—Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quisieres y come lo que pudieres, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.
Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno
jueves, 24 de diciembre de 2020
FELICIDADES
sábado, 19 de diciembre de 2020
Navidad 2020 - I: Nochebuena
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| Navidad Mística, de Sandro Botticelli |
Iban fatal de tiempo. Los Reyes se habían entretenido en diferentes recepciones y los pastores, a los que les habían llegado rumores del plan de Herodes con los Santos Inocentes, se escondieron o demoraron a ver qué pasaba. Hasta el Ángel se vio afectado por una tormenta que lo desvió hacia el mar. Cuando finalmente llegaron, el portal estaba vacío y en el suelo pudieron encontrar la propaganda de una posada en Egipto.
sábado, 12 de diciembre de 2020
Palabras de consuelo
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| Valentine Gode-Darel, de Ferdinad Hodler |
Ella, en silencio, finge que se lo cree y sonríe a
los que están en la rodean —ya verás que en poco tiempo estarás
bien, no te preocupes, es cuestión de paciencia, sé valiente, tienes que
descansar y comer—. Disimula en silencio y todos
se van satisfechos. Todos menos uno, un caballero enjuto vestido de negro y con
un reloj en la mano, con el que tampoco quiere conversar.
sábado, 5 de diciembre de 2020
Introspección

Bailarina basculando, de Edgar Degas
Su condición de
sordociega no le impidió disfrutar de la belleza. Comenzó su aventura en París,
donde le dejaron que acariciara y estudiara a La Victoria alada de Samotracia. Se impresionó tanto que, cuando la
recordaba, imitaba los movimientos con que la acarició en una especie de baile
sensual, sinuoso. Repitió la experiencia, entre otras, con La Piedad, El discóbolo, Nefertiti, El pensador y El éxtasis de
Santa Teresa.
Cada recuerdo, cada representación era un baile distinto, lento, profundo
e hipnotizador, y así lo entendió un célebre coreógrafo, que la llevó a estudiar
esculturas famosas y, para cada una de ellas, compuso una obra musical basada
en percusión, que ella notaba por la vibración del suelo. Recorrió el mundo
entero, alcanzando grandes éxitos con coreografías como El dolor de Laoconte, La noche oscura del Moái o Los amores de Venus y David.
En el cénit de su fama se encerró en su casa casi un año para aislarse y crear
su baile más hermoso, personal y sincero. En el estreno, sin música, iluminada
por un potente foco, y en un silencio casi religioso, comenzó a bailar como en un
milagro invertebrado, para ofrecernos su más logrado número: Autorretrato.
sábado, 28 de noviembre de 2020
Endogamia

Una boda aristocrática, de Federico Jiménez Fernández
Confesé a mis padres lo que había hecho, pero no quisieron perdonarme. Me
había casado en secreto con Puchi, mi osito de peluche. Era un amor y tenía una
mirada tan tierna y amable, que me enamoré y decidí pasar toda la vida con él.
No se enfadaron por la boda, lo que les molestó es que lo hubiera
mantenido en secreto. Estuvieron meses sin hablarme. No sabían cómo decirme que
mi padre tuvo una aventura con Mamá Osa, y que yo había heredado su nariz chata
y esa manera tan extraña de llorar.
domingo, 22 de noviembre de 2020
La España vaciada - y IV. La tierra

Campesino cavando, de Vicent Van Gogh
La torre de la iglesia semejaba un solitario mástil en el mar de
trigo que se extendía hasta el horizonte, sin que una mínima sombra rompiera la
sensación de soledad y desasosiego que rodeaba al pequeño pueblo extremeño.
Alrededor de la iglesia, la plaza, dos calles empedraras y una veintena de
casas, completaban la fisonomía de la aldea.
Los pocos ancianos que allí vivían,
imposibilitados en su mayoría, rara vez salían de su domicilio y, si lo hacían,
era para coger el pan y alguna vianda que en una furgoneta llegaba una vez a la
semana.
Arturo, que a sus setenta y cuatro años era el
único que se mantenía sano y ágil, se había marcado como meta la atención a sus
vecinos y el mantenimiento del pueblo. Su jornada empezaba a las siete de la
mañana cuando tañía la campan de la iglesia.
