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Adán y Eva, de Raffaello Sanzio |
Las
guerras, los accidentes, los abusos de alcohol y drogas, la mala alimentación,
y una cierta alteración genética no conocida, habían tenido especial incidencia
en el género masculino, hasta el punto de que en todo el mundo quedaban poco
más de diez docenas de varones, perfectamente localizados, pero que, en su
mayoría, ya habían superado la edad fértil.
En esa situación, era de prever que
el fin de la raza humana llegara en unas pocas décadas. Fue entonces cuando
Dios decidió intervenir. Cogió a la hermosa Aroa —una mujer de gran
inteligencia y voluntad—, hizo cayera que en un sueño profundo y, mientras dormía,
tomó una de sus costillas y con eso, creó al hombre, al cual llamó Asier, que
significa principio.
Asier fue feliz con su única función
procreadora, que desarrollaba con absoluta perfección. Pero no se conformaba y siempre
andaba buscando nuevas experiencias. Un día se adentró en el paraíso y se
acercó a un árbol que, rodeado por una empalizada, estaba especialmente
protegido. Allí vio como una serpiente, con su insinuante silbido y grandes
pechos, le ofrecía una manzana. Sin dudarlo, cogió el fruto y fue a buscar a
Aroa, su preferida entre todas las mujeres.
—¿Quieres, Aroa? Mira que pinta
tiene —le dijo.
—¿Tú estás tonto o qué? —contestó
ella al tiempo que se daba la vuelta indiferente.
Así
empezó una nueva era, sin maldiciones y con el pan gratis para toda la
humanidad.