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El Generalísimo Franco, de Ignacio de Zuloaga |
El bar, una especie de bistró de esos que ofrecen comida económica, estaba casi vacío. Se sentó con esfuerzo en una banqueta en el extremo de la barra y pidió un café que Ezequiel, el camarero, le sirvió diligente. «Buenas tardes» —me saludó su voz atildada nasal—. Volví la cabeza y allí estaba él, como ausente.
Aunque su fama era evidente, se presentó.
Me dijo que era militar y que se llamaba Francisco, aunque en su casa lo
llamaban como Paco, y me preguntó si lo conocía. Yo, para romper el hielo, le
comenté que recordaba haberlo visto en la televisión hace tiempo y que sabía
todo sobre su vida.
Le pregunté si
necesitaba algo, si podría ayudarlo, y me dijo que sí, que llevaba mucho tiempo
fuera y le sorprendió el tremendo calor que hacía. Me dijo que iba camino de
Galicia, a su pazo, que allí se estaba muy fresquito. Acabó el café, se sacó
unas monedas del bolsillo y las dejó en la barra, se levantó y se dirigió a la
puerta. Antes de que saliera le dije que no me parecía una buena idea, que si
no había leído los periódicos, que el pazo ya no era suyo ni de su familia. En
un principio no se lo creyó, pero al ver los gestos de asentimiento del resto
de los clientes, su gesto cambió, y comenzó a dar golpes y chillar.
Cogió su bastón, se
asomó a la puerta del bar y, con el dedo en alto y amenazante, se dirigió a los
pocos vecinos que paseaban o estaban sentados en la terraza, al camarero, a dos
policías de ronda, a un vendedor ambulante, a algunos niños que jugaban a la
pelota, a un corro de mujeres que hablaban entre ellas, a tres ancianos que
tomaban el sol en un banco y a otras personas que iban o venían de sus faenas…
pero nadie lo escuchó.