Las siete
campanadas, asustaban a las palomas, que salían volando a picotear el trigo; a
las abejas que revoloteaban de flor en flor; a las ratas, que aparecían y
desaparecían camufladas en los arados; a los conejos que corrían hacia sus
madrigueras; a los halcones que alertados por tañido y el trasiego de roedores
abandonaban su sueño para buscar alimento; a los cazadores que apuntaban
indecisos al suelo y al cielo; y a los vecinos que empezaban un nuevo día con
sus dolencias.
Un día Arturo
enfermó, las campanas se mantuvieron en silencio, las palomas, las abejas, las
ratas, los conejos, los halcones, los cazadores y los vecinos esperaron
expectantes su sonido, y el pueblo se sumió en la profunda tristeza de una
tierra desolada.
sábado, 14 de noviembre de 2020
La España vaciada - III. El gobierno

La gloria del pueblo. de Antonio Fillol
Don Nicomedes Ortiz Lasarte, cronista, boticario, tendero,
camarero, cura, padre —o tío— de su hijo —o sobrino—, Nicomedes —Nico—, era alcalde, de un
pequeño pueblo aragonés. No había más habitantes, pero entre los tres, porque
en realidad eran tres, se entendían bien. El tercero en discordia era Nicolás,
el fiel gato, que tenía encargada la limpieza y depuración de ratones y
cucarachas. Don Nicomedes mandaba, Nico obedecía y Nicolás correteaba insectos
y roedores, y así eran felices. Un día Nicolás desapareció, Nico se fue en
busca de nuevos horizontes, y el cronista, boticario, tendero, cura, padre —o
tío— y alcalde, perdió a sus lectores, pacientes, clientes, comensales, fieles,
hijo —o sobrino—, y ciudadanos. La desolación fue tremenda y don Nicomedes
escribió su última crónica: Con fecha de
hoy, yo, Nicomedes Ortiz Lasarte, dimito de todos mis cargos, y cedo los
terrenos municipales a la Constructora Nuevo Pueblo Nico, propiedad de don
Nicomedes Ortiz Expósito.
sábado, 7 de noviembre de 2020
La España vaciada - II. La vuelta
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| Fiesta en el campo, de Francisco Iturrino |
Para la feria, los treinta vecinos del pequeño pueblo andaluz prepararon una carrillada y un baile en la plaza del ayuntamiento. La comida, regada por abundante vino del lugar, resultó exquisita; el ambiente, gracias al día primaveral que amaneció y a la amistad que los unía, alegre y gratificante; y el baile, con boleros, rumbas, sevillanas y otros cantes tradicionales rematados por los fandangos de siempre, magnífica clausura de la jornada festiva.
Días más tarde, en su acomodado sillón en la capital, algunos miraron con nostalgia las fotografías que desde el pueblo les habían enviado, y decidieron que, en cuando pudieran, volverían, que allí se vive mejor que en cualquier otra parte, que es más sano y que no había maldad, pero habían olvidado el camino.
viernes, 6 de noviembre de 2020
La España vaciada - I. La fiesta
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| El pan de fiesta (Castilla) de Joaquín Sorolla y Bastida |
Los veinte ancianos que completaban la nómina del pequeño pueblo castellano hicieron una recolecta de un euro por persona, para comprar una fregona, un cubo, una escoba y el recogedor, y poder así adecentar la iglesia y el casino. Una vez realizada la compra y viendo que, por su avanzada edad, ninguno podía llevar a cabo la tarea propuesta, decidieron donarla para la rifa que se hacía con motivo de las fiestas del Santo Patrón. La jornada transcurrió de la forma en que se esperaba, el baile fue todo un éxito a pesar de los quebrantados huesos de los vecinos, hubo una comida en la que cada uno aportó lo que pudo y quiso —a destacar la carrillada del alcalde—, y los cuatro ganadores del sorteo se fueron felices cada uno con su premio.
sábado, 24 de octubre de 2020
Hacia un nuevo mundo

Noche de verano, de Piet Mondrian
El calentamiento global, la sequía, los incendios, inundaciones y otras
catástrofes naturales, unidas a las sucesivas guerras y a una desconocida y
mortífera pandemia, llevaban a la Tierra a su final, y sus habitantes se
organizaron para abandonarla.
