Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 31 de agosto de 2018

El rascacielos

La gran torre, de Giorgio de Chirico

Mis padres construyeron su casa, que tenía un comedor, un dormitorio, la cocina y el cuarto de baño. Tuvieron seis hijos y, por cada hijo, levantaron una nueva planta, solo con un dormitorio. El edificio, con sus seis pisos, destacaba sobre las casitas bajas del pueblo.
Los seis hermanos hacíamos vida común en la planta baja hasta que nuestros padres murieron y empezamos a distanciarnos. El primero fui yo, el pequeño, vivía en la sexta planta, y para evitar los seis tramos de las escalera me hice un pequeño cuarto de baño en el descansillo y compré lo básico para cocinar. Luego mi hermano mayor, que vivía en el principal, harto del constante ruido de la escalera, cerró su puerta y abrió una salida por la fachada. El del quinto, que era arquitecto, decidió ampliar su casa, para poner un estudio, a costa del descansillo y del hueco de la escalera, para lo que puso un ascensor en la fachada con acceso directo a la calle, ya que ninguno de mis hermanos quiso pagar la obra. Me dejó incomunicado a pesar de mis protestas. Entonces hice una escalera hasta el cuarto para poder llegar a la planta baja, pero poco a poco todos fueron imitando a mi hermano del quinto y tuve que poner también un ascensor en la fachada. Poco después, la casa tenía seis ascensores paralelos y terminamos viviendo en seis pisos independientes.
Ninguno de nosotros tuvo familia, la planta baja quedó abandonada y las relaciones se fueron enfriando hasta el punto de no vernos en meses. Pasaron los años y nos fuimos jubilando y perdiendo relación también con el exterior. Los achaques hicieron que todo contacto externo fuera el llamador del ascensor, a través del cual nos subían los alimentos y otros artículos necesarios y así, poco a poco, nos fuimos quedando aislados.
No sé nada de mis hermanos, creo que el mayor y el arquitecto murieron, de los demás, ni idea. A mí, los servicios sociales me quieren obligar a abandonar la casa para llevarme a una residencia, pero no lo van a conseguir, he roto la llave del ascensor y ese es el único acceso que tienen. Sé que con ello me condeno pero me da igual. Me quedo en mi casa en espera de lo que tenga que llegar.

Cuando, años más tarde, la policía entró junto a un funcionario del estado para desalojar la casa por amenaza de ruina, encontró en cada planta un cadáver. La muerte de el del sexto había sido más o menos reciente —concluyeron—, el resto había fallecido mucho tiempo atrás. En ninguno de los casos había indicios de violencia, todos estaban sentados en su sillón y junto a ellos, un diario, más o menos completo, que empezaba diciendo: Mis padres construyeron su casa, que tenía un comedor, un dormitorio, la cocina y el cuarto de baño. Tuvieron seis hijos y, por cada hijo, levantaron una nueva planta, solo con un dormitorio. El edificio, con sus seis pisos, destacaba sobre las casitas bajas del pueblo.

viernes, 24 de agosto de 2018

El quitaletras

De las palabras y la luz, de Pedro Muiño

—"A este juego lo llaman los más viejos el quitaletras, y ya lo hemos practicado antes". Empecemos —dijo el profesor— ¿qué sobra de esta frase?
—Yo creo que la "b" y la "v" son siempre una fuente de conflictos. Yo quitaría la "v" y, en esta frase en concreto, no cambiaría de sentido —respondió el alumnos más aventajado.
—Bien, quedaría así: "A este juego lo llaman los más iejos el quitaletras, y ya lo hemos practicado antes".
—Yo eso también lo aplicaría a la "y" y a la "ll" —planteó otro alumno— ¿podría ser?
—Es justo, sigamos. "A este juego lo aman los más iejos quitaletras, a lo hemos practicado antes".
—En otro sentido, la "a" y la "o", también son fuentes de conflicto por sus connotaciones sexistas.
—"Este jyeg l ls ms iejs el quitletrs, l hems prtid nytes". Es muy complicado habrá que quitar palabras que no pueden pronunciarse ni tienen sentido —Corrigió el profesor—, quitad las sílabas impronunciables y leedlo a ver cómo queda.
—"Este jueg iejs el quitletrs, hems tid ntyes".
—A mí no me gustan la "i" ni la "u", son vocales débiles y no hay quien se aclare cuando hay que acentuarlas. Fuera, pues.
—"Este jeg ejs el qtletrs, hems td ntes".
—Hemos dejado otro conflicto: la "g" y la "j", siempre terminan confundiendo. Acabemos con ellas y volvamos a quitar las sílabas impronunciables.
—"Este e es el, hems td ntes".
—Entre la "s", la "z" y la "c", que, para colmo, esta última, se puede confundir con la "q" y la "k", hay muchas equivocaciones en la pronunciación y en la escritura. Son peores que la "b", la "v", la "g", la "j", la "y" y la "ll" —se atrevió a decir un alumno de la última fila—, y a ver si acabamos ya.
—Sea: "t e e el, hem td nte", y nos quedamos con "e e el, hem", que se puede pronunciar.
—Es cierto que es un documento legible, pero carece de sentido —volvió a interrumpir el alumno aventajado—, tres letras "e" y una sílaba absurda "hem". No tiene sentido continuar, acabemos el juego.
—Un momento —dijo el profesor—, tienes razón, pero si nos fijamos en las letras, solo una mantiene el sentido desde que iniciamos el juego, la "h". Propongo quitar todas, pero dejar la h, la única que mantiene su identidad escrita y hablada.
—Vale —contestaron todos al unísono— dejamos la "h"
—Queda pues la "h". Queda la muda. No se hable más.

