I
El alfarero había terminado de hacer la vasija de barro,
miró y remiró la forma, la proporción, el acabado y los dibujos que la
adornaban, y se sintió orgulloso.
Con mucho cuidado, la puso en el mostrador, junto a otras
tantas. Después escribió en el libro de registros: “vasija nº 3.241: Perfecta”.
Descansó viendo su obra maestra.
II
El alfarero, como cada día, trabajaba desde temprano
intentando terminar una nueva vasija. Lo hizo con la rutina de siempre y, acabada,
se sentó a observarla. No le gustaba, quizá un asa algo más alta que otra, el
dibujo no del todo simétrico, cierta desproporción en las formas. Acabado el
trabajo, la cogió y la puso junto a las demás. Por la noche escribió en el
libro de registros “vasija nº 3.412: Mal”.
Descansó insatisfecho.
III
Entró un cliente y tras escudriñar la tienda dijo al
alfarero: “necesito una vasija”.
‒¿Cuál quiere usted? preguntó mientras le señalaba el
mostrador.
‒Da igual, una cualquiera, contestó distraído el cliente.
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El alfarero, de Susana Guaderrama
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