Marina

Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

sábado, 30 de enero de 2021

El viaje

Pabellón de Alfonso XII, de Manuel García y Rodríguez

En la Isleta de los Patos, en pleno centro del Parque de María Luisa, y en el cercano Monte Gurugú ─pasajes de inestimable valor romántico de Sevilla─, habían construido un puerto y un aeródromo. Todos pensábamos que nunca atracaría allí barco alguno ni aterrizaría un avión, y criticábamos la descabellada idea. A mí no me hizo gracia, tanto por lo absurdo del proyecto como, por los peligros que suponían esas actividades en el centro de una ciudad.

Pasó el tiempo y, tal como se había pronosticado, ningún barco atracó y ningún avión aterrizo, pero yo me fui acostumbrando a sentarme en un banco cercano, con un refresco y un parisién, a esperar. Fueron muchos los días en que mi único entretenimiento era mirar el reloj, el cielo y la corriente del lago, hasta que una mañana un avión aterrizó, se abrió la escotilla y una azafata me llamó. Minutos más tarde despegamos y vi por la ventanilla a miles de personas, cada vez más pequeñitas, sentadas jugando con su reloj.

sábado, 23 de enero de 2021

Se equivocó la paloma

Grabado de la serie Tauromaquia, de Pablo Ruiz Picasso

Sintió un dolor infinito e irreparable cuando la bala cumplió el mortal objetivo del cazador, como el anzuelo destrozó su vida previa de sargo o el alfiler la de mariposa. En su postrero intento, reencarnada en su última vida la paloma —zahína, noble, astiarmada—, en un empeño desesperado y justiciero, cayó fulminada en la suerte de espadas.

domingo, 17 de enero de 2021

Inmovilismo

Paisaje con un obelisco, de Hubert Robert

Su nombramiento de Valedor de la Historia Local era un honor al que no pudo renunciar, pero frente al prestigio y las indudables ventajas económicas y sociales que el nuevo cargo le deparaba, se enfrentaba a un único inconveniente: debía de estar siempre a menos cien metros del Monolito Fundacional de la Ciudad, lo que le suponía una merma en su libertad. Su vida giró desde entonces alrededor del monumento y su único fin fue mantenerlo incólume e inalterable, tal y como lo había recibido de sus ancestros, que nunca le dijeron que el sería el siguiente monolito.

sábado, 9 de enero de 2021

Aburrimiento

La dama y el unicornio, de Luca Longhi

Cansado del confinamiento en mi casa y de mis pesadillas, consciente de desperdiciar el ahora y buscar el mañana en el ayer, sentado en el sempiterno sillón del hastío, y sin otra fe que contar el paso de los minutos, entró por fin el unicornio azul, y pude respirar.

viernes, 8 de enero de 2021

Navidad 2020 - III. Epifanía

Adoración de los Reyes Magos, de Pedro Pablo Rubens

Estas navidades ninguno pedimos nada a los Reyes Magos, solo les rogamos que se llevaran el 2020, y Sus Majestades han cumplido y se lo han llevado, y además, a cambio, nos han dejado una gran caja de cartón envuelta en papel celofán, con una etiqueta en la que se puede leer «2021». Ya han pasado tres días y aquí estamos todavía, rodeando el árbol, mientras cantamos villancicos y dejamos correr el tiempo sin atrevernos a abrir el regalo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Navidad 2020 - II. Fin de Año

Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén, de Rembrandt 

Cuando en el último programa del nefasto año 2020 Marty McFly nos informó de que en sus viajes a través del tiempo montado en su DeLorean, hizo amistad con Baba Vanga, Nostradamus, Jeremías y otros visionarios, el fraude que los profetas habían mantenido a lo largo de los siglos quedó al descubierto. La certera llegada del asteroide durante las últimas doce campanadas previas al Armagedón, de la que ninguno de ellos había informado a Marty, convirtió la noticia en una simple anécdota. 

jueves, 24 de diciembre de 2020

FELICIDADES

Mis mejores deseos para estas navidades y para este próximo año que, seguro, mejorará el que estamos cerrando; y muchísimas gracias a mis lectores por sus cuarenta mil visitas.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Navidad 2020 - I: Nochebuena

Navidad Mística, de Sandro Botticelli


Iban fatal de tiempo. Los Reyes se habían entretenido en diferentes recepciones y los pastores, a los que les habían llegado rumores del plan de Herodes con los Santos Inocentes, se escondieron o demoraron a ver qué pasaba. Hasta el Ángel se vio afectado por una tormenta que lo desvió hacia el mar. Cuando finalmente llegaron, el portal estaba vacío y en el suelo pudieron encontrar la propaganda de una posada en Egipto.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Palabras de consuelo

