Marina

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Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

viernes, 20 de febrero de 2026

...Y SE RASGÓ EL VELO DEL TEMPLO

Crucifixión, de Rembrandt

Rondaba el mediodía. El Crucificado, agotado por el dolor, bajó la mirada y pudo ver cómo Dimas lo miraba con la seguridad de que traería la salvación al mundo y Gestas se encaraba iracundo con Él y con su amigo. Vio al pie de la cruz que María lloraba desconsolada arropada por el eterno abrazo de Juan, cómo Magdalena se agarraba desesperada a los pies del madero, José disimulaba sus lágrimas jugueteando con su bastón, y José de Arimatea y Nicodemo buscaban una escalera para cuando llegara el desenlace, detuvo la mirada ante las santas mujeres que preparaban su mortaja, vio a los soldados romanos que evitaban mirarlo en ese angustiante espectáculo, a Pedro y Judas que compartían el dolor de la mentira y la traición, a sus amados apóstoles escondidos temiendo la peor de las venganzas, de las persecuciones y delaciones de fariseos, sanedrines, vecinos envidiosos y próceres romanos, se dolió ante la imagen del pueblo que disimulaba su dolor y su desconcierto bajo la mirada cruel de los sumos sacerdotes. Notó que en el corazón de todos se abría la duda y el rechazo a sus creencias y crecía el dolor y la desesperanza. Entonces, sacando fuerzas de donde ya no las había, levantó la mirada al cielo y, antes de encomendarse al Padre, pronunció su verdadera quinta palabra: «Dios mío, Dios mío ¿por qué los has abandonado?».