Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 7 de octubre de 2016

Recuerdos II

Cada cumpleaños plantó una flor distinta y al morir, con más de ochenta años, nos legó el jardín más bello del mundo.

Mujer con un parasol en un jardín, de Pierre-Auguste Renoir

El recreo

Cada día se sentaba en un escalón a comerse el bocadillo, mientras sus compañeros del colegio corrían y jugaban alrededor suyo, intentando sacar el máximo provecho a esa media hora de libertad que el colegio regalaba cada día. 


Cuando años más tarde tuvo que volver, el patio seguía totalmente vacío.

Patio de colegio, de Teresa Fudio

viernes, 30 de septiembre de 2016

Cadena de mensajes

Ese día Supermán decidió hacer un juego y escribió una carta anónima, con tono amenazador, a su prima: "Si no entregas esta carta morirás en menos de veinticuatro horas". Al recibirla Kara, no dudó en seguir la cadena y la reenvió a Peter, pasando después por las manos de Bruce, Selina y Lois, que finalmente la echó en el buzón de los Clark.

Supermán recogió la correspondencia y dejó la carta abandonada en la mesita de noche, dando por cerrado el juego. Se acostó sin sospechar que alguien la había impregnado de kriptonita.

Superman, cómic

Indicios

Desde el día del naufragio, cada mañana encontraba en el jardín un canasto lleno de peces, sujetos con una cinta blanca. «Tiene que ser un regalo de la pequeña —me decía mientras lo recogía—, no quiere que la olvidemos». Lo guardaba y se iba al puerto, donde pasaba horas mirando en silencio el horizonte, hasta que un día ya no volvió. Supongo que quiso irse con ella, nunca se perdonó la idea de celebrar en un barco la primera comunión de la pequeña.

Chica con una cesta de pescado, de Pierre-Auguste Renoir

viernes, 23 de septiembre de 2016

1936

Va a hacer ochenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. Salimos de casa con mucha prisa. Llovía y hacía frío, caminamos durante horas a pesar de mis protestas por las prisas y los gritos, porque nadie me decía a dónde íbamos o me explicara que pasaba, sirvieran para nada. La escarcha, la niebla, el río, los árboles, todo era del mismo color gris de mi infancia. Mi padre me decía  que no tuviera miedo, pero yo sabía que huíamos, que huíamos de ese miedo que tanto nombraba.

Exilio, de María Giuffra

El peso de la razón

Aquella cálida noche de alcohol, seducción y palabras susurrantes, perdió la virginidad. Católica convencida de firmes creencias, quiso sentir arrepentimiento, pero cada vez que pensaba en lo sucedido, un desmedido deseo volvía a encender sus mejillas y su imaginación. Decidió por ello acudir a su confesor y escuchó las palabras con las que éste le explicaba las ventajas de la castidad y la necesidad de controlar los instintos.

Ya más tranquila, repasó todo lo sucedido y las razones esgrimidas por el sacerdote y, sin abandonar su fe,  asumió las consecuencias de sus actos, convencida de que debería ir reservando plaza en el infierno.

La confessione, de Francesco Hayez

viernes, 16 de septiembre de 2016

El pañuelo

Llegaba virgen a ese día y esperaba, entre asustada y curiosa, disfrutar del momento y hacer que para él, más experimentado y seguro de sí mismo, también fuera un día inolvidable.

Poco tiempo después ella retozaba en la cama recordando esos minutos de  placer y él, en el balcón, mostraba en la mancha roja siglos de humillación y sometimiento.

La boda, de Eugenio Hermoso

Insomnio

El tic-tac del reloj, el ritmo machacón de la cuna del piso de arriba, el ruido de la lluvia en la ventana, el golpe seco y repetido del chuzo del sereno, el tintineo de las campanillas de la tienda de comestibles, el ritmo frenético de las carreras, el paso regular del batallón, las sirenas, las constantes explosiones de las bombas sobre la ciudad, el martilleo de los recuerdos en la cabeza. Todo le impedía dormir, se levantó para tomar un vaso de leche y pudo ver desde la ventana a unos desconocidos que se acercaba a la puerta.

Hoy, el tic-tac, la cuna, la lluvia, un zumbido, un pitido, un martilleo constante, lo despiertan, cada noche, hasta el amanecer.

