Era una fría tarde de otoño cuando Juan se encontró a la joven,
delgada y con aspecto enfermizo, desvanecida en el suelo. Apiadándose de ella,
la subió en brazos a su casa y la acostó en su cama. A la mañana siguiente le
preparó el desayuno -leche y galletas-, pero encontró la cama vacía y, sobre
las sábanas, un papel en el que se podía leer “Gracias”.
Pasaron años y volvió a encontrar a la joven, inconsciente y
empapada por la lluvia reciente. Juan, que ya no tenía fuerzas para llevarla a
casa, la tumbó en un banco y la cubrió con su abrigo. Se repitió la historia,
el banco estaba vacío y al ponerse el abrigo encontró un papel con el mismo
mensaje: “Gracias”.
Por tercera vez, la encontró junto al portal. Habían pasado
años y él no podía levantarla, así que se sentó en el suelo junto a ella, la
arropó con su chaqueta y abrazados pasaron juntos la noche. A la mañana
siguiente cuando ella despertó, estaba sola y, sobre su falda, encontró un
papel que decía: “Gracias”.
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La mendiga, de Iman Maleki
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A la siguiente se lo agradecerán mutuamente.
ResponderEliminarA veces nuestras acciones son mucho más importantes de lo que creemos.
ResponderEliminarPara mi que a ambos les hubiera gustado recibir las gracias a la cara, asi que me apunto al final que Julio propuso.
ResponderEliminarBien, mejor una palabra y una mirada que un libro, un papel o un wasap.
EliminarOle, ole
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