 Valentine Gode-Darel, de Ferdinad Hodler 


Ella, en silencio, finge que se lo cree y sonríe a los que están en la rodean —ya verás que en poco tiempo estarás bien, no te preocupes, es cuestión de paciencia, sé valiente, tienes que descansar y comer—. Disimula en silencio y todos se van satisfechos. Todos menos uno, un caballero enjuto vestido de negro y con un reloj en la mano, con el que tampoco quiere conversar.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Introspección

Bailarina basculando, de Edgar Degas

Su condición de sordociega no le impidió disfrutar de la belleza. Comenzó su aventura en París, donde le dejaron que acariciara y estudiara a La Victoria alada de Samotracia. Se impresionó tanto que, cuando la recordaba, imitaba los movimientos con que la acarició en una especie de baile sensual, sinuoso. Repitió la experiencia, entre otras, con La Piedad, El discóbolo, Nefertiti, El pensador y El éxtasis de Santa Teresa.

Cada recuerdo, cada representación era un baile distinto, lento, profundo e hipnotizador, y así lo entendió un célebre coreógrafo, que la llevó a estudiar esculturas famosas y, para cada una de ellas, compuso una obra musical basada en percusión, que ella notaba por la vibración del suelo. Recorrió el mundo entero, alcanzando grandes éxitos con coreografías como El dolor de Laoconte, La noche oscura del Moái o Los amores de Venus y David.

En el cénit de su fama se encerró en su casa casi un año para aislarse y crear su baile más hermoso, personal y sincero. En el estreno, sin música, iluminada por un potente foco, y en un silencio casi religioso, comenzó a bailar como en un milagro invertebrado, para ofrecernos su más logrado número: Autorretrato.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Endogamia

Una boda aristocrática, de Federico Jiménez Fernández

Confesé a mis padres lo que había hecho, pero no quisieron perdonarme. Me había casado en secreto con Puchi, mi osito de peluche. Era un amor y tenía una mirada tan tierna y amable, que me enamoré y decidí pasar toda la vida con él.

No se enfadaron por la boda, lo que les molestó es que lo hubiera mantenido en secreto. Estuvieron meses sin hablarme. No sabían cómo decirme que mi padre tuvo una aventura con Mamá Osa, y que yo había heredado su nariz chata y esa manera tan extraña de llorar.

domingo, 22 de noviembre de 2020

La España vaciada - y IV. La tierra

Campesino cavando, de Vicent Van Gogh

La torre de la iglesia semejaba un solitario mástil en el mar de trigo que se extendía hasta el horizonte, sin que una mínima sombra rompiera la sensación de soledad y desasosiego que rodeaba al pequeño pueblo extremeño. Alrededor de la iglesia, la plaza, dos calles empedraras y una veintena de casas, completaban la fisonomía de la aldea.

Los pocos ancianos que allí vivían, imposibilitados en su mayoría, rara vez salían de su domicilio y, si lo hacían, era para coger el pan y alguna vianda que en una furgoneta llegaba una vez a la semana.

Arturo, que a sus setenta y cuatro años era el único que se mantenía sano y ágil, se había marcado como meta la atención a sus vecinos y el mantenimiento del pueblo. Su jornada empezaba a las siete de la mañana cuando tañía la campan de la iglesia.

            Las siete campanadas, asustaban a las palomas, que salían volando a picotear el trigo; a las abejas que revoloteaban de flor en flor; a las ratas, que aparecían y desaparecían camufladas en los arados; a los conejos que corrían hacia sus madrigueras; a los halcones que alertados por tañido y el trasiego de roedores abandonaban su sueño para buscar alimento; a los cazadores que apuntaban indecisos al suelo y al cielo; y a los vecinos que empezaban un nuevo día con sus dolencias.