Los desastres de la guerra, nº 30: Estragos de la guerra, de Francisco de Goya

viernes, 9 de septiembre de 2016

La extraordinaria historia de Efraín de la Torre

Mientras me preparaba el desayuno, llamaron a la puerta con violencia. Abrí con cierto recelo y, sin que me diera tiempo de reaccionar, recibí un empujón del Rey Negro, que sin mediar palabra, entró decidido en el salón y se acomodó en el sofá.

—Majestad ¿podría explicarme…? —le pregunté confundido.
—Me han tendido una celada y están a punto de darme jaque mate. Efraín, es usted mi única esperanza.
—Si puedo ayudarle…
—¡Enróquese! —me ordenó el Rey con voz de mando.

Y desde entonces, permanezco encerrado en la torre blanca esperando mi destino.

Ajedrez, fuera de lugar, de Jorge Luna

... Y el verbo se hizo sueño

Salí del cascarón mientras en el exterior, como cada día, el atardecer se disponía a engullir al sol. Pero, de pronto, algo le hizo desistir de su hazaña diaria, el sol me miró y se comió las serpientes y el césped que me rodeaban. Desde entonces el ocaso es verde, las praderas no son sino un enjambre de insectos que bailan al son de los grillos y yo una mezcla luminosa de de saliva, sabia, hojas y vientos.

Serpiente de agua, de Gustave Klimt

viernes, 2 de septiembre de 2016

La función debe continuar

Rudy e Iván eran los miembros más antiguos del circo. Rudy había ejercido electricista, fontanero, carpintero y armero e Iván, que  empezó repartiendo propaganda, fue un niño pillo con los payasos, ayudante del mago y trapecista, pero su verdadero éxito lo alcanzó cuando aceptó ser el hombre bala.

La jornada había empezado con normalidad ese día. Actuaron, entre otros, los trapecistas, un tragasables, dos contorsionistas, el domador, dos magos y los payasos, hasta que llegó el momento más deseado. Con un gran redoble de tambor, el director anunció la presencia del gran Iván Rotrovic —"el único hombre capaz de volar con la elegancia de un pájaro y la velocidad de un obús"—, mientras Rudy,  vestido con galas militares y una gran antorcha en la mano, se disponía a encender la mecha del cañón. Pocos segundos después se oyó una potente explosión, pero en vez de la algarabía habitual, se hizo un profundo silencio. En la pista central los payasos se miraban cubiertos por un fino polvo gris, que flotaba en el aire y caía sobre los espectadores, las azafatas, los vendedores y los músicos, que habían dejado de tocar.


Sólo Rudy conocía la última voluntad de Iván, que había sido incinerado la mañana anterior.

Gente de circo de Fernando Botero

Último testigo

La última vez que lo vi iba tambaleándose por el filo de la carretera. Me acerqué a él, iba arrastrando la chaqueta, mal vestido, sucio y con aliento a alcohol. Lo llamé, pero él se volvió, comenzó a chillarme e insultarme y me dijo que me fuera, que lo dejara en paz y, que no me acercara a su mujer, que sabía lo que había entre nosotros y otra serie de barbaridades.
Le hice caso, me volví y lo dejé allí, camino del puente y me monté en el coche, muy enojado por sus insultos y porque sabía que en cuanto llegara a su casa borracho como estaba, lo pagaría con ella. Entonces noté un fuerte golpe y me bajé, pero solo pude ver las marcas de unos neumáticos en la calzada.

No escuché ni vi nada más, ni en el puente ni en el lecho del río. Lo que no sé —se lo juro señor comisario—, es como pudo llegar esa mancha de sangre al parachoques de mi coche.

Autorretrato, de Alfonso Ponce de León

viernes, 26 de agosto de 2016

Tras la pista

Me han tenido encerrado dos años y ahora que estoy libre, me encuentro a esa paloma ahorcada en el olmo que hay junto casa.
He hablado con los vecinos y nadie ha visto nada o no le han dado importancia —será cosas de algún gamberro, dicen— pero yo sé que es un mensaje, o va a ser casualidad que aparezca aquí justo el día en que vuelvo a casa, un año después de que muriera mi madre, Paloma Olmo. El vecino del bajo me ha dicho que oyó mucho ruido de madrugada y que escuchó decir a alguien “corre, que nos van a ver”.

