Juana tenía setenta años cuando se aisló en su mundo
interior. No tenía familia ni amigos, ni interés en buscarlos, y su única
satisfacción era dar largos paseos por el campo. Llegó el momento en que ya no
se relacionaba con nadie, salvo para satisfacer sus escasas necesidades, entre
las que estaba dejarlo todo preparado para cuando muriera, por lo que había
comprado un nicho y contratado a su único amigo, para que lo cuidara “para
cuando ella faltara”.
Un fatídico día, en una de sus solitarias escapadas, tropezó
y cayó golpeándose en la cabeza y
falleciendo en el acto. Cuando la encontraron, su estado de descomposición no
permitió identificarla, y al no haber ningún aviso de desaparición ni nadie que
la reclamara, la enterraron en una fosa común.
El nicho continuó vació, limpio y con flores, mientras Juana
descansaba en compañía de otros muchos solitarios, identificada con una fecha,
un número y el epígrafe “mujer desconocida”. La noticia de su desaparición y
posible fallecimiento llegó a su amigo, que se fue, dejando escrito en la
lápida del nicho vacío: "Aquí yace la soledad eterna".
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La mujer muerta, de Pablo Picasso.
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