            Un día Arturo enfermó, las campanas se mantuvieron en silencio, las palomas, las abejas, las ratas, los conejos, los halcones, los cazadores y los vecinos esperaron expectantes su sonido, y el pueblo se sumió en la profunda tristeza de una tierra desolada.

sábado, 14 de noviembre de 2020

La España vaciada - III. El gobierno

La gloria del pueblo. de Antonio Fillol

Don Nicomedes Ortiz Lasarte, cronista, boticario, tendero, camarero, cura, padre —o tío— de su hijo —o sobrino—, Nicomedes —Nico—, era alcalde, de un pequeño pueblo aragonés. No había más habitantes, pero entre los tres, porque en realidad eran tres, se entendían bien. El tercero en discordia era Nicolás, el fiel gato, que tenía encargada la limpieza y depuración de ratones y cucarachas. Don Nicomedes mandaba, Nico obedecía y Nicolás correteaba insectos y roedores, y así eran felices. Un día Nicolás desapareció, Nico se fue en busca de nuevos horizontes, y el cronista, boticario, tendero, cura, padre —o tío— y alcalde, perdió a sus lectores, pacientes, clientes, comensales, fieles, hijo —o sobrino—, y ciudadanos. La desolación fue tremenda y don Nicomedes escribió su última crónica: Con fecha de hoy, yo, Nicomedes Ortiz Lasarte, dimito de todos mis cargos, y cedo los terrenos municipales a la Constructora Nuevo Pueblo Nico, propiedad de don Nicomedes Ortiz Expósito. 

sábado, 7 de noviembre de 2020

La España vaciada - II. La vuelta

Fiesta en el campo, de Francisco Iturrino

Para la feria, los treinta vecinos del pequeño pueblo andaluz prepararon una carrillada y un baile en la plaza del ayuntamiento. La comida, regada por abundante vino del lugar, resultó exquisita; el ambiente, gracias al día primaveral que amaneció y a la amistad que los unía, alegre y gratificante; y el baile, con boleros, rumbas, sevillanas y otros cantes tradicionales rematados por los fandangos de siempre, magnífica clausura de la jornada festiva.

        Días más tarde, en su acomodado sillón en la capital, algunos miraron con nostalgia las fotografías que desde el pueblo les habían enviado, y decidieron que, en cuando pudieran, volverían, que allí se vive mejor que en cualquier otra parte, que es más sano y que no había maldad, pero habían olvidado el camino. 

viernes, 6 de noviembre de 2020

La España vaciada - I. La fiesta

El pan de fiesta (Castilla) de Joaquín Sorolla y Bastida

Los veinte ancianos que completaban la nómina del pequeño pueblo castellano hicieron una recolecta de un euro por persona, para comprar una fregona, un cubo, una escoba y el recogedor, y poder así adecentar la iglesia y el casino. Una vez realizada la compra y viendo que, por su avanzada edad, ninguno podía llevar a cabo la tarea propuesta, decidieron donarla para la rifa que se hacía con motivo de las fiestas del Santo Patrón. La jornada transcurrió de la forma en que se esperaba, el baile fue todo un éxito a pesar de los quebrantados huesos de los vecinos, hubo una comida en la que cada uno aportó lo que pudo y quiso —a destacar la carrillada del alcalde—, y los cuatro ganadores del sorteo se fueron felices cada uno con su premio. 
    La iglesia y el casino se quedaron en espera de otra oportunidad.

sábado, 24 de octubre de 2020

Hacia un nuevo mundo

Noche de verano, de Piet Mondrian

El calentamiento global, la sequía, los incendios, inundaciones y otras catástrofes naturales, unidas a las sucesivas guerras y a una desconocida y mortífera pandemia, llevaban a la Tierra a su final, y sus habitantes se organizaron para abandonarla.

Los científicos construyeron una nave inmensa, un nuevo Arca de Noé, con forma de cesta de mimbre, cubierta por una escafandra transparente y rodeada de gruesas cadenas.

Una sincrónica y potente pedalada de los más de doscientos millones de hombres y mujeres que iban a iniciar la aventura fue suficiente para que la potente dínamo de la nave pusiera en marcha el motor que la acercaría a su destino. Llegó, tal como estaba previsto, al polo sur del satélite una noche de luna llena. Una vez allí lo rodearon con una gran cincha metálica, con ocho ganchos distribuidos a lo largo de toda la circunferencia, en los que colgaron las cadenas que llevaban en el fondo de la nave; y asegurada la canasta lo trepanaron hasta ahuecarlo, encendieron los quemadores y con un gran fogonazo, comenzaron a desplazarse.