viernes, 17 de agosto de 2018

Cerco al dictador

Saturno devorando a su hijo (detalle), de Francisco de Goya

El poderoso y arrogante general, sintiéndose en peligro por la actitud de la turba que rodeaba el palacio, se encerró con su mujer en el sótano.

Los cabecillas de la revolución organizaron el asedio con la esperanza de que, cuando se le acabara la comida, se rendiría, pero pasaron los días sin que hubiera ningún movimiento y decidieron asaltar el palacio. Al entrar, encontraron solo al general, comiéndose un aromático plato de carne recién cocinada.

viernes, 10 de agosto de 2018

No soy pintor ni escritor

Mi material de pintura

NO SOY PINTOR

No sé pintar la garza blanca
que irisando la noche
es capaz de dar vida a quien yace mortecino en la nada

No sé pintar la nada
            ni el silencio
                        ni el dolor…
que corroe inmisericorde las sonrisas desesperadas de la calma o el olvido

No se pintarme
            ni pintarte
                        ni soy capaz de esbozar al niño celeste
que ríe en la cálida mañana que soñábamos como cuando sabíamos soñar,
cuando el sueño era un inconsciente viaje a la absurda verdad
cuando vivía en nosotros la amapola rosa, el delfín amigo, el hada,
compañera  de amaneceres amables con aroma a chocolate y pereza

No soy capaz de pintar la verdad,
de poner verde la muerte
            porque no hay esperanza
                        y la esperanza no tiene color
ni poner azul el mar
            porque el agua es transparente y el cielo mentira
ni blanco porque es nada
ni negro porque es todo
ni rosa, ni rojo, ni aire, ni sueño, ni desesperanza, ni apego, ni vida, ni cielo

Una gacela asustada cruza mi sueño
y se agita mientras mil leones corren de alba a ocaso
y buitres surcan el cielo en busca de olvidos
y cien serpientes vuelan sin alas
y los alacranes sin veneno
y en el alquitrán, los hombres sin alma,
sin cuerpo, sin recuerdos, sin empeños, sin razones, pisotean rítmicamente mis sienes.

No soy capaz de pintarlo

Y una sonrisa alada atraviesa mi alma incierta en busca de una salida noble,
se enseñorea en la esperanza que recorre mi despertar en un nuevo día,
que llega con flores exultantes de razonable esperanza a mi mente.

Pero, no soy capaz de pintarlo.

            No sé… quizá, la palabra.

                        La palabra.

Mi material de escritura
NO SOY ESCRITOR

No sé describir a la garza blanca
que irisando la noche
es capaz de dar vida a quien yace mortecino en la nada

No sé describir la nada
            ni el silencio
                        ni el dolor…
que corroe inmisericorde las sonrisas desesperadas de la calma o el olvido

No se describirme
            ni describirte
                        ni soy capaz de aproximarme al niño celeste
que ríe en la cálida mañana que soñábamos como cuando sabíamos soñar,
cuando el sueño era un inconsciente viaje a la absurda verdad
cuando vivía en nosotros la amapola rosa, el delfín amigo, el hada,
compañera  de amaneceres amables con aroma a chocolate y pereza

No soy capaz de definir la verdad,
de poner palabras a la muerte
            porque no hay esperanza
                        y la esperanza no tiene palabras
ni dar palabras acento al mar
            porque el agua es transparente y el cielo mentira
ni nada porque es blanco
ni todo porque es negro
ni rosas, ni sangre, ni sol, ni sueño, ni desesperanza, ni apego, ni vida, ni cielo

Una gacela asustada cruza mi sueño
y se agita mientras mil leones corren de alba a ocaso
y buitres surcan el cielo en busca de olvidos
y cien serpientes vuelan sin alas
y los alacranes sin veneno
y en el alquitrán, los hombres sin alma,
sin cuerpo, sin recuerdos, sin empeños, sin razones, pisotean rítmicamente mis sienes.

No soy capaz de contarlo

Y una sonrisa alada atraviesa mi alma incierta en busca de una salida noble,
se enseñorea en la esperanza que recorre mi despertar en un nuevo día,
que llega con flores exultantes de razonable esperanza a mi mente.

Pero, no soy capaz de contarlo.

            No sé… quizá, el color.

