![]() |
| La pesadilla, de Johann H. Füssli |
Solo entonces conseguí volver a su sueño.
—Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quisieres y come lo que pudieres, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.
![]() |
| El abuelo cuenta una historia,. de Albert Anker |

Perros de traílla, de Francisco de Goya
Bruno
tenía cuatro perros: Bosco, Buda, Brita y Beth.
Para su can más amado, Bosco, un gran
bóxer, era muy especial Buda, un beagle juguetón, que siempre procuraba
acercarse a Brita, un pequeño bulldog, que solo quería que el travieso Beth, un
bichón frisé, lo dejara tranquilo.
Una noche Beth descubrió Bruno no
despertaba por mucho que lo zarandeara y le ladrara.
Pasaron días y llegó el hambre, Bosco le
dio un tímido bocado al lomo de Bruno. Los demás, lo imitaron y en pocos
minutos se estaban dando un festín.
Semanas más tarde, terminadas las
provisiones, Bosco atacó a Beth ante las protestas de Buda y Brita que, no
obstante, también disfrutaron del ágape, y más terde convenció a Buda de que,
sin el pequeño bichón, solo les quedaba Brita, que no pudo defenderse.
Sin Bruno, y muertos Beth y Brita, Buda
vigilaba constantemente a Bosco, pero éste, aprovechando un descuido, acabó con
él para su avituallamiento.
Con la tranquilidad de que nadie lo
amenazaba, Bosco murió de soledad entre los huesos de sus amigos.

Shooter. El tirador. Fotograma
Desde su atalaya vio dividirse
a las naciones en parcelas de odio, como las ciudades de cuarteaban en
minúsculos barrios, cada uno de ellos en bloques formados por pequeños
apartamentos, y cada fachada en cientos de ventanas, todas iguales, vacías. Tabicó
su casa, cerró habitaciones, transformó sus ojos en una lente, su mirada en un
caleidoscopio, y su mano en cinco martillos. Se encendió entonces una luz, respiró,
parceló su cordura en ilusorias justificaciones, levantó
un muro entre el corazón y sus manos, entre la razón y su decisión, acechó
a su presa y disparó.
Un rictus
de dolor y, quizás, arrepentimiento en su rostro exánime fue el postrero mensaje que
dejó el último superviviente que se conoce de la cruel guerra fraticida.

El nombre de la rosa. Fotograma
Ninguno
de nosotros dudaba de la sabiduría del abad, que se obcecaba en enseñarnos la
verdad escondida en el misterio de la palabra escrita. Nos habló de la
providencia, de nuestros ancestros, del cielo y del infierno, pero nunca nos
dijo nada del motivo de su presencia. Solo nos pedía que le prestáramos
atención y que recordáramos cada frase, porque, decía, nunca podrá olvidar la escena
dantesca del fuego adueñándose de las palabras para borrar el pasado y así
dominar el futuro.
Todos lo escuchamos atención
mientras, al fondo, alguien buscaba agazapado un resquicio para quemar el
presente.
![]() |
| Superman.Comic |
Se había roto el secreto de la
identidad real de Superman, y la familia Kent gozaba de una gran consideración
entre sus vecinos, que comenzaron a llamar al retoño Supernene. Fuera por culpa
de las malas compañías o por su carácter irreflexivo, con cinco años ya era
conocido en los peores ambientes del barrio, cumplidos los diez era el
cabecilla de una banda de atracadores y con quince fue contratado como sicario
por los principales capos mafiosos. Encarcelado en repetidas ocasiones, siempre
lograba escapar, hasta que lo encerraron en una celda rodeada por totas partes
de kryptopnita, lo juzgaron y lo condenaron a pena de muerte.
Clark pidió clemencia, prometió
que lo reeducarían y que cambiaría, incluso amenazó a jueces y gobernantes, pero
todo fue inútil, y una inyección con el líquido verde fluorescente acabó con la
vida de Johnny.
Pocos días después Superman, volaba hacia Metrópolis con una bomba de neutrones sobre sus espaldas.
![]() |
| El acuerdo matrimonial, de William Hogarth |
Terminada la cena fueron al
jardín en busca de sus respectivos vástagos, y se encontraron al perrito de
peluche de la pequeña Katrina, pisando la cabeza rota del patito de goma del
duquesito. El acuerdo nunca llegó a firmarse.

The Beatles, de Andy Warhol
Desde
su adolescencia había sido un obsesivo admirador de los Beatles, se hizo
músico, se casó y fue a Liverpool de luna de miel. Tuvo cuatro hijos —Pablo,
Juan, Jorge y Ricardo—, a los que matriculó en el conservatorio al cumplir los
cuatro años.
Los dos mayores se hicieron científicos,
el tercero médico y el benjamín arquitecto. A pesar de que todos alcanzaron
notoriedad en su trabajo, nunca pudo perdonarles lo que consideraba una
traición.
Tanto fue su desprecio que se fueron
alejando y dejaron de verlo hasta su ochenta cumpleaños. Querían que ese día
fuera especial. Se presentaron en su casa vestidos a la usanza de los sesenta, con
las guitarras, el bajo y la batería. Le dedicaron una versión más que digna de A day in the live, su canción
favorita. Terminada la actuación
observaron como balbuceaba en su silla de ruedas y, con el dedo índice
apuntando al techo, contaba los cuatro mil agujeros de Blackburn.