Mientras, los escasos habitantes que no pudieron embarcar, vieron como el inmenso globo aerostático luminiscente se alejaba, y la noche se hacía cada vez más oscura. 

sábado, 17 de octubre de 2020

Leyenda

Cabeza de mujer llorando, de Pablo Picasso
Cuentan que hace años las guerras, asesinatos y violencia eran terribles, y que la hambruna y las revueltas se extendían sin que ni un solo lugar, ni una persona se librara de ellas. Fue entonces cuando las autoridades de la ciudad crearon a La Llorona. Contrataron a una joven muy atractiva y motivada, y la sentaron en un trono dorado en la Plaza Mayor. Allí recibía las penas y el dolor que los ciudadanos le contaban. La Llorona los escuchaba con tanto sentimiento que recogía con sus lágrimas la aflicción del doliente y la hacía suya. Recibió historias de toda clase de desgracias y, con su llanto, liberaba de pesadumbre a la población, cada vez más liberada, gracias a ella del sufrimiento. Así, la antaño triste ciudad pasó a ser feliz, sin conciencia de padecimiento alguno, y La Llorona, a pesar de sus angustias, se sentía satisfecha viendo sonreír a la gente que paseaba reconfortada por la plaza.

            A la vista del éxito, en todas las ciudades, se fueron contratando Lloronas que, con mayor o menor éxito, conseguían un mundo más feliz.

            —Pero seguía habiendo guerras, hambre y enfermedades ¿no, abuelo? —interpeló el pequeño.

            —Dicen que, aunque nunca desapareció la desgracia, se saboreaba la felicidad por todas partes. Si aparecía un hombre asesinado, el que lo descubría buscaba la Llorona más cercana y volvía feliz a casa; que si una joven era violada acudía a la Llorona. Así la facilidad del pueblo para olvidar las desgracias podía compararse con el deseo de la Llorona de cumplir su misión.

            —¿Y nunca se cansaba?

            —Sostienen que la Llorona de la Plaza Mayor fue la mejor, y que algunas llegaron a ser incapaces acumular tanta congoja. Entonces buscaban a otra llorona más eficiente para desahogarse —contestó el abuelo con paciencia.

            —¿Ponían entonces a otra llorona en su lugar?

            —Comentan que el mal siguió creciendo amparado en el poco impacto que tenía ya en una sociedad hedonista ajena al dolor, y que las lloronas cada vez tenían más trabajo. Bastaba la muerte del canario del pequeño, para que una la Llorona cargara con el dolor y el niño fuera tranquilamente a comprar otra mascota. Pero las lloronas disponibles eran cada vez más escasas y las más famosas cargaban con las penas de las más débiles, hasta no soportarlo.

            —Pues llegaría el momento en que desaparecieran, ¿no?

            —Refieren que al final solo quedó la de la Plaza Mayor. Había recogido el dolor de todas sus compañeras y, con ello, de toda la humanidad y que nunca dejó de llorar. Pero el mal existía, aunque el pueblo estuviera ajeno.

            —¿Pero nunca se cansaba? —insistió el niño.

            —He oído decir que nunca se agotó, pero tanto acumuló que llegó un día en que reventó de tanto dolor.

            —¿De verdad que una persona puede reventar?

Cuentan que explotó como una bomba. Dicen que en todo el planeta se vio la luz de la explosión. Sostienen que la gente estaba aterrorizada ante tantas desgracias. Comentan que el pueblo no paraba de llorar. Refieren que llegaron guerras, incendios, revueltas, terremotos y sequías interminables. He oído decir que, hace mucho tiempo, hubo un planeta llamado Tierra.

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viernes, 16 de octubre de 2020

Distinto (el inmigrante)

Mundo oculto, de Aurelio Suárez

Sus pupilas amarillo cadmio lo delataban. Paseaba por las calles, entraba en los bares e incluso participaba en los mentideros, pero no nos engañaba, sabíamos que era diferente. Desde que se inició el Programa para la Regeneración, Transmutación e Hibridación de Especies (PRTHE) nos acostumbramos a todo. A nadie le extrañaba ver a un joven con alas de gaviota, un ave con patas de zorro, un mamífero con piel de serpiente, o un reptil con el dulce rostro de una anciana. El programa había sido un éxito, se había salvado el ochenta por ciento de los animales en peligro y se habían creado otras familias nuevas, pero no se podían permitir errores, y era evidente que él lo era. No se había catalogado ninguna especie autóctona con las pupilas amarillas. Había que acabar con él.

