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La Caleta, Cádiz |
Era
un restaurante muy reconocido, con mucha luz y grandes ventanales que daban a
la playa. Hacía un año que se conocieron y él quería agasajarla en un día que
consideraba muy especial. Al entrar rompieron el silencio del local con sus
risas; la llevaba en brazos y con los ojos tapados mientras le silbaba Ahora bésala, su canción favorita y ella
respondía con besos y grandes carcajadas.
—Su
mesa está preparada —dijo el camarero al recibirlos.
—Gracias
Grimsby, sírvame una copa de vino para mí y traiga agua para ella.
—Enseguida
señor. Buenas tardes, señorita.
—¡Espere,
por favor! —interrumpió la joven—, ¿Me podría traer un barreño lleno de agua
natural?
—Enseguida,
señorita.
La
mirada de él no dejaba dudas de sus intenciones en ese día, sin embargo ella era
incapaz de levantar la cabeza, sumida en sus pensamientos.
—Estás
muy callada ¿qué te pasa?
—Verás,
quería hablar contigo.
—No,
espera, hoy no quiero escuchar problemas ni malas noticias, y tu cara es
reflejo de que algo no va bien.
—Es
que…
—Espera,
te he dicho, antes tengo que decirte algo. Hace un año que salimos y…
En
esto llegó el camarero con el barreño.
—¿Quiere
probar a ver si la temperatura es la adecuada?
—Está
bien, gracias.
—¿Se
lo pongo aquí? —preguntó.
—No,
mejor debajo de la mesa. Perdone tanta molestia.
—Al
contrario, es un placer atenderla.
—Bueno,
como te decía —retomó la conversación, al tiempo que ella intentaba comenzar—,
hace un año que…
—¡Espera!
—gritó ella decidida, con lágrimas en los ojos—, estoy muy avergonzada, pero
tengo que pedirte algo que para mí es muy importante en este momento. Quiero
que seamos felices juntos.
—No
hables del futuro, somos felices ya, y lo que vengo a pedirte es que
compartamos esa felicidad toda la vida.
—No,
eso no es así, eres muy bueno —dijo ella entre llantos—, pero para seguir
juntos necesito dinero, mucho dinero, del que no dispongo.
—Yo
te daré lo que necesites.
—¿Ochenta
mil euros? ¿Tienes ochenta mil euros? —gritó ante la mirada de todos los
clientes del restaurante y del camarero.
—¿Para
qué quieres tanto dinero?
—Me
cuesta mucho tomar esta decisión, y no lo hago solo por mí, es por nuestro
futuro en común. Sin ese dinero, tendremos que separarnos. No quiero sufrir más
ni condicionarte tu futuro.
Se
secó las lágrimas y apretó la mano de Eric, mientras lo atendía el camarero.
—Sírveme
otra copa, Grimsby, por favor. Y llena el barreño otra vez, que se está
quedando seco.
—Enseguida,
y perdone mi despiste, no he estado atento.
—Tranquilízate
—insistió Eric con verdadera compasión—, buscaremos el dinero, pero ¿para qué
lo necesitas?
—Tengo
que operarme, no podemos seguir así, tu vida ha cambiado, no sales ya con
nadie, nos miran por donde vayamos; observa la mirada sin disimulo de todos los
clientes del restaurante, hasta el pinche de la cocina.
—Le
traigo más agua para el barreño, señorita —interrumpió Grimsby—, pero tenga
cuidado, por favor, está salpicando a los señores de la mesa de al lado.
—A
mí eso me da igual, cariño —continuó Eric.
—Pero
a mí no ¿Te imaginas cuando seamos mayores y no puedas cargar conmigo?
—Bien,
vamos a hablarlo ¿Has encontrado un cirujano dispuesto?
—Sí,
el doctor Facilier. No tiene mucha fama de honesto, pero está dispuesto y es
bueno en su oficio, según dicen. Es mi decisión, Eric, me he despedido de Sebastián
y de mis hermanas. Solo quiero poder andar, no dejo de pensar el día en que
entre caminando de tu brazo en la catedral, para unir nuestras vidas y nuestro
futuro.
—Te
quiero Ariel, conseguiré el dinero.
Se
besaron emocionados, y los comensales de la mesa de al lado se apartaron para
evitar las salpicaduras que Ariel producía moviendo la cola en el barreño.