor suyo, intentando sacar el máximo provecho a esa media hora de libertad que el colegio regalaba cada día. 


Cuando años más tarde tuvo que volver, el patio seguía totalmente vacío.

Patio de colegio, de Teresa Fudio

viernes, 30 de septiembre de 2016

Cadena de mensajes

Ese día Supermán decidió hacer un juego y escribió una carta anónima, con tono amenazador, a su prima: "Si no entregas esta carta morirás en menos de veinticuatro horas". Al recibirla Kara, no dudó en seguir la cadena y la reenvió a Peter, pasando después por las manos de Bruce, Selina y Lois, que finalmente la echó en el buzón de los Clark.

Supermán recogió la correspondencia y dejó la carta abandonada en la mesita de noche, dando por cerrado el juego. Se acostó sin sospechar que alguien la había impregnado de kriptonita.

Superman, cómic

Indicios

Desde el día del naufragio, cada mañana encontraba en el jardín un canasto lleno de peces, sujetos con una cinta blanca. «Tiene que ser un regalo de la pequeña —me decía mientras lo recogía—, no quiere que la olvidemos». Lo guardaba y se iba al puerto, donde pasaba horas mirando en silencio el horizonte, hasta que un día ya no volvió. Supongo que quiso irse con ella, nunca se perdonó la idea de celebrar en un barco la primera comunión de la pequeña.

Chica con una cesta de pescado, de Pierre-Auguste Renoir

viernes, 23 de septiembre de 2016

1936

Va a hacer ochenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. Salimos de casa con mucha prisa. Llovía y hacía frío, caminamos durante horas a pesar de mis protestas por las prisas y los gritos, porque nadie me decía a dónde íbamos o me explicara que pasaba, sirvieran para nada. La escarcha, la niebla, el río, los árboles, todo era del mismo color gris de mi infancia. Mi padre me decía  que no tuviera miedo, pero yo sabía que huíamos, que huíamos de ese miedo que tanto nombraba.

Exilio, de María Giuffra

El peso de la razón

Aquella cálida noche de alcohol, seducción y palabras susurrantes, perdió la virginidad. Católica convencida de firmes creencias, quiso sentir arrepentimiento, pero cada vez que pensaba en lo sucedido, un desmedido deseo volvía a encender sus mejillas y su imaginación. Decidió por ello acudir a su confesor y escuchó las palabras con las que éste le explicaba las ventajas de la castidad y la necesidad de controlar los instintos.

Ya más tranquila, repasó todo lo sucedido y las razones esgrimidas por el sacerdote y, sin abandonar su fe,  asumió las consecuencias de sus actos, convencida de que debería ir reservando plaza en el infierno.

La confessione, de Francesco Hayez

viernes, 16 de septiembre de 2016

El pañuelo

Llegaba virgen a ese día y esperaba, entre asustada y curiosa, disfrutar del momento y hacer que para él, más experimentado y seguro de sí mismo, también fuera un día inolvidable.

Poco tiempo después ella retozaba en la cama recordando esos minutos de  placer y él, en el balcón, mostraba en la mancha roja siglos de humillación y sometimiento.

La boda, de Eugenio Hermoso

Insomnio

El tic-tac del reloj, el ritmo machacón de la cuna del piso de arriba, el ruido de la lluvia en la ventana, el golpe seco y repetido del chuzo del sereno, el tintineo de las campanillas de la tienda de comestibles, el ritmo frenético de las carreras, el paso regular del batallón, las sirenas, las constantes explosiones de las bombas sobre la ciudad, el martilleo de los recuerdos en la cabeza. Todo le impedía dormir, se levantó para tomar un vaso de leche y pudo ver desde la ventana a unos desconocidos que se acercaba a la puerta.

Hoy, el tic-tac, la cuna, la lluvia, un zumbido, un pitido, un martilleo constante, lo despiertan, cada noche, hasta el amanecer.

Los desastres de la guerra, nº 30: Estragos de la guerra, de Francisco de Goya

viernes, 9 de septiembre de 2016

La extraordinaria historia de Efraín de la Torre

Mientras me preparaba el desayuno, llamaron a la puerta con violencia. Abrí con cierto recelo y, sin que me diera tiempo de reaccionar, recibí un empujón del Rey Negro, que sin mediar palabra, entró decidido en el salón y se acomodó en el sofá.

—Majestad ¿podría explicarme…? —le pregunté confundido.
—Me han tendido una celada y están a punto de darme jaque mate. Efraín, es usted mi única esperanza.
—Si puedo ayudarle…
—¡Enróquese! —me ordenó el Rey con voz de mando.

Y desde entonces, permanezco encerrado en la torre blanca esperando mi destino.

Ajedrez, fuera de lugar, de Jorge Luna

... Y el verbo se hizo sueño

Salí del cascarón mientras en el exterior, como cada día, el atardecer se disponía a engullir al sol. Pero, de pronto, algo le hizo desistir de su hazaña diaria, el sol me miró y se comió las serpientes y el césped que me rodeaban. Desde entonces el ocaso es verde, las praderas no son sino un enjambre de insectos que bailan al son de los grillos y yo una mezcla luminosa de de saliva, sabia, hojas y vientos.

Serpiente de agua, de Gustave Klimt

viernes, 2 de septiembre de 2016

La función debe continuar

Rudy e Iván eran los miembros más antiguos del circo. Rudy había ejercido electricista, fontanero, carpintero y armero e Iván, que  empezó repartiendo propaganda, fue un niño pillo con los payasos, ayudante del mago y trapecista, pero su verdadero éxito lo alcanzó cuando aceptó ser el hombre bala.