                        El color.

viernes, 3 de agosto de 2018

Mi nuevo destino

La Torre de Babel, de Lucas Van Valkenborch

La mañana había empezado mal. Nada más levantarme discutí con mi  mujer y me mandó a la mierda. Al llegar a la oficina, tarde por culpa de la discusión, mi compañero de mesa me llamó la atención, respondí, y me mandó a tomar por saco, o por culo, no lo recuerdo bien. Me disculpé ante mi jefe por llevar el trabajo atrasado, pero él no transigió y me mando a la porra. Al final de la mañana, de vuelta a casa tuve una discusión con un niñato que se cruzó en un semáforo y me mandó al carajo y, cuando entré en la cocina y le pregunté a mi mujer que si faltaba mucho para la comida, ella, que seguía enfadada, me mandó a hacer puñetas.
Almorcé tranquilo y pospuse la decisión a la hora de la siesta. Veamos —me dije—, no sé hacer puñetas, por lo que esa opción queda desestimada; al carajo, tomar por culo o saco, no voy a ir, que uno es muy hombre; a la porra tampoco, que ya la ocupó Álvaro de la Iglesia y seguro que está abarrotada; por lo tanto, solo me queda la mierda. Era la única posibilidad, prepararé la maleta y emprendí el camino hacia allí.
Y aquí me encuentro, en este desolado paisaje de albero, seco, abandonado sin vegetación alguna salvo algunas hierbas secas que agonizan en los rincones, y sin más construcciones que la gran ciudad, que parece alzarse altiva y solitaria en el centro de la nada, pero que cuando te acercas, te das cuenta de que está muy concurrida, con mucha gente entrando, y algunos saliendo, y un espectacular despliegue de vida volando a su alrededor.
Tiene la estructura curiosa de algunas fortificaciones antiguas, una gran base sobre la que van creciendo edificios, para terminar en una altiva torre central. Toda es de un lúgubre color siena tostada que destaca sobre el amarillo pálido sobre el que se levanta; está fortificada y tiene una sola puerta para entrar a través de una empinada rampa. De lejos la ves como una espiral, que poco a poco, superponiendo fases, va subiendo hasta la torre final, muy estilizada y ligeramente inclinada a la izquierda. Las plantas bajas, más amplias y holgadas que las superiores, deben de ser para los recién llegados o para los inquilinos, digamos, mejor alimentados. Por el contrario el ambiente es mucho más seco que en las superiores y las paredes se ven más afectadas por las inclemencias. No sé si porque la fontanería no está preparada para tanta gente o por falta de cuidados, pero toda la ciudad tiene un problema, un olor nauseabundo. 
La planta primera y segunda, como he dicho, está estropeada, las paredes y el pavimento están muy deterioradas, incluso hay fachadas rotas y agujeros por los que se han colado inquilinos indeseables. A mí me gusta el sol y he pedido por favor un piso superior, y me lo han dado arriba del todo, junto al final puntiagudo de la torre. Las vistas son magníficas y se respira un cierto aire de libertad. El viento aligera el mal olor y apenas permite asentarse a los pequeños insectos, tan molestos, pero tiene mucha humedad. Me lo avisaron; para que el material de construcción se mantenga es necesario que no se seque, y he podido comprobarlo en las ruinas de la planta baja y primera. Otro defecto es que tengo que convivir con moscas y algunos roedores, pero la presencia de estos últimos es menos llamativa conforme vas subiendo, y entre unos y otros, prefiero los insectos.
He hecho algunos amigos, que me han ido contando sus motivos para venir a esta ciudad: celos, alcohol, pequeños robos, malas notas, falta de higiene, irresponsabilidad en el trabajo, malas respuestas y otras pequeñas faltas; pero el ambiente, algo deprimente es muy tranquilo, ya que los ladrones, asesinos, corruptos y otros delincuentes, nunca llegan aquí, los mandan a la cárcel.
Finalmente me he acomodado en la cuarta planta, cerca de la torre, y tras pasar la primera noche me he dado cuenta de que el final puntiagudo de la misma, que apuntaba a la izquierda, ahora mira al sur y está algo más alto.
No sé si es una impresión mía, pero creo que la ciudad cada día crece un poco más.

viernes, 27 de julio de 2018

Ocaso

Le salon burguesa, de James Ensor

Frente a la chimenea, el marqués observaba el retrato que le hicieron de joven, con sus galas militares, enmarcado en plata. Solo la vieja alfombra de piel de tigre, ennegrecida por el humo, y dos candelabros de bronce daban algo de calidez a la estancia, llena de sombras y recuerdos.
Sobre la repisa del hogar, entre las figuras de porcelana, la foto de su boda, varios libros polvorientos encuadernados en piel granate, una gran telaraña que le produjo un amargo sentimiento de decadencia. Sin plantearse la posibilidad de quitarla, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.

viernes, 20 de julio de 2018

Derechos de autor

Evangelistas san Marcos y san Lucas, de Mathias Stom


El Juez Supremo desestimó la denuncia interpuesta por Marcos contra Mateo, Lucas y Juan por plagio. No había registrado su obra.

viernes, 13 de julio de 2018

Clase de lengua

Escuela rural de Edeard Lamson Henry

—El ejercicio de hoy —explicaba el maestro— será para practicar el tema de los sufijos y prefijos de la clase de ayer. Habíamos hablado de los aumentativos y diminutivos, de los que forman nombre, verbo o adjetivo y los que, por su origen, podríamos clasificar de latinos o griegos. Pues bien, haremos ejercicios. Os encargaré a cada uno un grupo y tendréis diez minutos para escribir al menos una palabra en la que aparezca un sufijo o un prefijo.

