Marina

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Marina, de Ezequiel Barranco Moreno

jueves, 8 de enero de 2026

Reseña de Villa Amadora



CRÍTICA DE DOÑA MARIA ÁNGELES GUERRERO A LA NOVELA VILLA AMADORA DE EZEQUIEL BARRANCO MORENO (Editorial Líberman, 1ª edición 2022, 200 páginas).


Una voz, primera persona narradora, llamada a sí misma Crispín (acrónimo de Cristóbal Pineda) y por la que es conocido. Estrafalario en su vestimenta y en su oficio —hacer encarguitos para otros en su barrio de Jaén y, como recompensa, comer, beber y alguna otra dádiva por sus trapicheos— intercala su omnisciencia con los diálogos pasados y presentes de una familia, extrayéndolos de su vivencia con ellos y de un diario escrito por el cabeza de familia y en poder del personaje protagonista citado.

Con una edad ya considerable, Pineda, conseguido en la vida su objetivo de formación y cultura autodidacta, inicia la escritura de un libro valiéndose de frases, citas, ideas y fragmentos de otros libros, donde pueda verter —y da muestras de ello— lo que piensa de la vida, y en el que deja constancia de lo asimilado, aprendido y absorbido en su dilatada existencia. Su objetivo no es su publicación sino demostrar cómo se ha hecho a sí mismo desde los difíciles momentos de su niñez y lo ocurrido con el paso de los años, sus ideas sobre la vida en general, sus relaciones, y cómo lo ven y cómo es. Técnicamente esta decisión inicial se tuerce cuando al ir a releer «Fortunata y Jacinta» encuentra entre sus páginas un sobre sin remitente ni indicación de destinatario, solo con un nombre «Villa Amadora», y esto funciona a manera de Magdalena de Proust porque lo traslada a los años en que transcurrió la historia de la familia Remesal, formada por Higinio y Amadora, los padres, sus hijos Jacinto y Petra, la cuñada Hilaria y el llorado Marquitos fallecido a temprana edad; y decide que va a contar lo ocurrido durante las veinticuatro horas pasadas en la casa donde vivían y que compartió al llevar la misiva a la familia, para así enterarse de lo ocurrido, del gran secreto ocultado por sus habitantes. La historia así se remonta a un periodo durante los años de la guerra civil y la posguerra, un periodo difícil de olvidar por los que lo padecieron.

El modo del que el autor se vale a nivel estructural es metaliterario, según me parece, pues parte de una frases de la carta se repetirán al inicio de cada uno de los doce capítulos en los que se cuenta lo ocurrido y recogido por el beodo Higinio, sargento con graves secuelas físicas y mentales tras la participación en la guerra en el bando vencedor. Curiosamente estos doce capítulos yo los dividiría en varios ya que el primero será una introducción desde el presente al situarnos en la vida de Crispín; después los previamente enumerados; dos cuyos títulos son lugares fundamentales de Jaén; primero «Casa Sebas», donde convergen personas variadas y conocidas entre sí, y «Villa Amadora» (descripción de la casa a la que después me referiré, magnífica en detalles y que parece ser bien conocida por Crispín y por el autor); se desarrolla la trama fundamental de la historia los capítulos del tres al once en los que se van desgranando los acontecimientos sucedidos desde que Crispín entra en la casa para entregar la carta sin destinatario, que ninguno de sus habitantes quiere admitir, y será el propio Crispín en muchos casos quien, al ir pasándola de Higinio a Amadora, a Jacinto, a Petra, va leyendo, además del diario escrito por el sargento. Por último el capítulo final, el epílogo, que cierra la terrible historia, p¡repitiendo parte de lo contado en una especie de círculo cerrado acabado como si estas veinticuatro horas hubieran sido una vida completa (quizás soñada), todo un símbolo del intento de olvidar el caos, el horror, los remordimientos… y sentar una vuelta a la normalidad.

Son premoniciones de lo que ha ocurrido y que el libro recoge puntualmente con títulos —ya está llegando, queda poco tiempo, el final se acerca, no hay escapatoria, el mal venció, el dolor se adueñó de nuestros cuerpos, el ayer cegó nuestra mente, etc.—, escritos en el reverso de la carta y que hace a Crispín entrar en la casa para descubrir su significado. El diario de don Higinio, que Crispín enriquece con aportaciones propias y referencias a la naturaleza, a lo de fuera, con un lenguaje hermoso lleno de sensibilidad, reflejando el entorno con gran amor y detalles, para luego referir lo ocurrido, la dureza de los comportamientos, la crueldad, el dolor, las humillaciones, las angustias y los deseos, mezclando en ellos realidad y fantasía, lo onírico y hasta lo truculento, desgarrador y violento con un realismo mágico tremendamente efectivo (animales humanizados en sus acciones, la casa viva que se degrada al igual que sus moradores, lo asqueroso y dañino, arañas y bichos que pululan por la casa e invaden e infectan a las personas —¿los remordimientos que no se quieren aceptar?—, las fuerzas telúricas destructivas, las reinserciones piadosas y místicas en una curiosa mezcla de lo inculcado a través de las costumbres religiosas, populares, supersticiosas del catolicismo fanático más reaccionario vencedor de la guerra civil; todo ello con un lenguaje a veces exquisito, con utilización de adjetivos o frases en tandas de dos o tres antítesis y reafirmaciones, bastante llamativo y eficaz aunque, según mi opinión, a veces demasiado reiterativo.

