 |
Torre del Oro. Sevilla |
 |
Giralda. Sevilla |
Llegó
a los pies de la torre y esa portentosa construcción, la luz, y el aroma del
río, de los naranjos y de su propia respiración le invitaron a plasmar su
historia. Fue al jardín cercano para escribir entre los frondosos plátanos de
indias y casuarinas, y la brisa y roca del poeta, que le trajo tres heridas: la
del amor, la de la vida y la de la muerte.
En
la encrucijada, sin saber qué camino seguir y que reto abordar, fueron la
diosa, los niños y la historia los que le indicaron el camino: Al sol
poniente el futuro inexplorado, al agua corriente
el presente inhóspito y al alma sedente el pasado oscuro.
Ajeno a la ruta del ocaso ―o de la muerte―, y del
hoy ―o del amor―, se dirigió a la avenida del pasado ―o de la vida―, en busca del día gris y lluvioso, perdido en su memoria, al que se enfrentó entre fantasmas
y mitos.
No
recordaba nada, salvo por las lejanas voces de sus padres. Supo que estuvo
meses encerrado en un lugar oscuro y angosto, de paredes cálidas que rezumaban
humedad, ajeno a lo que ocurría en derredor suyo; hasta que lo sacudieron unos
extraños movimientos, se abrió una luz y una fuerza desconocida lo empujó al
día. Dejó de oír los latidos cercanos y familiares, y sintió la cadencia de los
suyos, hacia la vida, hacia el amor y hacia la muerte.
Su
llanto inocente fue recibido con algarabía.
Una fantasía sobre Miguel Hernández paseando por
Sevilla desde los Jardines del Cristina