Los pequeños se concentraron en la tarea y, conforme fueron acabando, levantaron la mano.

—A mí me gusta el grupo de los aumentativos, diminutivos y demás. Por ejemplo, guapo puede ser guapito, guapejo, guapote o guapísimo, que es como decir caratonto, regular, no está mal, o mola mucho.
—Bueno, Carlitos, es una manera de entender las cosas, pero no es exactamente eso lo que quiero.
—Yo tengo una duda. A mí me gusta utilizar más los prefijos que los sufijos. Por ejemplo, con la misma palabra de Carlos, guapo, uno puede ser guapo a secas o superguapo, hiperguapo o megaguapo o incluso hipersupermegaguapo, según moles más o menos.
—¡Déjalo estar! Tendremos que dedicar una clase solo a los hiper, super, megas y otras zarandajas.
—Yo he utilizado prefijos griegos, concretamente algia, archi, céfalo, hiper, fobia, fonía, grafia, ista, patía, tecnia y terapia.
—¿Y qué has hecho con todo eso?
—Una palabra, profe.
—¿Solo una?
—Es que mi madre padece de dolor de cabeza, se pone muy nerviosa cuando le da la crisis y no es capaz de hablar ni escribir. Confunde las palabras, creo que debería ir a un  Archiespecialistahipertécnicoterapeutaparalapatíadisfónicodisgráficafóbicacefalgista.

Sonó la campana y, con la algarabía habitual, los niños abandonaron sus pupitres y salieron corriendo al recreo.

viernes, 6 de julio de 2018

La casa de los abuelos

Reloj con ala azul, de Marc Chagall

Recuerdo mis inviernos pasados, el frío de las habitaciones y la oscuridad de los días. En el salón se ensoñoreaba el silencio, solo roto por el crujir de la madera en la chimenea. Frente a ésta, mi abuelo en su sillón de orejeras con tapicería de flores y pájaros beis, sienas y rosados. Alrededor, mi padre, mis hermanos y yo, sentados, absortos en el juego de luces y sombras del hogar, y del tic-tac monótono del reloj de pared, marcando las horas, los días, los años.

El salón se fue haciendo más pequeño y silencioso, mi padre encaneció y el calor de la mesa camilla nos reunía frente a la radio que descansaba sobre la chimenea, traicionada por el calor del butano. Encima de la tarima, dos figuras de porcelana, los retratos de boda de mis abuelos y mis padres, y cinco o seis libros de piel granate con ribetes dorados. En la pared, el reloj, marcando el paso de los días, de los años.

Hoy, ya cansado y plateado, en el sillón, cubierto por una tela granate que tapa los pájaros y las flores de la tapicería, me siento en absoluto silencio. Observo la chimenea apagada,  los accesorios dorados y el antiguo soplillo arrinconados, los retratos de las bodas de mis padres, abuelos y mía, las figuras de porcelana sobre la tarima cubierta de una fina capa de polvo, y la luz horizontal de la ventana iluminando el viejo reloj.
Paso así las horas perdidas y sigo el ritmo cansino del tiempo indefinido y el sonido de las campanadas, que señalan los cuartos y las medias ganadas y las horas perdidas. El reloj, sobre la chimenea, continúa marcando los años.

viernes, 29 de junio de 2018

A la moda del país

En el autobús, de Jordi Andreu Fresquet

Despatarrado en el asiento de atrás del autobús, como si fuera el único viajero, Manuel, delgado y encorvado como una guindilla, con sus largas patillas, la cadena de plata con el medallón de tamaño sartén, la camisa de flores abierta hasta el enlutado ombligo, el pantalón celeste acampanado que dejaba asomar los botos de Valverde, y su inconfundible olor a ajo y alpechín; vio como la pasajera del asiento de al lado —rubia, fornida, madraza y teutona—, se levantaba, lo estudiaba como si mirara una gamba al ajillo, le pedía permiso para salir y, ante la falta de respuesta, pasaba y lo pisaba.

—Cucha —escupió con un palillo entre los dientes y una lluvia de gotitas bravas por el aspecto y olor—, si me vas a pisar písame el izquierdo que el derecho lo tengo chungo.
—No compgenda  —balbuceó la vikinga antes de bajar del autobús.
—¿Una cerveza, chuli? —preguntó Manuel, apoyando el codo en la barra de la cantina, donde se reencontraron esperando el trasbordo para continuar el viaje.
—No compgenda  —respondió nuevamente la interpelada.