viernes, 2 de octubre de 2020

Paseo Marítimo 23 - VI y último. El vecino del sótano

Un par de zapatos, de Vicent van Gogh

Melchor había alquilado un piso de vacaciones en el sótano del bloque de apartamentos, y le gustaba asomarse por el ventanuco que permitía entrar el sol y salir a las cucarachas y hablar con los zapatos de los y viandantes, aunque nunca le contestaran. El aislamiento que le condicionaba el habitáculo que había podido permitirse, no le preocupaba, ya que era un hombre con tendencia a la soledad y, por otra parte, los vecinos siempre parecían tener prisa a pesar de estar de vacaciones, y los que paseaban por el Paseo Marítimo, no se paraban o, si lo hacían, era para hablar con sus amigos. Es cierto que al principio intentó congeniar con alguno, incluso invitarlo a una copa en su casa, pero su aspecto desaliñado y modales poco refinados hacían que lo rechazaran o, al menos, eso pensaba él.

En poco tiempo ya localizaba a sus vecinos: los Martinelli granates de Manuel, limpios pero sin lustre, los refulgentes botines dorados de Mariano, las informales alpargatas negras y rojas ilustradas con frases de amor de Marcelino y María, las sucias botas Merrell de senderismo de Marcelino, las pezuñas impolutas de las jirafas, las chanclas de Marcelino y las deportivas gastadas de Moisés.

Todos, zapatos, botines, chanchas y el resto de las familias, lo miraban con curiosidad y, al verlo tan solitario, intentaban entablar conversación con él; pero como Melchor no entendía su idioma, nunca pudo responder. Un día, sus zapatillas, viejas, desgastadas y con la punta atravesada de tanto acariciarla en dedo del pie, se asomó a la ventana y, desde entonces, cada día se formaba un animado corrillo del que Melchor seguía ajeno, hasta que Manuel se agachó a ver qué pasaba, Mariano se sentó a ver la puesta de sol, Marcelino y María escribieron sus impresiones en las suelas, el faro las leyó y las tradujo a su personal lenguaje binario ─1-0-0-1-1-0─, que Moisés trasladó a su amigo del primero. Marcelino lo escuchó atentamente y se volvió a Melchor con el mensaje que acabaría con su soledad: «Hola-0-0-¿Una-cervecita?-0».

viernes, 25 de septiembre de 2020

Paseo Marítimo 23 - V: El vecino del primero

Plata de la Costilla

Mateo había alquilado un piso de vacaciones en la primera planta del bloque de apartamentos, y le gustaba asomarse al balcón y hablar con un funcionario municipal encargado de la limpieza y mantenimiento de las farolas. Se llamaba Moisés y, en realidad, más que farolero ─como él se nombraba con cierto desprecio─, su vocación había sido la de farero.

Desde el punto en que coincidía con Mateo, la visión del faro de la localidad era magnífica y allí mantenía conversaciones continuas con él, ocasionalmente interrumpidas por las gaviotas que subían y bajaban, el retraso del ocaso por culpa del vecino del séptimo, las molestias del mayor de la familia de las jirafas que, harto de leer los cartelitos del quinto, ahora se empeñaba en aprender a interpretar los destellos de la luz.

El faro tenía un ritmo fácil de retener e interpretar, que Mateo había aprendido: 1-0-0-1-1-0; siendo 1 la luz y 0 el descanso. Que las lecturas que faro, vecinos, farolero y jirafa daban a las ráfagas y los silencios solo ellos sabían si eran reales.

─1-0-0-1-1-0 ─saludo el faro.

─Hola-0-0-¿Cómo-estás?-0 ─respondió el farero.

─Bien-0-0-buenas-noches-0.

─¡Farero!-0-0-¿Qué-dice?-0 ─intervino Mateo.

─Nada-0-0-solo-saluda-0.

─1-0-0-1-1-0 ─comentó feliz la jirafa, que creía entender algo.

No era sistema binario ni morse ni nada parecido, era solo una conversación marcada por los deseos de comunicarse y el sentido común.

Un día hubo un gran corte de luz en la ciudad. Moisés a la vista del fallo se quedó tranquilamente en su casa, a Mateo no le sonó el despertador eléctrico y se quedó dormido, la oscuridad rompió el periódico romance de los balcones del quinto y los ejercicios de lectura de la jirafa, y el faro lanzó un desesperado mensaje antes de quedarse sin energía, aunque nadie pudo escuchar sus últimas palabras: «1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; ¡Cuidado-0-0-hay-rocas! -0! ¡Atención-0-0-gran-marejada-0», a las que el eco replicó desde un barco mercante «1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; SOS-0-0-SOS-SOS-0; SOS-0-0-SOS-SOS-0».