Yo sabía que ese macabro hallazgo no era casual, que podría ser una señal, una amenaza o un juego de rol, pero una gamberrada no, y estaba dispuesto a demostrarlo, El caso es que, después de recorrer el barrio para aclarar si la paloma ahorcada era la única o si había más, al volver a casa, me encontré a un mendigo que intentaba cortar la cuerda de la que colgaba. Me quedé mirándolo y se volvió.

—    Llevaba muchos días sin comer —me dijo— y ahora, con esta racha de locos, todos los días tengo carne que llevarme a la boca.
—    Me parece bien —contesté—, pero ¿has visto más palomas ahorcadas?
—    Cada día una, siempre en un árbol, me las he comido todas, salvo la primera, que  apareció al principio de la calle, pero no la cogí, porque cuando iba a acercarme estaba la policía allí. Decían que la dueña de la casa de enfrente, una tal Paloma Ortiz, se la habían encontrado muerta.
—    No me parece una casualidad, deberíamos llamar a la policía e informarles.
—    Yo paso —me dijo mientras se guardaba la paloma—. A mí, mientras siga encontrando comida, me da igual.

Ya con la paloma en la mano, se fue y allí me quedé sin saber qué hacer ni a quién acudir, pero no desistí en mis investigaciones. Cada vez estaba más convencido de que el ahorcamiento de esas palomas formaba parte de un plan premeditado y no iba a parar hasta desvelar el misterio.

Desde que tomé esa decisión estoy trabajando en ello. Primero contraté al mendigo, al que gratificaba con alguna moneda cada vez que encontraba alguna paloma muerta. Después cogí la guía telefónica y he ido  llamando número por número, para preguntar si vive allí alguna niña o mujer llamada Paloma y advertirle que tuviera cuidado, que iban a por ellas. Mientras, yo me dedicaba a contar las palomas del parque, las atraía con arvejones y las enumeré a todas. En total había una población de ciento dieciséis palomas, ciento catorce sanas y dos enfermas, la treinta y séis y la cuarenta y dos.


Controlada la situación he conseguido salvar muchas vidas y ahora estoy ante un nuevo reto de igual importancia y más alcance. En la puerta de mi casa ha aparecido un ramo de flores, pisado y destrozado, y por mucho que he llamado a Rosa, mi vecina del segundo, no consigo que me abra.

La paloma, de Rafael Alberti

Tenacidad

La intención de seguir siendo solo amigos quedó refrendada por un solemne pacto de sangre.

Cuarenta años más tarde, en una carta que me entregaron tras su muerte, pude leer "te quiero".

Carta de amor, de Jan Vermeer

viernes, 19 de agosto de 2016

Reencuentro

Era uno de esos días de silencio y desesperanza, y allí estaba, cubierta por la hojarasca de otoño, desnuda, con la mirada perdida y exhalando su último aliento, de la misma forma en que la vi por última vez.
Me tumbé junto a ella y me dispuse a esperar a su lado a la próxima primavera.

Desde entonces dicen que la brisa en el bosque trae susurros de amor.

Ophelia, de John Everett Millais

Rutina

Bajó la persiana y dejó el salón a media luz, puso la radio, que en ese momento emitía los nocturnos de Chopin, se quitó los zapatos, dejó sobre la mesa el cenicero, la cajetilla de tabaco y un posavasos, cogió de la vitrina una copa, preparó en la cocina la bandeja, con una botella de ginebra y otra de tónica y unos cacahuetes y puso algo de hielo en la copa.
Ignoró la algarabía de niños que jugaban en la plaza, las bocinas de los coche, las conversaciones en la terraza del bar de debajo de su casa, al ladrido del perro del vecino y las risas de los jóvenes que salían del colegio.

Se sentó en el sofá, encendió un cigarrillo, se sirvió la copa, descansó los pies sobre la mesa y, ya atardeciendo, se dispuso a beberse lentamente, sorbo a sorbo, su soledad.