Se miró satisfecho en el espejo, se recolocó la grasa del calculado flequillo, se abrió el escote, tocó la medalla, y con media sonrisa se dijo satisfecho «eres más apañao que un jarrillolata», y subió al autobús impregnándolo todo de un aromático y picante pachuli.

viernes, 22 de junio de 2018

Despedida

Despedida, de Oswaldo Guayasamín

Fue una mañana fría, con una neblina que no permitía ver nada más allá de medio metro de distancia. Ernesto había recibido la llamada de su familia, que le pedía que volviera con ellos. No pudo o no quiso negarse, y ya tenía organizado el viaje, cuando decidió regresar a la que había sido su casa durante tantos años. Yo estaba allí y lo vi entrar.
Ernesto Toledo se había aclimatado a la forma de vida de los habitantes de su entorno, y había llegado a ser considerado uno de ellos. Su aspecto era peculiar, hasta el punto de producir cierto rechazo en la comunidad de su barrio; a excepción de los más pequeños, que lo consideraban el líder de la pandilla. No medía más de un metro cuarenta centímetros, sus miembros eran largos en comparación con su cuerpo, corto y encorvado y sus dedos parecían palillos de tambor. Los ojos grandes, la boca picuda y una nariz casi inexistente, le daban un aspecto cómico que atraía a los niños. Por todo ello y el color cetrino, que se traslucía a través de su piel casi transparente, lo llamaban el Sapo Verde. Quizás para disimular su aspecto, iba siempre muy cubierto, salvo las manos —no había guantes de su talla—, y los ojos, nadie había visto el resto de su cuerpo, que incluso cubría con una sábana cuando salía a pasear o a montar en bicicleta, su actividad favorita.
Con el tiempo lo fueron conociendo en el barrio, y llegó a ser muy considerado por su bondad, buena disposición para ayudar, y por los consejos que daba a los niños, con los que compartía juegos.
Yo crecí con él y puedo asegurar que no podré olvidar la viva imagen de la ternura, ni la bondad de sus ojos al despedirse.
Al verme se le saltaron las lágrimas y me dijo que no podía irse sin repasar cada rincón de la casa y, con ello, cada minuto de su vida. Estuvo al menos una hora paseando por las habitaciones, por la cocina y el jardín. En silencio tocó con su largo dedo índice cada objeto, parecía como si con ello los retuviera. No sé muy bien porqué, se detuvo frente a la mesita de la esquina del salón. La miró fijamente y pronunció, casi deletreándola,  la única palabra que dijo en todo su recorrido —«teléfono»—,  y la repitió cada vez con menos volumen hasta que abandonó la casa, no sin antes darme un abrazo.
Al salir, la niebla se había ido y frente a mí, a unos tres metros de altura, flotaba una inmensa nave, con la puerta abierta y una escalera que llegaba hasta la entrada del jardín. Ernesto se dio la vuelta, me miró fijamente, se deshizo de la sábana que lo cubría, dejando ver su torso deforme y verde, y subió por la escalera hasta la nave. Se volvió y con su dedo índice, deforme y extrañamente iluminado, señaló al jardín, la puerta y las viviendas de alrededor, y gritó «Mi casa». Se cerró la escotilla y la nave se elevó a toda velocidad.

viernes, 15 de junio de 2018

Fraude

Don Quijote y los molinos, de Gustave Doré

«Aquí yace Miguel de Cervantes». Así rezaba la leyenda, grabada por un buril inexperto en la parte posterior de una antigua lápida, descubierta en un pueblo de cuyo nombre no consigo acordarme.
En realidad, el Alcalde la había tallado en su granja, y así consiguió que abrieran hoteles, restaurantes y negocios, un museo temático y una biblioteca especializada, que atrajo innumerables turistas.
Todo iba bien hasta que, en una noche tormentosa, se oyó un gran estruendo, y un caballero, lanza en ristre, destruyó la tumba, volvió a la biblioteca y entró en el capítulo octavo del libro, que cerró su fiel escudero.

viernes, 8 de junio de 2018

El día más importante en la vida del difunto

La lectura del testamento, de Wilkie David

CAPÍTULO 1. DE LA MUERTE INESPERADA

Hace un mes era yo el que presidía esa mesa. Frente a mí, estaba mi hija y el impresentable de su marido, mi hijo y mi esposa. En la mesa descansaban la sopera, la vajilla, la cristalería y los cubiertos de plata que solo utilizábamos en reuniones muy especiales. Fue ese el día en que caí fulminado tras beber la copa de vino que me sirvió el mayordomo.
Aunque era la comidilla del barrio, los había reunido para informarles de que me había enamorado de otra mujer y quería formalizar el divorcio. Me senté en el sillón en que ahora está el dichoso notario y comencé a dar explicaciones. Lo entendieron bien e incluso, salvo mi esposa, aplaudieron mi decisión, hasta que les dije que tenía otros dos hijos con mi amante y que tendría que repartir mi patrimonio.
No fui ajeno a la mirada de odio de mi mujer, a los cuchicheos de mi yerno y a los comentarios de mis hijos. Dejé que se explayaran, que me insultaran e incluso que me amenazaran clavándome la mirada y cogiendo el cuchillo de la mesa, pero no entré  en provocaciones. Me bebí lentamente el vaso de vino que el mayordomo me había servido ante la mirada indiferente de todos los comensales.
Hoy no pueden verme. Me entretengo dejando caer una copa, o abro y cierro la puerta, emito algún sonido o, lo más divertido, me pongo a remover la sopa —aunque me llama la atención que a veces gira sola en la sopera—. Sin embargo. están tan ensimismados con las palabras del notario, que en estos instantes dice que va a leer mi testamento, —el cual, por cierto, no recuerdo haber escrito—, que no son capaces de percibir mi presencia.
Desde que supe que habían citado al notario para leer mi supuesto testamento, tuve claro que no podría descansar en paz si no arreglaba esa farsa; así que, con la ayuda de un médium amigo, cambié el documento por otro papel que leerán hoy. Estoy deseando ver la cara que se les queda.