Los científicos construyeron una nave inmensa, un
nuevo Arca de Noé, con forma de cesta de mimbre, cubierta por una escafandra
transparente y rodeada de gruesas cadenas.
Una sincrónica y potente pedalada de los más de
doscientos millones de hombres y mujeres que iban a iniciar la aventura fue
suficiente para que la potente dínamo de la nave pusiera en marcha el motor que
la acercaría a su destino. Llegó, tal como estaba previsto, al polo sur del
satélite una noche de luna llena. Una vez allí lo rodearon con una gran cincha
metálica, con ocho ganchos distribuidos a lo largo de toda la circunferencia,
en los que colgaron las cadenas que llevaban en el fondo de la nave; y
asegurada la canasta lo trepanaron hasta ahuecarlo, encendieron los quemadores
y con un gran fogonazo, comenzaron a desplazarse.
sábado, 17 de octubre de 2020
Leyenda
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| Cabeza de mujer llorando, de Pablo Picasso |
A
la vista del éxito, en todas las ciudades, se fueron contratando Lloronas que,
con mayor o menor éxito, conseguían un mundo más feliz.
—Pero seguía habiendo guerras, hambre y enfermedades ¿no, abuelo? —interpeló el pequeño.
—Dicen que, aunque nunca desapareció la desgracia, se
saboreaba la felicidad por todas partes. Si aparecía un hombre asesinado, el
que lo descubría buscaba la Llorona más cercana y volvía feliz a casa; que si una
joven era violada acudía a la Llorona. Así la facilidad del pueblo para olvidar
las desgracias podía compararse con el deseo de la Llorona de cumplir su
misión.
—¿Y
nunca se cansaba?
—Sostienen
que la Llorona de la Plaza Mayor fue la mejor, y que algunas llegaron a ser
incapaces acumular tanta congoja. Entonces buscaban a otra llorona más
eficiente para desahogarse —contestó el abuelo con paciencia.
—¿Ponían
entonces a otra llorona en su lugar?
—Comentan
que el mal siguió creciendo amparado en el poco impacto que tenía ya en una
sociedad hedonista ajena al dolor, y que las lloronas cada vez tenían más
trabajo. Bastaba la muerte del canario del pequeño, para que una la Llorona
cargara con el dolor y el niño fuera tranquilamente a comprar otra mascota.
Pero las lloronas disponibles eran cada vez más escasas y las más famosas
cargaban con las penas de las más débiles, hasta no soportarlo.
—Pues
llegaría el momento en que desaparecieran, ¿no?
—Refieren
que al final solo quedó la de la Plaza Mayor. Había recogido el dolor de todas
sus compañeras y, con ello, de toda la humanidad y que nunca dejó de llorar.
Pero el mal existía, aunque el pueblo estuviera ajeno.
—¿Pero
nunca se cansaba? —insistió el niño.
—He
oído decir que nunca se agotó, pero tanto acumuló que llegó un día en que
reventó de tanto dolor.
—¿De
verdad que una persona puede reventar?
Cuentan que explotó como una bomba. Dicen que en todo el planeta se vio la luz de la explosión. Sostienen que la gente estaba aterrorizada ante tantas desgracias. Comentan que el pueblo no paraba de llorar. Refieren que llegaron guerras, incendios, revueltas, terremotos y sequías interminables. He oído decir que, hace mucho tiempo, hubo un planeta llamado Tierra.
