Hacía tiempo que cuando X se acercaba a Y, que la miraba con recelo,
e Y devolvía la mirada a X con indiferencia. X quería a Y pero no soportaba sus
manías. Y no quería a X, pero se había habituado a su compañía. X lo besaba
pero Y seguía leyendo el periódico. Y le comentaba una noticia a X, que no le
dejaba terminar y se iba a la terraza. X e Y decidieron que esa situación no
podía seguir así y llamaron a Z, un consultor matrimonial.
Z le dijo a X que tuviera más paciencia y que intentara
sobrellevar las manías de Y y le dijo a Y que fuera positivo y retomara aquello
que lo había unido a X.
X tuvo desde entonces más paciencia, seguía queriendo a Y y
aprendió a disimular cuando sus manías le molestaban. Y seguía sin querer a X,
pero le sonreía amablemente y se acurrucaba junto a ella para ver la
televisión.
En la casa de X e Y nunca más hubo un desplante, ni una
discusión, ni un grito, ni una palabra. Solo se oía el silencio.
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Contrato matrimonial, de William Hogarth
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