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Adoración de los Reyes Magos, de Diego Velázquez |
La
familia Cepeda, formada por Felipe y Custodia, felizmente casados hacía más de
quince años, y su pequeño retoño, Paquito, se disponían a disfrutar de la cena
Reyes.
La
pareja se sentó alrededor de la mesa camilla, al abrigo del brasero, mientras
el pequeño, de rodillas en el suelo, colocaba en perfecto orden las figuras del
Belén, que ya iban abandonando el portal, salvo los Reyes Magos, que se
postraban ante el Recién Nacido.
Un
humilde árbol de Navidad, adornado por bolas plateadas y guirnaldas rojas, y
algunos espumillones en los marcos de los cuadros y en los brazos de la lámpara
de araña que, por la ocasión, lucía con todas las bombillas encendidas,
completaban los adornos del salón para regocijo de la familia, siempre amante de
las tradiciones.
Sobre
la mesa, los tres platos, servilletas rojas con motivos navideños, las copas de
la vajilla de la boda, y la sopera con un caldo de pescado y unos muslos de
pollo. En el aparador una bandeja con tres vasitos llenos de aguardiente para
Sus Majestades —¡Venga!, que hay que lavarse las manos y acostarse pronto, repetía
cada año Custodia.
En
el belén, los Reyes ofrecían sus presentes —oro, incienso y mirra— al futuro
Salvador del Mundo.
Antes
de llegar al portal, Melchor, Gaspar y Baltasar, desviaron momentáneamente la mirada
a la familia Cepeda, que en ese momento abría sus paquetes envueltos en papel
de charol rojo —guantes, camisón y pelota—, pero no se detuvieron. Sus majestades
retomaron presurosos el camino de vuelta a sus reinos.