CAPÍTULO 2. DE LAS PESQUISAS DE LA LEY

Aquel día se habían reunido el señor de la casa, cuatro familiares y el mayordomo,  alrededor de la mesa perfectamente preparada para una comida especial. El señor de la casa no estaba nervioso; era un hombre con ideas muy claras y pocos escrúpulos, cosa que no podemos decir de su familia. Su esposa, una mujer envidiosa y con muy mal fondo, se sentía peor pensando en los cotilleos de sus amigas que en los problemas económicos que pudiera acarrear el divorcio. Eran los dos hijos y el yerno los que parecían más enfadados, especialmente este último, que no dejaba de jugar con el cuchillo en la mano. El mayordomo volvió a llenar la copa del anfitrión y fue a la cocina a calentar la sopa, que se había enfriado durante la conversación.
A la vuelta, el señor se retorcía de dolor en el abdomen, había vomitado y el olor a almendra amarga no dejaba dudas, había sido envenenado.
La escena pareció repetirse el día de la lectura del testamento: la mirada de la mujer, la angustia de los hijos y la parsimonia del mayordomo preparando la sopa. El notario, que ocupaba la silla del difunto, abrió el testamento y se quedó en blanco, ante la impaciencia de la familia, que mantenían la cabeza baja mirándose entre ellos de reojo y entreteniéndose con el vapor de la sopa, que giraba como si alguien la estuviera moviendo.

CAPÍTULO 3. DE LA RECETA DE LA SOPA CASTELLANA

Llevo una hora aquí plantado, como el aparador, el  macetero o el horrible escudo de armas de la chimenea. Cada día es igual, que si la mantelería tal o la vajilla cual, que si el vino está caliente o el café frío. El señor ha muerto y nada ha cambiado. Permanezco en la esquina del salón esperando que la señora dé la orden de servir la sempiterna sopa.
Espero que el notario lea de una vez por todas el testamento, que no haya muchas broncas y que pueda servir la mesa, no vaya a ser que, como el día que murió el señor, me manden a la cocina e intenten cargarme la culpa del envenenamiento.  
Vi por fin que el notario se disponía a abrir el sobre entre platos y copas, y me acerqué a retirarlos, con la mala suerte de que una copa se cayó, incluso antes de tocarla. Le pedí mil disculpas y, tras servirle otra, me aparté. Las luces comenzaron entonces a parpadear y la sopa a girar y hervir. Todo era muy extraño, pero yo permanecí quieto en espera de órdenes que no llegaban.
El notario, tras unos minutos de silencio, se desabrochó el cuello de la camisa, se secó el sudor y empezó a leer: «Diez dientes de ajo, seis huevos, doce rebanadas de pan, ciento cincuenta gramos de jamón serrano…». Yo no entendía nada.
La sopa entonces entró en ebullición y yo la retiré antes de que salpicara a los comensales. A la vuelta, el testamento había desaparecido, había un fuerte olor a almendra amarga en la sala, todos me señalaban con mirada acusadora y se fue la luz.

CAPÍTULO 4. DE LA SOPERA Y EL CUCHARÓN

Ésta va a ser otra reunión entretenida, mi querido mayordomo, vas a traer la sopa fría, que yo la calentaré, y ten siempre las copas llenas de vino en el filo de la mesa, por si se tercia que se caigan. Tú eres inocente y te quieren cargar el muerto para borrar testigos y quedarse con la fortuna del señor, que en paz descanse.
Con la güija os entendeis fácilmente el señor y tú. El finado quiere vengarse y tú tienes que dejar ya el servilismo de tantos años y de pasearme de la mesa a la vitrina y de la vitrina a la mesa. Empieza por quitar esa cara de tonto, que hablar hablamos todos, incluidas las soperas. Comienza a servir la comida y distráelos manchándolos, mientras el señor tira las copas y hace ruidos, acércate al notario y cambia el sobre del testamento por el que hay en el aparador, será divertidísimo. Mira con atención al yerno, que no ha soltado el cuchillo desde que ha llegado, y no creas que sea para comer sopa, es el único que debe preocuparte. Tírale un vaso de agua, eso lo mantendrá entretenido.
Tómatelo con calma, van a estar al menos diez minutos en otro mundo, sin entender a que viene esa receta de sopa castellana, y el notario rebuscando entre papeles y maldiciendo a su mujer, que lo tiene que tocar todo.
Aprovecha ese momento. ordena a las lámparas que se apaguen y a la bandeja que te sirva la llave de la caja fuerte, mientras el difunto los confunde haciendo de las suyas. Cuando vuelva la luz y salgan del asombro, escóndete, quítate ese ridículo traje negro y la pajarita azul, y desaparece, cierra los ojos y espera hasta que, con tu nueva identidad de cucharón y la bendición del señor, me recojas, me montes en el camión de mudanzas, y me lleves a una nueva casa, en la que emprender una vida en común.

