Tras
una larga ausencia, se sentó a tomar un café en el bar de la plaza del pueblo. Parecía
que no hubiera pasado el tiempo: el camarero era el de siempre y la clientela
la habitual, con más canas y algunas ausencias, el sol comenzaba a alumbrar tímidamente
la fachada rosa de la casa de enfrente, las farolas aún permanecían encendidas
dando un ambiente cálido a la plaza, solo roto por el ruido de algún coche o el
ladrido de un perro, y las palomas revoloteaban alrededor de la fuente.
Terminado
el café, dejó unas monedas en la mesa, cruzó la plaza entre los naranjos y las
cuatro palmeras que delimitaban la zona ajardinada, y se acercó a la esquina,
al puestecillo en que de niño compraba chucherías y pasados los años el único
cigarrillo que la salud y su familia le permitían, y que se fumaba con el
anciano quiosquero, mientras mantenía una intrascendente conversación sobre
fútbol o el tiempo.
Al
llegar a la esquina y ver el quiosco cerrado, notó el profundo silencio de la
ausencia y su desazón se convirtió en añoranza.
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Quisco
en la plaza del Corrillo de Salamanca, de Marta Ferreras
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