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Riña de gatos (detalle) de Francisco de Goya |
Quería
tanto don Ramiro a su hijo recién nacido que decidió que lo mantendría siempre
junto a él. Lo planeo de forma exhaustiva acudiendo a la bibliografía más
actual y a antiguos tratados orientales. No podía permitirse ningún error.
Comenzó
con la antigua técnica japonesa para conseguir los pies de loto, pero aplicada
a todo el cuerpo y, especialmente la cabeza. Cuando vio que al final de los
vendajes de piernas y brazos, comenzaron a aparecer las uñas, se las fue
limando, y siguió recortando, con sumo cuidado, los pulpejos de los dedos, pero solo la piel
y el tejido celular subcutáneo, para evitar hacerle daño. Terminada la
operación los curaba, con anestésico local, y vendaje
compresivo. De esta forma, explicada de manera muy sucinta, consiguió mantener
los cincuenta centímetros que el pequeño Martín había medido al nacer.
Con el paso del tiempo acomodó la
casa para que el pequeño, que no conocía más mundo que el salón, fuera feliz.
Encargó una casita de muñecas con las medidas adecuadas a su estatura, orientada
de este a oeste entre dos ventanas que permitían seguir el ciclo del día y la
noche, la rodeó de un jardín de césped artificial, en el que puso diversas
jaulas con mariposas y grillos y plantas y arbolitos que él mismo había tratado
para conseguir el crecimiento que se adaptara a la casita. El pequeño, creció
feliz amparado por el cariño de su padre y libre de los peligros del mundo
exterior.
Al cumplir los dieciocho años, su
padre le hizo un regalo espectacular, la compañía de una pequeña, hija de unos
amigos suyos que compartían su afición y con los que había fundado el Club de los Peques. En poco tiempo, como
era de esperar, se enamoraron y concibieron su primer hijo, que mantuvo las
características físicas de sus padres.
Al cumplir los cincuenta años, ya
habían tenido una prole de quince hijos, y el anciano patriarca amplió la casa
con doce habitaciones más, extendió el jardín y construyó una escuela a la que
acudieron los hijos de otros miembros del club. Fue entonces cuando ocurrió la
desgracia. Aprovechando un descuido de don Ramiro, entró un gato a la casa,
mató a seis niños, a dos de los cuales se comió.
Martín, herido gravemente, pudo
escapar con su mujer y el resto de los pequeños, que en ese momento estaban en
el recreo. Se escondieron en el bosque cercano y allí crearon una nueva
comunidad. Martín, consciente de su debilidad, les adiestró sobre las medidas
básicas para su supervivencia, y los mantuvo unidos en lo más profundo del
bosque. Han pasado muchos años y los gnomos, que así los llaman aunque nadie ha
llegado a verlos, siguen viviendo allí, bajo la tutela del Patriarca, que los
reúne cada noche para contarle historias de su civilización, bajo la protección
del dios Ramiro, al que encomiendan
protección ante el diablo, al que todos conocen como Gato.