viernes, 1 de junio de 2018

De héroes y sombras

El sereno. Grabado de calendarios Históricos Mexicanos

Yo recuerdo mi infancia como una escalera que sube al misterio y baja a un naranjo equivocado que huele a jazmín.
La luz de la ciudad dibujaba las sombras de mi viajes de pies limpios y de sueño cansado.
A la izquierda, la calle gris me daba ropa corta y mallas blancas, y el dolor de Sigrid,  lejana, ajena y diosa; y a la izquierda la calle blanca me daba el elixir y la mirada serena de Sigrid abrazando mi cuerpo adolescente.

¡Las doce en punto y sereno!

Los dados, una carta, un dardo y una pelota fueron mis armas para llegar a capitán, si otros capitanes, siempre enemigos, capitulaban.
Navegué a China y a Macao, en busca de oro y seda y cuando el grumete Trueno y el fiero Goliath gritaron «¡Tierra a la vista!», puse la espada cruzada o la cruz clavada en la Tierra Virgen.

¡Las dos y media y nublado!

Luché contra los indígenas y con ellos, pasé hambre y sed, enfermé y sané, me enfrenté a molinos con forma de monstruos y a monstruos con forma de molinos y volví con las arcas llenas de lápices y papel para Miguel, Garcilaso, Federico, Antonio y otros tantos fabricantes de vidas a repartir entre a nacientes y dolientes.

¡Las cinco en punto y lloviendo!

En los días fríos levantaba muros, torres y puentes, abría puertas y pasajes secretos, pintaba cada pared y así, poco a poco, construía el castillo que soñaba, hasta que las latas vacías y las cajas de galletas volvían a la alacena de la abuela en espera de una nueva aventura.

¡Las ocho y media y nevando!

Monté en mi bicicleta nueva, sin ruedines, recién comprada, salté los días a piola, construí casas y hoteles sobre el mantel, tropecé con el maestro —siempre despistado con su ciencia y olvido—, besé a mi novia, busqué con mi mujer ropa para los mellizos, acompañé a mi madre enferma, discutí con mi jefe. Ahora descanso al sol con el seis doble y la doble pareja en espera de una cita a la que no puedo faltar. La he visto llegar: pálida, enjuta, vestida de negro y de mirada penetrante; siempre tiene reservado el momento para tomar una copa con cada uno de nosotros.

viernes, 25 de mayo de 2018

Última voluntad (o el éxito póstumo de un hombre pequeño)

Elogio de la locura, de Matías Sánchez

Después de mucho pensar llegó a la conclusión de que siempre había sido tonto. Era el tonto del colegio, de la pandilla, la facultad y de las salidas nocturnas con sus amigos. Fue tonto en su matrimonio, tuvo seis niños, que ya de adolescentes le decían que era tonto. En su trabajo, se encargaba de las tareas más desagradables sin conseguir nada a cambio. Incluso al llegar su jubilación pensaba que seguía siendo tonto.
Llegar a esa conclusión no le preocupó, al contrario, le dio tranquilidad y le ayudó a asumirlo y preparase para el futuro. Ante el miedo de perder la cabeza y dejar de ser tonto para comenzar a ser demente, quiso dejarlo todo bien atado. Hizo testamento, vendió todo lo que tenía y dejó instrucciones para que le construyeran un ostentoso mausoleo, que él mismo diseñó, con una gran estatua, cuatro jarrones, un ángel y un demonio en cada lado de la cabecera y un epitafio en el que solo debía poner su nombre y  la leyenda «el tonto».
Cuando murió, sus hijos cumplieron sus deseos a medias; en vez de la leyenda que había pedido, solo grabaron su nombre bajo el habitual R.I.P. Sus amigos, desconcertados e indignados, guardaron silencio, y poco a poco fueron volviendo al cementerio y escribiendo o grabando sobre la lápida «el tonto». Tantos acudieron que terminaron borrando el nombre, y la tumba se convirtió a lo largo de los años en un centro de atracción, incluso para turistas que se acercaban movidos la fama del estrambótico mausoleo y por su curiosidad, y a los que el guía les explicaba: «Ésta es la tumba al tonto desconocido».

viernes, 18 de mayo de 2018

Biblia apócrifa

Adán y Eva, grabado de Alberto Durero

   
   —Toma ¿Quieres?
   — No, gracias Eva, ahora no me apetece.