.
viernes, 16 de octubre de 2020
Distinto (el inmigrante)
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| Mundo oculto, de Aurelio Suárez |
Sus pupilas amarillo cadmio lo delataban. Paseaba por las calles, entraba en los bares e incluso participaba en los mentideros, pero no nos engañaba, sabíamos que era diferente. Desde que se inició el Programa para la Regeneración, Transmutación e Hibridación de Especies (PRTHE) nos acostumbramos a todo. A nadie le extrañaba ver a un joven con alas de gaviota, un ave con patas de zorro, un mamífero con piel de serpiente, o un reptil con el dulce rostro de una anciana. El programa había sido un éxito, se había salvado el ochenta por ciento de los animales en peligro y se habían creado otras familias nuevas, pero no se podían permitir errores, y era evidente que él lo era. No se había catalogado ninguna especie autóctona con las pupilas amarillas. Había que acabar con él.
viernes, 2 de octubre de 2020
Paseo Marítimo 23 - VI y último. El vecino del sótano

Un par de zapatos, de Vicent van Gogh
Melchor había alquilado un piso de vacaciones en el sótano del bloque de apartamentos, y le gustaba asomarse por el ventanuco que permitía entrar el sol y salir a las cucarachas y hablar con los zapatos de los y viandantes, aunque nunca le contestaran. El aislamiento que le condicionaba el habitáculo que había podido permitirse, no le preocupaba, ya que era un hombre con tendencia a la soledad y, por otra parte, los vecinos siempre parecían tener prisa a pesar de estar de vacaciones, y los que paseaban por el Paseo Marítimo, no se paraban o, si lo hacían, era para hablar con sus amigos. Es cierto que al principio intentó congeniar con alguno, incluso invitarlo a una copa en su casa, pero su aspecto desaliñado y modales poco refinados hacían que lo rechazaran o, al menos, eso pensaba él.
En
poco tiempo ya localizaba a sus vecinos: los Martinelli granates de
Manuel, limpios pero sin lustre, los refulgentes botines dorados de Mariano,
las informales alpargatas negras y rojas ilustradas con frases de amor de
Marcelino y María, las sucias botas Merrell de senderismo de Marcelino, las pezuñas impolutas de las jirafas, las chanclas de Marcelino y las
deportivas gastadas de Moisés.
Todos,
zapatos, botines, chanchas y el resto de las familias, lo miraban con curiosidad
y, al verlo tan solitario, intentaban entablar conversación con él; pero como
Melchor no entendía su idioma, nunca pudo responder. Un día, sus zapatillas,
viejas, desgastadas y con la punta atravesada de tanto acariciarla en dedo del
pie, se asomó a la ventana y, desde entonces, cada día se formaba un animado
corrillo del que Melchor seguía ajeno, hasta que Manuel se agachó a ver qué
pasaba, Mariano se sentó a ver la puesta de sol, Marcelino y María escribieron
sus impresiones en las suelas, el faro las leyó y las tradujo a su personal lenguaje
binario ─1-0-0-1-1-0─, que Moisés trasladó a su
amigo del primero. Marcelino lo escuchó atentamente y se volvió a Melchor con
el mensaje que acabaría con su soledad: «Hola-0-0-¿Una-cervecita?-0».
viernes, 25 de septiembre de 2020
Paseo Marítimo 23 - V: El vecino del primero
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| Plata de la Costilla |
Mateo había alquilado un piso de vacaciones en la primera planta del bloque de apartamentos, y le gustaba asomarse al balcón y hablar con un funcionario municipal encargado de la limpieza y mantenimiento de las farolas. Se llamaba Moisés y, en realidad, más que farolero ─como él se nombraba con cierto desprecio─, su vocación había sido la de farero.
Desde el punto en que coincidía con Mateo, la visión del faro de la
localidad era magnífica y allí mantenía conversaciones continuas con él,
ocasionalmente interrumpidas por las gaviotas que subían y bajaban, el retraso
del ocaso por culpa del vecino del séptimo, las molestias del mayor de la
familia de las jirafas que, harto de leer los cartelitos del quinto, ahora se
empeñaba en aprender a interpretar los destellos de la luz.
El faro tenía un ritmo fácil de retener e interpretar, que Mateo había aprendido: 1-0-0-1-1-0; siendo 1 la luz y 0 el descanso. Que las lecturas que faro, vecinos, farolero y jirafa daban a las ráfagas y los silencios solo ellos sabían si eran reales.
─Hola-0-0-¿Cómo-estás?-0 ─respondió el farero.
─Bien-0-0-buenas-noches-0.
