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Compás de la Iglesia de la O. Rota |
El
compás de la iglesia estaba cuidado hasta el más mínimo detalle. El párroco,
don Carlos, lo mimaba como si fuera la antesala del paraíso. La fuente, el
empedrado del suelo y las más de cien macetas que, con flores variadas adornaban
los muros, lo habían convertido en el lugar de descanso y oración de los sacerdotes de la parroquia,
y de los feligreses que acudían cada tarde.
Don
Carlos cada mañana regaba una por una todas las macetas, les hablaba y cantaba,
y las nombraba a cada una de ellas por el nombre de un santo de su devoción,
como «los niños mártires» que eran margaritas amarillas a la puerta de la
sacristía, o «santa Bárbara», un macetón con un inmenso cactus al que solo se
acercaba los días de tormenta. Comprobaba
el grado de humedad de cada una de ellas, las limpiaba, les arrancaba las
hojas o pétalos muertos y, dependiendo del día, se detenía en alguna, para pedirle
un milagro o un favor para un parroquiano necesitado, rezar una oración al
correspondiente santo o, simplemente, felicitarla en el día de su onomástica.
Pero don Carlos envejecía, comenzó a olvidarse de regarlas, de
rezar y de cuidarse, le liberaron de dar misas y de las comuniones, no fregaba
el patio que poco a poco se llenó de restrojos, olvidaba el nombre de los
fieles, dejó de usar las advocaciones para simplificar con «esa maceta» en vez de santa Marta, «el
clavel» por san Fernando, o «la roja»
por santa Águeda. Llegó incluso a olvidarse de sus preferidos, a los que
llamaba por su nombre, Juan, Ángela, María, Santiago y Cecilia. Solo recordaba
a san Lucas, bajo el arco apuntado del patio, al que seguía pidiendo compasión
y salud; y a la más grande, situada sobre la puerta de la iglesia, a la que
reverenciaba con un «Dios mío»,
cada vez que pasaba.
El día que cayó enfermo, lo sacaron de la iglesia y, al pasar por
el patio, bajo la maceta grande del portón, miró hacia arriba y quiso rezar,
pero se le había olvidado su nombre, Dios. Desesperado, blasfemó justo antes de morir.