En cuanto a lo ocurrido durante la visita de Crispín a Villa Amadora vamos descubriendo qué ocultan a través de la locura del borracho escritor del diario; la encerrada y triste Petra; la beatona y casi santa Hilaria con sus seguidores y el cura, siempre aprovechado; el reconcomio Jacinto, antes alegre y esos días desgraciado y enfermo, alcoholizado y humillado por sus actuaciones en la guerra y rechazado por el ejército y por su propio padre. Así conoceremos lo que significó esa época de destrucción, muerte, asesinatos, delación, el horror de la violencia sobre inocentes y mujeres, los secretos, la ocultación del incesto, del azar terrible y la desesperación de las facultades mentales desvariadas, del robo, de asesinados sin conciencia del mal hecho; los enfrentamientos de entre familias y dentro de la propia familia, entre los que fueron hermanos, primos vecinos y hoy enemigos deshumanizados; las justificaciones ideológicas de esos años horribles y la falta de arrepentimiento; la soberbia de saberse los “buenos” superiores a los “malos”. Algo que don Higinio no puede olvidar por mucho que lo intente, de ahí que muestre esos tremendos cambios anímicos y que su cuerpo, su cara, pase de odio feroz a intentar justificarse, mientras Crispín, leyendo el diario, va entrando y participando en el caos moral en el que viven los habitantes de la casa. Así, se deja arrastrar, participa e inmiscuye en la situación agónica de Jacinto, ve ascender e Hilaria y Amadora a los cielos en una esquizofrénica conjunción final, como si expuestos y conocidos los secretos se liberara todo del arcón de la cuadra, del olor y la podredumbre, de los animales que ya han dejado de ladrar y cocear empeñados en participar de todo lo ocurrido en aquella casa, en esos días, en esa familia, para abocar a una especie de tranquilidad, borrada la sinrazón, recuperada la vida… aunque sin dejar que el odio desaparezca sino que al fina., llegue a escapar a través de la muerte, de la locura, como un subterfugio en el tiempo.

La mezcla y los contrastes están muy conseguidos pues en narrador logra hacernos ver cómo las ilusiones, la violencia, el dolor, el amor, están en cada uno de los personajes con que se encuentra y cómo su propia figura, anecdótica, un poco “vivalavirgen” del pueblo, de cierta inocencia, va ganando en complejidad y quizás sea la violencia de este fatídico día que lo reconvierta, poco a poco, en el personaje iniciar que conocimos al principio de la novela.

 El estilo es de gran expresividad, fuerte, duro en temas, con buenas imágenes y buen uso de recursos sin que resulte excesivamente coloquial y con expresiones y palabras propias de la zona, sin resultar pedantesco.

Creo que elegir la novela de Pérez Galdós Fortunata y Jacinta para guardar entre sus páginas el diario de Higinio es también de gran valor simbólico, precisamente por el enfoque realista e histórico al retratar una época del gran maestro, en apariencia una historia humanamente trágica pero cargada de vida y verdad.

Interesante me ha resultado también la presentación de la novela la figura/silueta de ojo de cerradura y lo que se ve mirando dentro de ella me ha hecho pensar como si miráramos desde fuera, desde el exterior, hacía dentro —o al revés—, es decir, lo que ofrecemos y lo que somos, colocándonos en posición del observador, de mirar y de mirarnos. También es interesante para mí la la página “homenaje gráfico”, de gran valor simbólico por los elementos que la componen: Objetos domésticos tapados, la intrigante figura envuelta, el sillón preservado y, en lugar central, presidiéndolo todo, la mujer de la silla (¿Amadora?), con los pies descalzos, quizás para la exposición y humillación de una penitencia extrema durante las fiestas de religiosidad popular, algo sadomasoquista. Una realidad que, igual que el cuadro con sus componentes separados, individualizados es mezcla y reflejo del poderío y la humildad, tan contradictorios.

Me han gustado mucho los conceptos, sobretodo el significado del paso del tiempo y nuestra vida, de las reflexiones que proporciona mirar con estas expectativas lo que sentimos y/o anhelamos al “plantarnos” en este lado y elevar el pensamiento sobre qué hemos sido, somos y seremos a lo largo de los años.

Enhorabuena, Ezequiel. Que tengas éxito y reconocimiento exterior.