─¡Farero!-0-0-¿Qué-dice?-0 ─intervino Mateo.
─Nada-0-0-solo-saluda-0.
─1-0-0-1-1-0 ─comentó feliz la jirafa, que creía entender algo.
No era sistema binario ni morse ni nada parecido, era solo una conversación marcada por los deseos de comunicarse y el sentido común.
Un día hubo un gran corte de luz en la ciudad. Moisés a la vista del fallo se quedó tranquilamente en su casa, a Mateo no le sonó el despertador eléctrico y se quedó dormido, la oscuridad rompió el periódico romance de los balcones del quinto y los ejercicios de lectura de la jirafa, y el faro lanzó un desesperado mensaje antes de quedarse sin energía, aunque nadie pudo escuchar sus últimas palabras: «1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; ¡Cuidado-0-0-hay-rocas! -0! ¡Atención-0-0-gran-marejada-0», a las que el eco replicó desde un barco mercante «1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; 1-0-0-1-1-0; SOS-0-0-SOS-SOS-0; SOS-0-0-SOS-SOS-0».
sábado, 19 de septiembre de 2020
Paseo Marítimo 23 - IV: El vecino del tercero

Jirafas. Pintura rupestre
Marcial había alquilado un piso de vacaciones en
la tercera planta del bloque de apartamentos y, aunque le molestaba el ir y
venir de las gaviotas al balcón del noveno y los soliloquios de su vecino del
séptimo, le gustaba asomarse al balcón y hablar con una familia de jirafas que
disfrutaban de su veraneo en la playa.
El grupo
familiar, formado por el matrimonio, el abuelo y cinco retoños, resultaba muy
molesto para la población, y. especialmente, para Marcelino el vecino del quito
y su amiga del bloque contiguo, ya que el mayor de los hijos se había empeñado
en aprender a leer en los mensajes que cada día colgaban de su ventana.
─Los hosteleros ─decía Papá Jirafa─ se quejan del tamaño de nuestras
pezuñas y de la visión incómoda que ofrecen nuestras partes nobles desde las
terrazas de los bares, los empleados de la limpieza del tamaño de nuestras moñigas,
y los usuarios de que cuando nos tumbamos ocupamos toda la playa; pero es que
no hay ropa, ni servicios, ni espacios reservados para nosotros.
Marcial le preguntó qué
porqué no volvían a su tierra y el abuelo le contestó que su vida allí corría
peligro con los furtivos, que aquí estaban más tranquilos, aunque tenían miedo
de que algún desaprensivo los cazara para un circo, especialmente desde que
okuparon la letra A del bajo, primero, segundo, tercero y cuarto de un bloque
cercano y rompieron el suelo de cada planta para poder entrar. Los vecinos de
las puertas B, C y D están indignados. Marcial no sabía cómo aconsejarles ─-para
él las costumbres de las jirafas y la legislación que las ampara era totalmente
desconocida─, pero se propuso ayudarlos buscándoles trabajo.
Ha pasado el tiempo y el
abuelo trabaja de vigilante de la playa; el padre es representante de su mujer ─modelo
de alta joyería especializada en collares y pendientes─, su hijo mayor es escritor
y periodista, y los pequeños van a la escuela con gran aprovechamiento y éxito
en las pruebas deportivas. Con sus ahorros se han comprado las cuatro plantas
del edificio okupado, son respetados por sus vecinos y mantienen la amistad con
Marcial que cada verano vuelve y se reencuentra con ellos. Todos están bien,
salvo el hijo mayor que, de tanto agacharse y girar para leer los carteles de a
Marcelino y María, se produjo una hernia cervical, la enfermedad más temida por
las jirafas.
sábado, 12 de septiembre de 2020
Paseo Marítimo 23 - III: El vecino del quinto
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| La condición humana, de René Magritte |
Marcelino había alquilado un piso de vacaciones en la quinta planta del bloque de apartamentos, y le gustaba asomarse al balcón y mirar a la joven del quinto del bloque veintiuno. Lo hacía cada día disimuladamente, cuando el sol la iluminaba distraído hablando con el vecino del séptimo.
