DÍA TREINTA Y UNO DE JULIO, VIERNES: FERDICEL.
Fuimos a Ferdicel, adonde los llevé yo, Ferdicel.
Directamente los subí al castillo que coronaba la montaña
sobre cuya ladera se asentaba la ciudad, y lo hice cuando empezaba a anochecer.
Les expliqué que en la ciudad, Capital del Santo Libro la
llamaban, solo vivían escritores y que se dedicaban a escribir las veinticuatro horas
del día. Escribían poesía, novela, relatos, ensayos, enciclopedias, libros de
ciencia, historia, cocina, etcétera, y lo hacían sin descansar ni durante el
día ni de noche, de ahí el espectáculo
que les quería enseñar: una ciudad sumida en el silencio y solo iluminada por
la luz que sale de las ventanas de cada una de las miles de casas que bajan
desde el castillo hasta el valle. Pero me encontré con una sorpresa, solo tres o
cuatro casas estaban iluminadas, las demás, como toda la ciudad permanecían en
silencio y a oscuras.
Le pregunté al guarda del castillo. En la ciudad solo había
tres personas que no escribían —nos contó apesadumbrado—, el encargado de traer
la comida, el que recogía la basura y el que traía el papel. El primero murió,
pero los habitantes lo solventaron recogiendo comida de sus huertos, el segundo
faltó sin dar explicaciones y la basura se fue acumulando en la calle, pero eso
no impidió que la gente siguiera escribiendo, pero cuando falló el tercero, la
ciudad quedó sumida en una profunda tristeza y apatía y la mayoría de sus habitantes
emigraron. Solo quedan diez o doce
personas —continuó diciendo—, que habían hecho acopio de papel, pero que en
poco tiempo tendrán que marcharse como los demás.
Al acabar la visita, y, con ello nuestro viaje, nos
despedimos y cada uno volvió a su casa y a sus labores habituales. Yo, antes de
volver, me desvié a un almacén, compré todo el papel disponible, volví al
castillo, se lo entregué al guarda y me quedé a dormir. Al amanecer, cuando me
disponía a partir, observé que eran muchas las ventanas iluminadas.
Terminada mi aventura de vacaciones y este cuaderno de viaje,
volví al trabajo y la rutina. No he vuelto a ver a Carlián, Jostelio, Faltín,
Jon Malien, Barlino ni a Luerio, pero nunca los olvidaré de la misma forma que
estarán siempre presentes en mi memoria los maravillosos lugares que, gracias a
ellos, he conocido.
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Pueblo de noche morada, de Pipo Jost Nicolas
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