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Quasimodo, de Antonie J. Weirtz |
Nací sin ojos, lengua, orejas ni nariz, y a mis padres los acusaron de brujería y fueron quemados el mismo día de mi nacimiento. Pude sobrevivir gracias a los cuidados del Gran Inquisidor, que me acogió, como pude comprobar más tarde, para su provecho.
Me obligó a ejercer las tareas más diversas: limpiar, trabajar el huerto,
ayudar en las ceremonias o levantar el cadalso, azuzar el fuego y preparar las
sepulturas, que yo realicé con humildad y abnegación a pesar de no poder ver,
hablar, oír ni oler. Incluso me utilizó de entretenimiento en sus lances
cortesanos, demostrando lo que yo era capaz de entender solo con un deseo, un gesto
o una mirada suya, y hasta donde había aprendido a controlar mi mente y utilizar mis pensamientos para sobrevivir.
Un día, en un descuido mientras cargaba leña, levanté la cabeza hacia donde
sentía su presencia, le dediqué un pensamiento de odio, y dejé de notar su
existencia al tiempo él caía inerte en la soledad del jardín del convento.