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Plaza del Pósito. Jaén. |
El cálido tiempo invernal invitaba a sentarse en los bancos de la plaza vacía, repleta de presencias
que disfrutaban de las conversaciones de los tertulianos. Las copas de los
árboles, recién podados, servían de soporte a nidos de gorriones muertos por el
frío y la contaminación. El trino era incesante y melodioso. La oscuridad se adueñaba cada día de
las sombras, desde la salida del sol hasta el ocaso. Los cigarros descansaban mortecinos
entre los labios inertes, sin llegar a consumirse nunca. Había tanto bullicio que la sensación de soledad
era apabullante. La algarabía reinante permitía concentrarse en lo que cada momento se quería ofrecer, sin
llegar a conseguirlo. El orden y el caos descansaban en perfecta
armonía.
Yo recuerdo haber estado allí, hace muchos años, dos veces, antes
de haber nacido y después de morir. Es una experiencia curiosa. Nadie sabe de
ti, siendo como eres, omnisciente. Nunca le he contado nada a nadie, pero he dejado pistas, por si alguien aprendiera a leer y quisiera escribir un libro.