FIN

viernes, 11 de mayo de 2018

Anónimo

Pino derruido, de Félix González


El viejo pino, vencido por las sombras y el viento, reptaba bajo el aroma verde y vivo del bosque de coníferas. Vi entonces entre sus ramas, sobre el tocón de una antigua poda, unas pequeñas acículas que, sin ser un milagro de la primavera, retaban a su certera muerte.

No era el olmo de don Antonio.
No era el Árbol de la Vida.
No era el General Sherman.
No era el monstruo que vino a verme, o a vernos.
No era Bárbol.
No era el Drago Milenario.
No era el Árbol del Bien y del Mal, que nos enseñó a dudar.
No era el Sauce Boxeador.
No estaba en el bosque que amparó a Blancanieves, ni en el de los Ents, ni en Sherwods ni en el Bosque Encantado.

Pero estaba ahí, y yo lo vi.

viernes, 4 de mayo de 2018

Mi biblioteca

Ratón de biblioteca, de Carl Spitzweg

Al extranjero lo llamábamos el caballero inexistente o el invisible, pero a pesar de su habilidad para desaparecer tras cada fechoría, al final fue capturado, juzgado y encarcelado, dado su carácter violento, en una celda de aislamiento. Tu condena será de  cien años de soledad —dijo el juez indignado— y con esto se acabó los que parecía ser una historia interminable de muertes, violaciones, robos y otros delitos.
Pasó menos de un mes cuando apareció otro cadáver. Otra joven fue víctima de una violación, y regresaron los delitos con las mismas características. El preso seguía en la cárcel, pero parecía que fuera actuaba un hombre duplicado, destacado aprendiz de las malas artes del presidiario.
Las hermanas Fortunata y Jacinta fueron las últimas víctimas, la primera fue asesinada y la segunda violada, y el pueblo entero salió a la calle para exigir justicia. A principios de mayo se reunieron en la granja de su padre y así empezó lo que se llamó la rebelión en la granja. Fueron mil y una noches de espera a que se hiciera justicia, sin éxito, hasta que los más exaltados del grupo decidieron constituirse en un comité de la muerte y buscar y ejecutar al malvado.
Aquello parecía la crónica de una muerte anunciada, pero en realidad fue el comienzo de la guerra del fin del mundo. En poco tiempo los miembros del comité convirtieron la granja en un centro de caza y captura, se atrincheraron, armaron y, ante la más mínima sospecha, dispararon a matar. Primero fueron personas que paseaban por allí, después al alcalde que les había recriminado su actitud, luego el jefe de policía y así sucesivamente hasta llegar a los más altos cargos del ejército, el gobierno y miembros de la CIA, que habían venido a adiestrar a las fuerzas del orden local. La comunidad internacional reaccionó a la agresión mandando más material y movilizó a su ejército, pero se encontró con la oposición del ayuntamiento, que interpretó esa ayuda como una injerencia. Mientras, los muertos se amontonaban en los jardines alrededor de la granja secándose a la intemperie, y la imaginación del pueblo empezó a oír gritos y movimientos extraños, por lo que la llamaban la casa de los espíritus y, aunque de día les llevaban flores con cautela, por la noche no se atrevían a acercarse.
Un día salió el más destacado de los miembros del comité y, con voz amenazante y  acento extranjero, dijo que no habría paz mientras su hermano siguiera encerrado, y tras decir esto disparó sobre todos los asistentes dejando con vida solo a uno para que transmitiera la orden. No habían terminado de decir esto cuando la aviación se acercó al pueblo y comenzó a bombardear la cárcel, la granja, el ayuntamiento y el pueblo entero, al que consideraban una fuente de conflicto.
No hubo ningún superviviente y la noticia de corrió por otros pueblos que comenzaron a organizarse para mostrar su repulsa ante tan grave agresión. La respuesta fue inmediata y contundente y así comenzó una nueva era con un solo gobierno y un solo pueblo, fruto de la tercera guerra mundial.
En el pueblo, hoy un erial, solo quedan como huellas imborrables, los gritos del pasado y, a lo lejos, sobre cumbres borrascosas, algún superviviente con miedo a volar.

Historia basada en diecisiete libros de mi biblioteca

viernes, 27 de abril de 2018

El pacto

Arco iris, de Thomas Worthington

Iba a empezar el segundo diluvio universal y cuando comenzó a llover huí de la ciudad costera camino de la sierra. Solo llevé conmigo algo de ropa, la gabardina y un paraguas, que había decorado en mi taller con los siete colores del arco iris. Conforme caminaba, la lluvia arreció y el paraguas comenzó a despintar, dejando a lo largo de la avenida, un rastro de colorido inconfundible. El sol volvió a brillar y escampó.

viernes, 20 de abril de 2018

Parvulitos

Niño que llora, de Bruno Amadio


Se negó a hacer el dictado y le castigaron a escribirlo cien veces.
Cuando al final de la clase el maestro recogió la plana y leyó en cada una de las líneas «mi mamá no me ama, yo amo a mi mamá», llamó a su madre, que no acudió.