Paris Society, de Max Beckmande
Mientras la
esperaba fumando como cada día un cigarrillo, el camarero me trajo un Martini
sobre un disco roto de Pablo Abraira que usaba de bandeja. Nada había cambiado:
carátulas adornando las paredes, música melódica, álbumes como salvamanteles y
una pátina de humo sobre las luces rojas de neón que daba al espacio el valor
de la remembranza.
Me
tapó los ojos, pero la suavidad de sus manos y el inconfundible olor a Jabón
Lux la delataron. La besé, el camarero nos sirvió otro vermú, cayó la colilla a
la moqueta y volvió a sonar la sirena de los bomberos.
![]() |
| Inmigrantes, de Jesús Serrano Francés |
El llanto de niñoos asustados
aumentaba la tragedia que se estaba viviendo.
Nazir, ya en altamar y con la
barcaza a la deriva tras ser abandonada por el patrón, sollozaba de impotencia
al ver alejarse el cuerpo de un compañero muerto de frío, hambre y
desesperación.
Alcanzada la tierra prometida, un
voluntario intentaba arrancar de los brazos de la madre a un niño que había
fallecido en la travesía. Sus lágrimas se mezclaron en un abrazo con las de la
madre.
Tras meses en un refugio Nazir fue deportado y volvió deshecho en llanto ante la pérdida de su única
esperanza.
Un miembro de la Cruz Roja lo
acompañó hasta el embarcadero.
Ese mismo día la imagen de un
pequeño medido por las olas en la playa sobrecogió a los veraneantes presentes,
que no pudieron contener las lágrimas.
Tanto fue el lloro, tantas las lágrimas de Maysa, de Nazir, de las madres y los niños, de hombres y mujeres fuertes y decididos, de los voluntarios, de los veraneantes, de las almas desesperadas de los emigrantes y acomodadas del primer mundo, que el Mediterráneo se desbordó y una inmensa ola de dolor inundó ciudades, países, conciencias y alma.

Borracho, de Charles Groux
Ese día cumplía ochenta años y no
estaba dispuesto a pasarlo solo. Lo preparó todo con mucho esmero en su casa de
campo, repasó la mesa en la que había puesto su mejor vajilla y unos entremeses,
y se sirvió una copa: No había invitado a nadie, pero tenía la esperanza de que
se acordaran del día y acudieran a celebrarlo.
Ya anochecía y aún seguía solo, por
lo que se sirvió otra copa y otra y una cuarta, y por fin vio entrar a su mujer
con sus cuatro hijos. Les ofreció vino, brindó con ellos y se sirvió para acompañarlos.
Vinieron más tarde sus compañeros de trabajo y otros amigos, para los que abrió
una nueva botella que se fue bebiendo alegremente mientras lo escuchaban.
Llegaron algunos miembros de su pandilla del colegio, varios actores,
futbolistas, incluidos los de
Empezó a entrar gente desconocida,
pero a él no le importaba, hablaba con todos y brindaba con ellos con el
güisqui que había reservado para la ocasión. Les enseñaba los animales que
estaban entrando por las ventanas, búhos parecían, y las arañas que surcaban el
techo, y se reía viendo como reptaban algunas serpientes, y jugueteaban entre
las piernas de los invitados unas fichas de ajedrez.
Comenzó a sentirse mareado, se
sentó, se sirvió otra copa y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, el salón
estaba vacío y él tenía un terrible dolor de cabeza.
![]() |
| Cerebro humano, de Leonardo da Vinci |
Tan grande era nuestro sufrimiento que quedamos un día para
hablar e intentar solucionarlo de la forma que fuera. Nos reunimos una tarde y,
tras unirnos y volver a estar limpia y bien bombeada la sangre, volviendo a ser
uno solo, aflorando como siempre el odio y no encontrando solución, decidimos
llevar a cabo el suicidio y, para no sentirnos culpables de la muerte de la
otra mitad, nos fundimos en un prolongado abrazo con el juramento de no separarnos. Tras tomar la cicuta, acunado por mi yo emocional y mi opuesto racional, fallecí.
![]() |
| Joven tocando el piano, de Gustave Caillebotte |
Solo las velas de los candelabros del piano iluminaban el escenario. La banqueta de terciopelo verde aún permanecía vacía cuando llegó la hora del inicio del concierto. El profundo silencio se hizo entonces más intenso al sonar las notas del Nocturno de Debussy, que impregnó de nostalgia la sala.
Cuando el concierto terminó, una
leve corriente de aire apagó las velas y no se oyeron aplausos ni nadie se
movió de los asientos. Todos quedaron absortos mirando ese piano que, cada año,
sin que nadie lo tocara, terminaba la pieza que quedó inconclusa el día del
bombardeo.
![]() |
| Calle con buscona de rojo, de Ernst Ludwig Kirchner |
Me levanté y esbocé una ligera sonrisa, pero en ese momento vi cómo, hermosa e insinuante, contoneándose ante la mirada de todos los clientes del bar, se acercaba a otra mesa y besaba al chico. Terminé la taza de café y al salir entraba una chica rubia, hermosa e insinuante que entraba en el bar con un suéter rojo, a la que le cedí el paso, sin poder olvidar aquellos labios rojo bermellón.