El maratón debía comenzar a las siete en punto de la mañana
y la convocatoria, que había sido todo un éxito, hacía sentirse felices a los
concursantes y a los organizadores del evento.
Se habían inscrito más de tres mil corredores, novecientos
ciclistas, trescientos patinadores y otros doce participantes en silla de
ruedas. Esperaban impacientes la señal de salida, haciendo el precalentamiento
adecuado, y al momento de sonar el disparo, todos los corredores, incluyendo a
algunos más que se incorporaron a última hora, estaban ya recorriendo las principales
avenidas de la ciudad.
Los premios eran modestos, pero por encima de todo estaba la
importancia de participar en tan singular carrera, para la que tanto tiempo
llevaban preparándose, con la esperanza de obtener un reconocimiento y una fama
por pocos conseguida. El primero que llegara a la meta recibiría una medalla de
oro y un viaje de fin de semana con todos los gastos pagados, el segundo su
correspondiente medalla de plata y una entrada para un partido de fútbol del
equipo local, el tercero la medalla de bronce y un abono para tres entradas de
cine y el resto un diploma acreditativo de su participación.
Pero no todos eran corredores, en las aceras se agolpaba el
público que no había querido o podido participar, y en las plantas altas de los
edificios aledaños se posicionaron los francotiradores inscritos, claramente
identificados. Estos últimos también obtendrían medallas, premios y diplomas,
dependiendo del número de blancos alcanzados, contabilizándose un punto por
cada corredor y dos por cada ciclista o patinador, pero perderían medio punto
cada vez que, por error o interés malintencionado o no, dispararan a alguien
del público.
Terminada la carrera, tal como estaba previsto, hubo una
fiesta popular con gran éxito de asistencia, y las autoridades se dirigieron a
los participantes y vencedores con sentidos discursos y felicitaciones.
Mientras, los servicios de limpieza quitaban los restos que la carrera había
dejado en las calles, que recordaban el escenario de un campo de batalla, de
una guerra.
De una
guerra inútil y absurda…
Ilógica…
Como
todas las guerras.
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Desastres de la guerra, de Francisco de Goya
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