Pasaron dos minutos, sus ayudantes vieron sus espasmos y la respiración jadeante y, alarmados, rompieron la urna cuando ya parecía ser demasiado tarde. Una marea de lágrimas y agua se derramó entonces por el patio de butacas entre el aplauso de los asistentes mientras se rasgaba la lona del circo y un rayo de sol la atravesaba e iluminaba como un rayo liberador la vacía pista central.
—Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quisieres y come lo que pudieres, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.
Marina

Marina, de Ezequiel Barranco Moreno
sábado, 24 de junio de 2023
Desesperación y huida del escapista
lunes, 19 de junio de 2023
Se acabó
Yo, que he vivido tantas vidas, ahora me encuentro en esta tesitura. Nací como caracol de la campiña francesa, me reencarné y fallecí con mi saxofón en el Titanic, renací orgulloso como Rocinante, luego fui un esclavo negro en el lejano Mississippi donde me mataron por intentar huir, reviví como mosquito tigre e hice una buena escabechina en el bajo Guadalquivir antes de que me fumigaran, el río entonces me llevó al mar y fui una lubina feliz hasta que se me antojó un gusano orondo insertado en un ganchito, y ahora, reencarnado en gato, aquí estoy, rodeado de diez perros furiosos, agotando mi séptima vida.
domingo, 18 de junio de 2023
Conversaciones en la barra de un bar - V. La reapertura
El bar, una especie de bistró de esos que ofrecen comida económica, tras varios meses cerrado por circunstancias diversas, había vuelto a abrir y estaba casi vacío. Me senté en una banqueta en el extremo de la barra y pedí un café que Ezequiel, el camarero, tras dejar su tarea reponer lo necesario y tirar aquello que se había estropeado, me sirvió diligente.
—Buenas tardes —me saludó entonces una voz profunda y ronca, apagada como la brumosa mañana de aquel día—. Volví la cabeza y noté qué el vacío que descansaba en el banco que junto a mí y frente a la barra, se enseñoreaba con su mirada crítica y, quizás, algo rutinaria.
—Hola —contesté extrañado mientras volvía la cabeza para ver de dónde salían esas palabras que me interpelaban.
—¿Qué tal estás? Hace tiempo que no escribes.
—No se me ocurre qué.
—Ni pintas.
—Hace años que lo dejé.
—Ni sales apenas.
—Con mi mujer, todos los días ¿para qué más?
—¿Y con tus antiguos compañeros de trabajo?
—A algunos veo. El resto por ahí andarán.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Nada. No lo he pensado.
—Al manos estarás leyendo.
—Poco, es que no me concentro.
—Algo tendrás que hacer. Digo yo.
—Bueno. Ya saldrá se me ocurrirá, cuando me apetezca.
—Si no lo buscas, si no te empeñas…
En ese momento noté que, con una calculada discreción, el alma inerte y cansada del banco vacío, se alejaba y dejaba hueco a un tiempo pasado que se retorcía intentando salir de su encierro de apatía y olvido y, antes de irse, dejaba en la barra unos cuantos folios en blanco, el camarero me acercaba una pluma y mi mujer me daba la mano y me sacaba a dar un paseo por mi presente y nuestro futuro.