
Crucifixión, de Rembrandt
Rondaba
el mediodía. El Crucificado, agotado por el dolor, bajó la mirada y
pudo ver cómo Dimas lo miraba con la seguridad de que traería la
salvación al mundo y Gestas se encaraba iracundo con Él y con su amigo.
Vio al pie de la cruz que María lloraba desconsolada arropada por el
eterno abrazo de Juan, cómo Magdalena se agarraba desesperada a los
pies del madero, José disimulaba sus lágrimas jugueteando con su
bastón, y José de Arimatea y Nicodemo buscaban una escalera para
cuando llegara el desenlace, detuvo la mirada ante las santas mujeres
que preparaban su mortaja, vio a los soldados romanos que evitaban
mirarlo en ese angustiante espectáculo, a Pedro y Judas que
compartían el dolor de la mentira y la traición, a sus amados
apóstoles escondidos temiendo la peor de las venganzas, de las
persecuciones y delaciones de fariseos, sanedrines, vecinos
envidiosos y próceres romanos, se dolió ante la imagen del pueblo
que disimulaba su dolor y su desconcierto bajo la mirada cruel de los
sumos sacerdotes. Notó que en el corazón de todos se abría la
duda y el rechazo a sus creencias y crecía el dolor y la
desesperanza. Entonces, sacando fuerzas de donde ya no las había,
levantó la mirada al cielo y, antes de encomendarse al Padre,
pronunció su verdadera quinta palabra: «Dios mío, Dios mío ¿por
qué los has abandonado?».
—Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—. Vete adonde quisieres y come lo que pudieres, que yo ya estoy satisfecho, y solo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.
Marina
Marina, de Ezequiel Barranco Moreno
viernes, 20 de febrero de 2026
...Y SE RASGÓ EL VELO DEL TEMPLO
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