—Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quisieres y come lo que pudieres, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.
Marina

Marina, de Ezequiel Barranco Moreno
viernes, 26 de enero de 2018
El engendro
viernes, 19 de enero de 2018
Primera sesión
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Le Buveur, de Henri de Toulouse-Lautrec
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Quisiera que tuvieran en cuenta los factores que han
concurrido en la vida de este niño —continuó explicando el juez a los
asistentes—. A la edad de quince años, ya había vivido con cuatro familias y había
estado tres veces bajo la tutela de los servicios sociales. A su madre
biológica —no se le conocía padre— le quitaron la custodia al año y medio, al
encontrarlo en situación de abandono y lleno de cardenales y quemaduras de
cigarrillo. Tras un periodo en un orfanato lo adoptó una pareja, pero con la
mala suerte que murió la madre, y el padre, que no podía hacerse cargo de él,
se lo entregó para que lo cuidara a su hermana, que era toxicómana. Estuvo con
ella unos diez años hasta que, perseguida por la justicia por un robo,
desapareció y lo abandonó. Cuando lo recogieron de nuevo los servicios
sociales, ya consumía cannabis, hacía pinitos con pequeños hurtos y lo habían
echado de dos colegios. En el orfanato aumentaron los problemas, conforme
crecía aprendió —y enseñó— todo aquello que más daño podía hacer, se hizo el
líder de una pandilla de pequeños delincuentes que robaban usando incluso la
violencia, comenzó a consumir alcohol y drogas de diseño y a coquetear con la
heroína y su comportamiento se hizo cada vez más anárquico y violento.
No quiero que piensen que estoy justificando la violencia ni
que quiero amparar a un delincuente, solo quiero que entiendan su actitud y,
quizás, la mía.
Volvió a salir, esta vez dentro de un programa de
reinserción, gracias a un matrimonio sin manchas —juez él y enfermera ella— sin
hijos. Aunque ella no tenía tan clara la adopción, el juez —ese juez engreído y
seguro de si mismo—, insistió y la convenció, creyendo que podría con todo. El
niño, ya con dieciséis años fue de mal en peor, la convivencia en casa fue
espantosa hasta el punto de que la mujer —mi mujer— me abandonó, aunque yo
seguía convencido que podría sacarlo adelante. Estaba ciego y no veía que, a
pesar de mi experiencia en el juzgado de menores, no era capaz ni siquiera de
acercarme a él, de tener la mínima idea de lo que sentía, de lo que necesitaba,
hasta el punto que el día que lo encontraron muerto —por una sobredosis, dijeron—
me cogió por sorpresa. Ahora pienso que se suicidó y que si yo hubiera estado
más atento, más cercano y receptivo, podría haberlo evitado. Fui incapaz de
superarlo y fue entonces cuando empecé a beber.
Mi nombre es Mario, tengo 53 años, soy juez y soy
alcohólico.
viernes, 12 de enero de 2018
Hora de comer
Viajeros con destino Terrilandia, embarquen en la puerta 22E
—se escuchó por la megafonía del aeropuerto—, y en pocos minutos se formó una
larga cola delante de la azafata, que recogía las tarjetas de embarque.
De pronto la cola se frenó, la azafata se quedó inmóvil, un avión rosa que acababa de despegar se paró en el aire, las escobas dejaron de barrer al ritmo de la música y los coches enmudecieron. Poco después, los conejos, los cerditos, el gran danés, el lobo, el caniche y el resto de los personajes, desaparecieron, y el niño empezó a llorar, mientras escuchaba a su madre que decía: Hasta que no acabes el plato no te pongo los dibujitos.
viernes, 5 de enero de 2018
Enero
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Anciano
con abrigo de piel, de Rembrandt
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Don
Aurelio Rangel, al entrar en casa aquel
desapacible día de primeros de año, colgó su gabán totalmente empapado en el
perchero, puso sus zapatos sobre la alfombrilla de la entrada, el maletín en el
armario y la corbata en la mesita de noche, se calzó las zapatillas y se sentó
en la mesa camilla. Antes de resguardarse al calor del brasero, dejó su brazo
derecho en el escritorio, sus piernas en el sofá, sus ojos frente a la
televisión, las orejas en la estantería de los discos, la boca en la cocina, su
corazón en la vitrina del salón y el cerebro en la cama de matrimonio.
Cuando
a la mañana siguiente se dispuso a salir de su refugio, el brazo seguía
torpemente caído sobre el escritorio, sus piernas doloridas no se habían
repuesto, varias lágrimas daban brillo a sus ojos, la boca estaba seca y la
lengua apergaminada, las orejas repetían machaconas una triste sonata de piano,
el corazón latía al ritmo sosegado del reloj de pared y su cansado cerebro se
rebelaba contra el amanecer.
En
la calle el sol había vuelto a brillar, pero el gabán seguía empapado en el
perchero.
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