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Sirena y Tritón. Dibujo anónimo ruso |
En un
tiempo lejano, allí por los confines del océano, muchos valientes habitantes
del tercer mundo se mutaron a peces, empujados por el hambre y la necesidad de
supervivencia. Tras meses, incluso años, sin poder arribar en la tierra
prometida, fueron perdiendo sus atributos humanos, se cubrieron de escamas, le
crecieron branquias y se olvidaron de su vida terrestre, ante le indiferencia e
incluso la satisfacción de los humanos.
En tierra los llamaron los pezombres, y los fines de semana iban a
buscarlos entre los juncos, en las orillas o os puertos, donde se alimentaban
de despojos, y se los enseñaban a los niños, que disfrutaban echándoles de
comer.
Pasado
el tiempo, la pesca furtiva y las grandes navieras acabaron con la pesca, los
pezombres comenzaron a pasar hambre y salieron de su hábitat a buscar comida en
la tierra. Los humanos, alarmados ante lo que consideraron una invasión, los
persiguieron, pero ellos, que no habían olvidado caminar, aprendieron a
escabullirse, esconderse y defenderse y, tal era su número y voracidad, que
acabaron con todo lo comestible.
El
último humano que sobrevivió a la hambruna creada, dejó escrito en una roca,
anres de morir: «Reparte tu pan, no tu hambre», y un pezombre escribió debajo:
«La maldad, más temprano que tarde, siempre tendrá replica».