Habitación en Brooklyn, de Edward Hopper

viernes, 12 de agosto de 2016

Árbol genealógico

Arash, casado con Roshni, que engendró a Ebrahim y sus hermanos.
Ebrahim casó con Amit, que engendró Ozer y a sus hermanos.
Ozer casó con Aunia, que engendró a Habis y a sus hermanos.
Habis casó Galatea, que engendró a Atis y a sus hermanos.
Atis casó con Tiberia, que engendró a Lucius y a sus hermanos.
Lucius casó con Weendy, que engendró a Cedric y a sus hermanos.
Cedric casó con Urraca, que engendró a Fernando y a sus hermanos.
Fernando casó con Luscinda, que engendró a Lesmes y a sus hermanos.
Lesmes casó con Martina, que engendró a Sancho y a sus hermanos.
Sancho casó con Jalila, que engendró a Al Abbas y a sus hermanos.
Al Abbas casó con Isabel, que engendró a Faysal y a sus hermanos.
Faysal casó con Juana, que engendró a Martin y a sus hermanos.
Martín casó con Sara Sofía, que engendró a Leonel y a sus hermanos.
Leonel casó con Mayra-Liz, que engendró a Héctor Antonio y a sus hermanos.
Héctor Antonio casó con María, que engendró a Ezequiel y a sus hermanos.
Ezequiel casó con Habiba, que engendró a Abed y a sus hermanos.
Abed casó con Zaina, que engendró a Abul Bakr y a sus hermanos.
Abu Bakr casó con Raissa, que engendró a Hamid y a sus hermanos.


Hamid, hijo de Abu Bakr, hijo de Abed, hijo de Ezequiel, hijo de Héctor Antonio, hijo de Leonel, hijo de Martín, hijo de Faysal, hijo de Sancho, hijo de Lesmes, hijo de Fernando, hijo de Cedric, hijo de Lucius, hijo de Atis, hijo de Habis, hijo de Ozer, hijo de Ebrahim, hijo de Arash: Rescatado en una patera en el Mar de Libia junto a otros sesenta inmigrantes ilegales, sin papeles en regla ni contrato de trabajo. Acogido hasta su repatriación.

Adán y Eva, de Lucas Cranach el Viejo

Frente al espejo

Cada día se quitaba esas espinillas que afeaban tanto su cara adolescente, e intentaba no darle importancia a sus grandes orejas y a sus dientes montados, hasta que un día se sorprendió al descubrir otros rostros con espinillas, grandes orejas y dientes montados y pudo salir tranquilo a la calle.

Mujer joven frente al espejo, de Giovanni Bellini (detalle)

viernes, 5 de agosto de 2016

Algo había cambiado

Roberto fue un buen estudiante, perteneciente a la parroquia de su barrio y muy activo en asociaciones benéficas, un orgullo para sus padres, que siempre lo definieron como una buena persona. Constante y trabajador, incluso algo servil, no tuvo problemas para encontrar el puesto que ahora ocupa en la pequeña oficina en que desarrolla su labor, con discreción y respeto de sus compañeros.
Como cada mañana se levantó incómodo, con una sensación extraña. Su cuerpo era gordo y peludo, pero se movía sin dificultad y con una rapidez asombrosa con sus cuatro ágiles patas, y en su cabeza húmeda y viscosa destacaban unos tremendos ojos saltones y una lengua larga y viperina. Se podría decir que era una mezcla de rata y víbora.
Sin pararse más, se vistió con pulcritud y comenzó su trabajo, ejecutando los desahucios programados y su labor de prestamista, que hacía con pocos escrúpulos y con una sonrisa que ocultaba chantajes, amenazas o agresiones, que no dudaba en utilizar para conseguir sus objetivos.

Al llegar a casa se miró al espejo y entonces notó cierto cambio en su aspecto físico. Puede que  su rostro algo cansado, una mancha en la chaqueta o que tenía mal puestas las gafas. No le dio importancia, cenó y se acostó temprano, asegurándose antes de haber planchado bien su piel de cordero.

Hombre Lobo, de Lucas Cranach, el Viejo

Libres de pecado

Terminada la misa, salió don Ramón, el cura párroco, junto a a Juana, la ramera más conocida del pueblo, la abrazó, la besó, y se quedó mirando a la plaza.
Los más viejos comenzaron a murmurar y las mujeres a santiguarse y a hacer como si se fueran escandalizadas, pero sin moverse. Fue entonces cuando alguien desde el fondo de la plaza, tiró una piedra y don Ramón cayó al suelo desvanecido. A esa primera piedra le siguieron muchas hasta que don Ramón y Juana, tendidos en el centro de la plaza sobre un charco de sangre, murieron. 

Hoy nadie habla de ello, solo algunos se quejan de que el obispado se ha negado a mandar a un cura y de que ya no se celebran misas en el pueblo.

La lapidación de los ancianos, de Maarten van Heemskerck