Un día notó que ella le hacía señas, cogió los prismáticos y
la vio en la ventana, hermosa, sonriente, y con un cartel en la mano que decía:
«Hola, me llamo María».
Sin dudarlo, él contestó con otra nota escrita en un cartón: «Hola, soy
Marcelino».
Ese fue el
comienzo de una larga amistad a distancia, con mensajes del día a día,
historias, juegos, fantasías, guiños y cotilleos, hasta que un día ella
escribió: «¿Quedamos esta noche en el paseo?», Marcelino respondió con un gran «sí»
en mayúsculas y remarcado en rojo.
Poco después ambos estaban en la puerta de sus respectivas
casas. Ella alta, algo ancha de caderas rubia, de unos cuarenta años, y con una
sonrisa arrebatadora; él algo achaparrado pero atractivo y con una mirada azul
cautivadora. A pesar de reconocerse, no dieron el paso. Ella disimula hablando
por teléfono mientras él encendía y apagaba cigarrillos de manera compulsiva,
hasta que agacharon la cabeza y volvieron a sus casas.
Un lacónico mensaje colgado del balcón de María fue lo
primero que Marcelino vio al despertarse al día siguiente: «Mejor otro día».
Desde entonces se comunican a diario con carteles cada vez
más elaborados ─«te quiero», «no podría vivir sin ti»,
«si no veo tu saludo» y «tu sonrisa el mundo oscurecerá»─, pero también, cada
verano, más distantes en el tiempo, hasta ser solo un recordatorio de fechas
importantes ─«Feliz cumpleaños» o «feliz aniversario»─, normalmente adornados
con dibujos de flores o una tarta con velitas recordando su primer encuentro.
Hoy la casa Marcelino está vacía y de su balcón cuelga un anuncio con el texto «se vende». A María, con los años, la vista no le llega.
jueves, 10 de septiembre de 2020
domingo, 6 de septiembre de 2020
Paseo Marítimo 23 - II: El vecino del séptimo
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| Atardecer en el puerto, de Stephen Robert Koekkoek |
Mariano había alquilado un piso de vacaciones en la séptima planta del bloque de apartamentos, y le gustaba asomarse al balcón y tomarse una cerveza cuando el sol se ponía para hablar con él y despedirse hasta el día siguiente. Se quejaba siempre de las molestias que le causaban las alborotadoras gaviotas que subían a hablar con el vecino del noveno, pero procuraba obviarlas.
Le contaba sus cosas, cómo había ido el día, lo qué había almorzado, las peleas con su jefe, en fin, su rutina diaria. Lorenzo, que así lo llamaba, por su parte contestaba a su manera, se ponía excepcionalmente rojo cuando algo iba mal, se tapaba con un nimbo una parte para guiñarle y desearle suerte, se ocultaba tras las nubes cuando algo le disgustada, o se teñía de vivos tonos naranjas y amarillos los atardeceres de sueños de amor imposible con Catalina, a la que nunca podía alcanzar.
Se hicieron muy amigos. Nunca faltó Mariano a su cita con el ocaso, que cada día le gustaba más, y finalmente supo, pasados los años, que a Lorenzo también le gustaba acompañarlo en su crepúsculo.
jueves, 3 de septiembre de 2020
Paseo Marítimo 23 - I: El vecino del noveno
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| Gaviotas, de José Luis Barcelona |
viernes, 28 de agosto de 2020
Vacaciones de verano - y IV: De viaje
Ese año el matrimonio y su hijo alquilaron un coche para dar la vuelta al mundo, pero como tenían poco dinero, solo pudieron disfrutarlo una semana. Decididos como estaban a cumplir su objetivo, hicieron el viaje a cuatrocientos veinte kilómetros hora, sin parar ni un solo momento, durante los siete días que duró su viaje de setenta mil kilómetros, y regresaron justo en el momento en el que el rent a car cerraba.
Al levantarse al día siguiente los tres se juntaron para desayunar y
hacer un pequeño diario de su travesía en el que reflejaron su hazaña: Hemos
dado la vuelta al mundo, algún día volveremos a hacerlo, dicen que es precioso.











