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Portón, Guareña |
Juana
era una mujer laboriosa y de costumbres sencillas. Su principal labor era pasar
las tardes en casa viendo la televisión mientras hacía punto. Era tal su
afición y habilidad que medio barrio tenía un chaleco o una toquilla hecha por
ella.
Aquella
mañana en que cambió su vida había ido a la mercería de Teresa, y comprado una
gran cantidad de ovillos de lana de todos los colores y texturas. Llenó la
despensa con lo necesario para su sustento, y se encerró para hacer lo que
sería su gran obra.
Primero
extendió por el suelo un ovillo de lana azul, formando una especie de red
alargada, y posteriormente hizo otra red paralela, ésta con lana roja, y unió a
ambas en el centro, a unos ciento cincuenta centímetros del extremo más corto y
un metro sesenta del más largo, haciendo un ovillo bicolor. Después, más o
menos a la mitad, utilizó ovillos granates, ocres, grises, amarillos y
verdosos, distribuidos unos de forma simétrica, otros anárquicamente. Para el
vértice superior utilizó una madeja marfil de lana muy gruesa, con la que
realizó minuciosas y preciosistas curvas y recovecos. Para terminar, dispuso de
una lana crudita muy almidonada, que serviría de sustento a toda su obra.
Tras
asegurarse de que todo estaba en orden puso su obra en pie sobre sus dos
extremidades inferiores, con los brazos, tronco y cabeza perfectamente
realizados, y un añadido de lana elástica entre las piernas. Descansó
satisfecha por el final de su trabajo
que, sin duda, le serviría para hacerle la vida más cómoda y satisfactoria.
Poco a poco le fue enseñando las funciones
básicas del cuerpo de casa: limpiar, cocinar, acompañarla mientras ve la
televisión, tender la ropa, cocinar y hacer la cama que, gracias al apéndice
elástico, con frecuencia amanecía muy alborotada.
Pero
Pedrito Lanudo, que así lo llamó, fue tomando confianza, abandonó sus faenas y
se dejó llevar por la pereza y la abulia. Juana empezó a impacientarse y,
viendo que no respondía a sus peticiones, se olvidó de él, que desde ese
momento permaneció adormilado sobre la cama. Pasado el tiempo sin que se
solucionara el problema, decidió darle una solución, aprovechó una tarde en que
su Frankestein Lanudo, dormía profundamente, y sujetó un punto suelto que vio a
la altura de un dedo del pie, como el hilo que queda en el calcetín puesto al
revés, y así, tirando tirando, fue recogiendo toda la lana en madejas, hasta
que hizo desaparecer a su Pedrito, del que tanto tiempo había disfrutado y ahora
de aburría.
Sin
descanso, se sentó a ver la televisión, volvió a sus quehaceres y, con los
ovillo de distintos colores que recogió del suelo comenzó su nueva obra, un
perrito de lana, de más o menos un año de edad, para que ya estuviera crecidito
y educado, y le diera compañía.