La jornada había empezado con normalidad ese día. Actuaron, entre otros, los trapecistas, un tragasables, dos contorsionistas, el domador, dos magos y los payasos, hasta que llegó el momento más deseado. Con un gran redoble de tambor, el director anunció la presencia del gran Iván Rotrovic —"el único hombre capaz de volar con la elegancia de un pájaro y la velocidad de un obús"—, mientras Rudy,  vestido con galas militares y una gran antorcha en la mano, se disponía a encender la mecha del cañón. Pocos segundos después se oyó una potente explosión, pero en vez de la algarabía habitual, se hizo un profundo silencio. En la pista central los payasos se miraban cubiertos por un fino polvo gris, que flotaba en el aire y caía sobre los espectadores, las azafatas, los vendedores y los músicos, que habían dejado de tocar.


Sólo Rudy conocía la última voluntad de Iván, que había sido incinerado la mañana anterior.

Gente de circo de Fernando Botero

Último testigo

La última vez que lo vi iba tambaleándose por el filo de la carretera. Me acerqué a él, iba arrastrando la chaqueta, mal vestido, sucio y con aliento a alcohol. Lo llamé, pero él se volvió, comenzó a chillarme e insultarme y me dijo que me fuera, que lo dejara en paz y, que no me acercara a su mujer, que sabía lo que había entre nosotros y otra serie de barbaridades.
Le hice caso, me volví y lo dejé allí, camino del puente y me monté en el coche, muy enojado por sus insultos y porque sabía que en cuanto llegara a su casa borracho como estaba, lo pagaría con ella. Entonces noté un fuerte golpe y me bajé, pero solo pude ver las marcas de unos neumáticos en la calzada.

No escuché ni vi nada más, ni en el puente ni en el lecho del río. Lo que no sé —se lo juro señor comisario—, es como pudo llegar esa mancha de sangre al parachoques de mi coche.

Autorretrato, de Alfonso Ponce de León

viernes, 26 de agosto de 2016

Tras la pista

Me han tenido encerrado dos años y ahora que estoy libre, me encuentro a esa paloma ahorcada en el olmo que hay junto casa.
He hablado con los vecinos y nadie ha visto nada o no le han dado importancia —será cosas de algún gamberro, dicen— pero yo sé que es un mensaje, o va a ser casualidad que aparezca aquí justo el día en que vuelvo a casa, un año después de que muriera mi madre, Paloma Olmo. El vecino del bajo me ha dicho que oyó mucho ruido de madrugada y que escuchó decir a alguien “corre, que nos van a ver”.

Yo sabía que ese macabro hallazgo no era casual, que podría ser una señal, una amenaza o un juego de rol, pero una gamberrada no, y estaba dispuesto a demostrarlo, El caso es que, después de recorrer el barrio para aclarar si la paloma ahorcada era la única o si había más, al volver a casa, me encontré a un mendigo que intentaba cortar la cuerda de la que colgaba. Me quedé mirándolo y se volvió.

—    Llevaba muchos días sin comer —me dijo— y ahora, con esta racha de locos, todos los días tengo carne que llevarme a la boca.
—    Me parece bien —contesté—, pero ¿has visto más palomas ahorcadas?
—    Cada día una, siempre en un árbol, me las he comido todas, salvo la primera, que  apareció al principio de la calle, pero no la cogí, porque cuando iba a acercarme estaba la policía allí. Decían que la dueña de la casa de enfrente, una tal Paloma Ortiz, se la habían encontrado muerta.
—    No me parece una casualidad, deberíamos llamar a la policía e informarles.
—    Yo paso —me dijo mientras se guardaba la paloma—. A mí, mientras siga encontrando comida, me da igual.

Ya con la paloma en la mano, se fue y allí me quedé sin saber qué hacer ni a quién acudir, pero no desistí en mis investigaciones. Cada vez estaba más convencido de que el ahorcamiento de esas palomas formaba parte de un plan premeditado y no iba a parar hasta desvelar el misterio.

Desde que tomé esa decisión estoy trabajando en ello. Primero contraté al mendigo, al que gratificaba con alguna moneda cada vez que encontraba alguna paloma muerta. Después cogí la guía telefónica y he ido  llamando número por número, para preguntar si vive allí alguna niña o mujer llamada Paloma y advertirle que tuviera cuidado, que iban a por ellas. Mientras, yo me dedicaba a contar las palomas del parque, las atraía con arvejones y las enumeré a todas. En total había una población de ciento dieciséis palomas, ciento catorce sanas y dos enfermas, la treinta y séis y la cuarenta y dos.


Controlada la situación he conseguido salvar muchas vidas y ahora estoy ante un nuevo reto de igual importancia y más alcance. En la puerta de mi casa ha aparecido un ramo de flores, pisado y destrozado, y por mucho que he llamado a Rosa, mi vecina del segundo, no consigo que me abra.

La paloma, de Rafael Alberti

Tenacidad

La intención de seguir siendo solo amigos quedó refrendada por un solemne pacto de sangre.

Cuarenta años más tarde, en una carta que me entregaron tras su muerte, pude leer "te quiero".

Carta de amor, de Jan Vermeer

viernes, 19 de agosto de 2016

Reencuentro

Era uno de esos días de silencio y desesperanza, y allí estaba, cubierta por la hojarasca de otoño, desnuda, con la mirada perdida y exhalando su último aliento, de la misma forma en que la vi por última vez.
Me tumbé junto a ella y me dispuse a esperar a su lado a la próxima primavera.

Desde entonces dicen que la brisa en el bosque trae susurros de amor.

Ophelia, de John Everett Millais